La plática con Alejandro

2853 Words
Renato se dirigió a toda velocidad a su casa, abrió el protón con su mando a distancia y metió el coche en su garaje. Bajo despacio del automóvil volviendo a cerrar el portón tras él. Atravesó el pasillo que conducía hacia la sala encendiendo las luces en su camino y de inmediato subió las esclareas con pasos largos. La estancia se veía polvosa por todos lados. Al regresar de Londres había ido directo al instituto a buscar a Hilal, así que era la primera vez que pisaba su casa en una semana. En cuanto encendió la luz de su habitación sonrió al ver que el sitio estaba minuciosamente ordenado. Además, un ligero aroma de la esencia dulce de Hilal inundaba la estancia. Era muy obvio que había pasado bastante tiempo en esa parte de la casa y que había vuelto en más de una ocasión. De seguro su hermosa ansiedad lo había hecho ordenar una y otra vez el pequeño espacio hasta que quedara tan ordenado como estaba. Emitió una suave risa y se dejó caer sobre la cama, su cuerpo anhelaba tener a su pequeño niño debajo de él en ese momento. La cara de Elisa vino a su mente, aunque ahora en vez de sentir culpa sentía coraje, mucha ira de hecho. Si no hubiera estado perdiendo el tiempo con esa mujer se hubiera acercado mucho antes a Hilal y no lo hubiera confundido ni lastimado como lo hizo. Relajó su cuerpo que se había tensado por el absurdo pensamiento cuando recordó que de todos modos Hilal era menor de edad por ese entonces. Las cosas se darían a su tiempo. Cerró los ojos pensando en esa hermosa carita sonrojada que tanto le gustaba, se imaginó acariciando esas manos frías y temblorosas. Sonrió al recordar esos labios acolchados que se abrían ansiosos para recibir sus besos. Una corriente de excitación le recorrió la espina dorsal haciendo que su m*****o se pusiera dolorosamente duro. Se sentó en la cama sobándose por encima del pantalón. Era mejor tomar una ducha de agua fría antes de que sus deseos se apoderaran de él y fuera directo a la casa de Hilal y empujarlo contra su cama. Se levantó de un brinco cuando otra corriente de deseo lo embargó y se metió completamente vestido en la ducha abriendo con prisa la llave del agua fría. Cuando estuvo bajo control se quitó la ropa y aprovechó para rasurarse, tenía que presentarse al trabajo al siguiente día como si nada hubiera pasado. No quería dar explicaciones a la pegajosa de su secretaria.     ***** Unas horas después, se encontraba sentado detrás de su escritorio mirando por la ventana con la esperanza de ver a Hilal pasar por las áreas verdes como todos los días. De pronto, la puerta de su oficina se abrió de golpe y su secretaría entró con su dulzona sonrisa sosteniendo una taza humeante. La colocó en su escritorio y esperó muy quieta. —Gracias, Molly —agradeció con una sonrisa un poco falsa, esperaba que con eso se fuera y lo dejara para seguir mirando por la ventana deseoso de tener un vistazo de Hilal. —De nada, señor —respondió en ese tono agudo que le disgustaba tanto. Aun así, la señorita no se movió, sabía que lo estaba observando, así que se vio obligado a apartar la vista de la ventana. — ¿Necesitas algo, Molly? —Preguntó con suavidad para no sonar grosero. La señorita miró la taza y después a él, parecía ansiosa de que tomara la bebida. —Señor Priego, siempre traigo café, pero nunca lo veo tomar ni siquiera un sorbo —dijo la secretaria enredando un mechón de cabello en su dedo. Al parecer no era consciente de su edad pues no se veía bien haciendo ese tipo de gestos en un intento de imitar a las adolescentes con las que trataba a diario. —Te agradezco la preocupación y he de decir que siempre está muy rico, en un rato más lo bebo —respondió regresando su mirada a la ventana y esperó que Hilal todavía no hubiera pasado. Molly comenzó a decir algo respecto a que se le veía de mal humor y que, si podía hacer algo por él, pero no prestaba mucha atención al ver que Hilal aparecía en su campo de visión. Lucía