Aquella noche Benjamín se quedó en mi casa para acompañarme. Cuando intenté levantarme, perdí el conocimiento y acordaron que me quedaría allí con Benjamín y, al día siguiente, me mudaría con Verónica. Me dolía la cabeza, todo me daba vueltas, estaba mareada, parecía que estaba dopada. Benjamín se acostó a mi lado y me abrazó. ―¡Cuánto daría porque confiaras en mí! ―Estoy confundida, no es que no confíe en ti. ―Te amo, no lo olvides nunca. ―Lo sé ―contesté cerrando los ojos. ―Tú eres mía, Rosalie, debemos estar juntos ―susurró Damián en mi boca. ―No. ―Mi voz fue una súplica. ―No te resistas. ―Me has lastimado. ―Porque debes ser solo mía. ―No soy un objeto ―quise gritar, sin embargo, apenas sí me salía la voz. ―No, claro que no, pero estamos destinados a estar juntos desde el p