igual de hermoso que siempre; sin embargo, ese día reía mientras corría y su corazón se hinchó de afecto porque se veía aún más apuesto con esa sonrisa sincera en la cara. Ese semblante travieso mostraba que huía de algo y al ver a Alejandro corriendo tras él gritando algo que no podía escuchar comprendió que alguna travesura le había hecho. La sonrisa de Hilal lo contagió y emitió una suave risa .En el momento en que ese chico lindo salió de su campo de visión volvió a voltear al frente suspirando. Aunque de inmediato se recompuso al percatarse de que Molly seguía ahí mirándolo confundida. —Necesito que vayas al salón doscientos tres, pide permiso para que salga Alejandro Garza. Dile al profesor que la directora quiere hablar con él, pero no lo lleves con ella y tráelo aquí conmigo por favor —pidió con firmeza mirándola con los ojos serios que siempre le ofrecía cuando quería que las cosas se hicieran rápido. Molly se ruborizó y salió aprisa de la oficina. Suspiró aliviado pues por fin se había librado un rato de ella. Agarró la taza humeante de su escritorio, se levantó dirigiéndose al baño que tenía ahí mismo en la oficina y la vació en el retrete. No era una persona supersticiosa, pero no se iba a arriesgar a tomar un café que no había visto de qué forma había sido preparado. Y menos viniendo de una persona que estaba evidentemente interesada en él de una manera muy extraña. Había algo en Molly que le provocaba desconfianza.     ***** Alejandro se encontraba jadeante en su asiento, se frotaba el pecho intentando recobrar el aliento. Además, su garganta le quemaba, lo que le provocaba pequeños ataques de tos. Hilal estaba a su lado partiéndose de la risa con las manos sobre su estómago. El ruido de las pláticas de sus compañeros hacía eco en sus oídos junto al sonido de su frenético corazón. Aún no había llegado el profesor de física, así que todos se encontraban platicando en voz alta. —Eres un hijo de puta —murmuró Alejandro cuando recobró un poco el aliento. —Amigo, no te enojes —respondió Hilal frotándose los ojos para limpiarse las lágrimas mientras una suave risita seguía saliendo de su jodida boca—. Ya anda, toma tu celular —Hilal extendió el aparato hacía Alejandro, quien no dudó en arrebatárselo. De inmediato abrió el chat de Nicole el cual seguía sin respuesta alguna. Gruñó fastidiado pues ese día Hilal parecía desatado y muy confiado para su gusto.     “Unos minutos antes, Alejandro, se encontraba en la entrada del colegio escribiendo un mensaje de buenos días a Nicole. Las cosas hasta el momento habían salido bien pues la chica parecía muy interesada en él. Después de escribir un mensaje donde le deseaba que tuviera un bonito día, llegó Hilal abrazándolo por los hombros y metiendo su cabezota para leer su conversación con Nicole. Después de un largo aullido de burla le gritó mientras le picaba las costillas: — ¡Estás enamorado! Alejandro reía en contra de su voluntad, aunque intentaba quedarse quieto porque si huía de él estaba seguro de que no lo dejaría en paz todo el día. Entre los picotazos, Hilal, le arrebató el celular y comenzó a escribir algo. Se acercó a su risueño amigo quien escribía un mensaje absurdo donde le declaraba su amor a Nicole de una forma ridícula y sentimental. Se cruzó de brazos al estar seguro de que no lo enviaría, su amistad se basaba en no hacerse bromas pesadas, un límite que el mismo Hilal había puesto desde un principio. —Le voy a decir a Nicole que fuiste tú el que lo escribió —sentenció con voz seria y confió en que con eso fuera suficiente para que Hilal le regresara su celular con su clásico sonrojo. Aunque dudó un poco porque ese día había algo raro en su amigo, se veía especialmente confiado. Esos ojos marrones se iluminaron con malicia y lo vio retroceder con lentitud en dirección a la entrada del colegio. —No lo hagas —reclamó ahora no muy seguro de que Hilal respetaría su petición. Su amigo levantó el celular para mostrárselo, con un movimiento rápido apretó el botón para enviar el mensaje y se echó a correr hacia el patio del colegio. Alejandro se quedó en blanco y un poco preocupado porque esa no era una actitud que Hilal adoptaría, era algo que le quedaba más a Badir. Sacudió la cabeza y se echó a correr tras él gritándole que le regresara su celular. Tenía que arreglar esto antes de que Nicole leyera el ridículo mensaje”.     Alejandro seguía viendo su celular con preocupación, estaba escribiendo un mensaje de disculpa cuando recibió un montón de caritas sonrojadas y corazones. Se congeló sin saber exactamente qué significaba.   “¿Te parece si nos vemos hoy en el instituto de música antes del ensayo? Me gustaría que habláramos”   El mensaje de Nicole lo relajó un poco pues al parecer no se había molestado después de todo. Alejandro brincó un poco cuando se percató del rostro de Hilal a centímetros del suyo que también estaba leyendo el mensaje. —Agradéceme cuando ella también te confiese su amor —Hilal lo palmeó y se recostó de nuevo en su asiento. Abrió la boca para responder, sin embargo, una voz chillona pronunció su nombre. Volteó confundido hacia una pequeña figura. — ¡Alejandro Garza! —Volvió a gritonear la pequeña mujer. De inmediato todos se callaron y se apartaron para dejarla pasar. Alejandro se levantó para acercarse a la mujer que lo llamaba. —La directora te requiere en su oficina —anunció la señorita—, sígueme. Dicho esto, ella se puso en camino y no tuvo otra opción más que seguirla. Al fondo se escuchaban sonidos de burla que estaba claro que eran para él. Solo caminaron un pequeño trayecto por el pasillo cuando casi chocaron con el profesor de física. —Profesor, la directora solicita la presencia del señor Garza en su oficina, espero que no tenga problema con esto —dijo la pequeña mujer con demasiada altivez. El profesor de física frunció el ceño, asintió y continuó con su camino. Se sorprendió un poco por la actitud de esa mujer, no cualquiera se enfrentaría de esa forma a los profesores. Siguió de cerca a la señorita pasando por las áreas verdes y en cuanto llegaron al edificio donde estaba el personal administrativo, subieron al segundo piso. Iba a girar a la derecha donde se encontraba la oficina de la directora, aunque la señorita lo jaló al lado contrario donde estaba la oficina del subdirector. — ¿No me llamó la directora? —Preguntó confundido. —No exactamente —respondió ella torciendo la boca— fue el subdirector quien te llamó. Alejandro la miró sin entender qué querría el señor Priego de él. La señorita llamó a la puerta del subdirector y de inmediato una voz grave pidió que entrara. Alejandro empujó la puerta e ingresó en la oficina, al voltear detrás de él la pequeña mujer ya había cerrado la puerta dejándolos completamente solos. —Tome asiento por favor, señor Garza —indicó el subdirector a la vez que señalaba la silla que estaba frente a su escritorio. Se sentó frente al subdirector sintiéndose muy pequeño. Sospechaba que el señor Priego estaba muy molesto con él por ser tan cercano a Hilal y estaba casi seguro de que ese gran hombre planeaba algo para acabar con su amistad de años. El profesor rio divertido, tal vez su semblante reflejaba el inmenso miedo que sentía. —Vamos, Alex, relájate, no voy a comerte —murmuró el profesor al apoyarse sobre el escritorio y entrelazar sus dedos. «¿Alex?» Se preguntó confundido porque ni siquiera su mejor amigo le hablaba con tanta confianza. — ¿En qué puedo ayudarle, señor Priego? —Preguntó para disimular un poco su incomodidad. —Alex, quiero agradecer tu apoyo —comenzó a decir el profesor, por lo que ladeó la cabeza sin entender lo que decía—. Quiero agradecerte por cubrir mi espalda esa vez que besé a Hilal por accidente aquí en el colegio. Alejandro se estremeció al recordar aquella mañana tan intensa. Y además ¿accidente?, pura mierda, lo había hecho con toda la intención. —Porque, fue por mí ¿cierto? —Insistió el profesor mirándolo con intensidad. Alejandro le sostuvo la mirada por un rato, nunca imaginó que tendrían esa plática en algún momento. —Sí —respondió finalmente—. He escuchado que muchos sospechan que Hilal es gay y si lo descubrían en ese momento no hubiera sido gran cosa, inclusive le hubiera ayudado a no sentirse tan mal con respecto a él —se rascó la mejilla desviando la mirada—. Sin embargo, si lo veían a usted besándolo hubiera sido despedido y tal vez hubiera tenido problemas legales —Alejandro regresó su mirada a los ojos sonrientes del profesor—. Al contrario de lo que usted cree, me cae bien, es una buena persona y de cierta forma lo admiro; así que, sí, mi intención principal fue protegerlo a usted. El señor Priego se quedó callado y por un largo rato lo observó como si lo estuviera evaluando. Era incómoda esa intensa mirada y también hacía que entendiera mejor el nerviosismo que notaba en Hilal cuando veía cerca al profesor. —Señor Priego —continuó sin evitar el repentino sentimiento de molestia que se comenzó a formar en su mente—, Hilal es mi mejor amigo, él me ha platicado lo de ustedes y la verdad yo lo veo bastante… enamorado y quisiera que usted estuviera consciente de esto para que Hilal no saliera lastimado —expresó sintiéndose como si fuera la mamá que quiere proteger el honor de su pequeño hijo. — ¿Qué tanto te ha contado? —Preguntó el profesor con una ceja enarcada. —Todo —respondió en tono bajo intentando no recordar información innecesaria. — ¿Todo? —Insistió el gran hombre con el ceño fruncido. A pesar de la cara dudosa, su mirada se veía divertida. Inclusive se podría decir que estaba a punto de carcajearse. —Sí —contestó. Se cruzó de brazos para verse más serio— y con lujo de detalles el muy hijo de puta. Un estremecimiento le recorrió la piel al recordar la ocasión que su amigo le platicó de su primera vez con ese hombre. El profesor se rio entre dientes. —Lo que siento por él va más allá de un simple cariño o deseo —comentó el profesor con la mirada perdida en dirección a la ventana—, no te preocupes por él, nunca lo lastimaría. Alejandro no pudo evitar un resoplido a lo cual ese hombre volvió a mirarlo confundido. —Sí, claro, solo está malditamente casado —expresó con burla. Sabía que estaba cruzando una línea que no debía atravesar, al final él era una figura de autoridad, pero no podía evitarlo puesto que, si las cosas seguían así, su amigo saldría lastimado. —Hilal no te lo ha dicho —murmuró el profesor rascándose la barbilla—, ya empecé los trámites de mi divorcio. Alejandro se quedó de una pieza ante tal confesión. Su amigo en ningún momento le había platicado un detalle tan importante. Si bien, no habían tenido el tiempo suficiente como para platicar; no se hubiera negado a recibir una llamada en la madrugada para que le contara algo que podría cambiar por completo la situación entre ellos. Entrecerró los ojos sintiéndose desplazado por Hilal y muy estúpido por intentar cubrir sus espaldas cuando no tenía la información completa de las circunstancias. —Eso quiere decir que… —Comentó con recelo. —Que voy a estar libre de compromisos, pero como te dije no quiero lastimar a Hilal, así que necesito tiempo para poner en orden mis sentimientos. Ahora que ya sabía lo que en realidad estaba sucediendo se sintió más tranquilo. El profesor estaba dispuesto a hacer las cosas bien y lo más importante, estaba procurando que Hilal no saliera lastimado.  Finalmente asintió sonriéndole a la vez que era correspondido con una sonrisa torcida. — ¿Entonces estamos bien? —Habló el profesor extendiéndole la mano por encima de su escritorio. —Solo si no se va a poner celoso de nuestra cercanía —comentó con fingida altivez. El profesor rio de nuevo y asintió con una sonrisa traviesa. Tomó su mano con firmeza y las sacudieron cerrando su trato. Esa plática había sido muy extraña y estaba dudando en comentársela a su amigo, tal vez se lo diría después. Algún día.
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