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Alfas enemigos, una luna destinada

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Blurb

Althea paso de ser la niña dorada a una esclava. Cuando el Alfa Izan invade la ciudad gobernada por su padre, ella es secuestrada como castigo al pueblo. Pero la niña dorada esconde mas secretos de los que Izan y su pueblo piensan. Y para cuando lo descubran, ya será muy tarde.

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Venganza Ajena
La fuerza nunca había sido una virtud de Althea Frostbourne. Y en Amstard, tierra de hielo, lobos y sangre noble, nacer débil era peor que nacer muerta. Los Frostbourne no criaban hijos frágiles. Criaban Alfas. Guerreros. Bestias destinadas a gobernar entre montañas cubiertas de nieve y cadáveres enemigos. Durante dieciséis generaciones, ese apellido había significado poder absoluto. Hasta que nació ella. Una cambiaformas incapaz de sanar una simple herida. Una joven que enfermaba con los inviernos. Una vergüenza con rostro hermoso. Los lobos desarrollaban su fuerza entre los diez y quince años. Sus huesos se volvían duros, la carne cerraba heridas en minutos, la bestia despertaba dentro del pecho con hambre de dominio. Althea cumplió diecisiete… y seguía sangrando como una humana. Su padre nunca volvió a mirarla igual después de eso. De niña tuvo vestidos finos, habitaciones cálidas, tutores privados y juguetes traídos de otros reinos. Había sido la joya de la casa Frostbourne. La hija de la Luna muerta demasiado pronto. La pequeña princesa del norte. Luego se convirtió en un error. Primero desaparecieron los maestros. Después los regalos. Más tarde las cenas familiares. Luego el derecho a salir del ala oeste del castillo. Finalmente, hasta su nombre dejó de pronunciarse en voz alta. La alta sociedad de Amstard comenzó a hablar de ella como de un fantasma. Se decía que la heredera enfermiza estaba siendo protegida por el Alfa. Que su frágil salud exigía reposo. Que su padre la mantenía apartada por amor. Mentiras cómodas. La verdad era mucho más simple. Edgard Frostbourne esperaba que muriera. La había encerrado en una sección olvidada del castillo, lejos de las visitas, lejos de la nobleza, lejos de sus ojos. Solo conservó con vida aquello que se parecía demasiado a su difunta Luna como para destruirlo con sus propias manos. Porque Althea tenía los mismos ojos que su madre. Y eso era lo único valioso en ella. Ojos de Luna. Rasgo raro. Codiciado. Capaz de prometer descendencia poderosa a cualquier Alfa que la reclamara. Por dentro no era más que una carga. Por fuera… seguía siendo útil. Cuando la guerra comenzó, su vida empeoró todavía más. Su padre vació cofres, graneros y reservas para alimentar ejércitos. Conquistar territorios vecinos se volvió una obsesión. Construir un legado para su hijo varón, su única prioridad. Althea quedó reducida a lo mínimo: sobras de comida, ropa vieja y órdenes secas. A los veinte años ya no era hija de nadie. Era una sirvienta sin salario dentro de la casa donde había nacido. Y ahora ni siquiera eso. —¡Sal! El golpe metálico contra los barrotes la arrancó del sueño. Althea se incorporó sobresaltada sobre el suelo helado de la celda. Tenía la espalda entumecida y las manos dormidas por el frío. Había perdido la cuenta de cuántas noches llevaba allí. —Muévete —gruñó el guardia, golpeando otra vez la reja con la bota—. El Alfa no espera. El Alfa. No su padre. No Edgard Frostbourne. Ese cadáver ya se estaba pudriendo. Su manada había caído con rapidez brutal. El nuevo ejército atravesó Amstard como fuego en bosque seco. Los muros cedieron. Los soldados huyeron. Su hermano desapareció. Su padre murió. Y ahora otro hombre ocupaba el trono. Althea intentó ponerse de pie, pero las piernas le fallaron. El guardia soltó una carcajada áspera. —Maldita lisiada. La sujetó del brazo y la alzó de un tirón. El dolor le arrancó un jadeo. —Apuesto a que podrías morir solo por respirar demasiado fuerte. Ella bajó la mirada. Aprendió hacía años que discutir solo empeoraba las cosas. La arrastró por los pasillos del castillo. Su castillo. O lo había sido alguna vez. Ahora todo olía distinto: hierro, humo, cuero húmedo, sudor masculino. Soldados desconocidos patrullaban corredores donde antes servían vino caliente y música de cámara. Banderas arrancadas. Escudos rotos. Sangre seca en las piedras. Los hombres del bosque habían tomado Amstard. Y ninguno sabía caminar sobre nieve. Tropezaban, maldecían el frío y llevaban pieles pesadas que no bastaban para protegerlos. Ella lo notó en silencio. Era absurdo lo que su mente observaba en momentos así. El guardia no aminoró el paso pese a sus tropiezos. Varias veces casi cayó de bruces. Finalmente se detuvieron frente a las puertas dobles del antiguo despacho de su padre. Su estómago se contrajo. No había entrado allí en más de cinco años. Las puertas se abrieron. —Alfa, he traído a Althea Frostbourne. La patada detrás de la rodilla la hizo caer de rodillas. El impacto subió por su pierna como fuego. No alzó la vista. No todavía. Conocía a los hombres poderosos. Mirarlos sin permiso podía costar dientes. Escuchó pasos lentos acercándose. Pesados. Seguros. Una presencia se detuvo frente a ella. —Vete, Damon. La voz era profunda. Fría. No necesitaba alzarse para imponerse. La puerta se cerró. Estaban solos. El silencio se volvió insoportable. —Mírame. Althea obedeció. Y deseó no haberlo hecho. Izan Drakovir era más grande de lo que recordaba. Mucho más. Los años lo habían convertido en algo brutal. Hombros anchos, cuerpo endurecido por guerra y rabia, cabello rubio oscuro cayendo desordenado hasta los hombros, barba corta marcando una mandíbula feroz. Pero fue la cicatriz lo que la golpeó primero. Una línea cruel atravesaba el lado izquierdo de su rostro desde la sien hasta cerca de la clavícula. Su padre se la había hecho. Los ojos de Izan eran aún peores. Azules. No el azul amable del cielo. El azul profundo del hielo viejo antes de quebrarse. La recorrieron entera con una lentitud que la hizo sentirse desnuda sin estarlo. —Desvístete. La palabra le cortó el aire. —Yo… —Desvístete. O lo haré yo. Sus dedos temblaron al llevarlos al cuello del vestido. No podía respirar. Las manos no le respondían. Las lágrimas comenzaron a nublarle la vista. Izan dio un paso. Solo uno. Bastó para que su cuerpo entero retrocediera por instinto. Él la tomó del mentón con una mano dura y la obligó a sostenerle la mirada. —Llora más fuerte —murmuró—. Quiero disfrutarlo. El terror la paralizó. Había oído historias sobre lo que sufrió siendo esclavo de los Frostbourne. Torturas. Hambre. Golpes. Humillaciones. Mujeres obligadas a tocarlo mientras lo sujetaban encadenado. Hombres obligados a pelear hasta morir para entretener a su padre. Ahora él tenía el poder. Y ella llevaba el apellido correcto para pagar la deuda. —Haré contigo cosas que harán parecer misericordioso a tu padre. La soltó con brusquedad. Althea trastabilló y chocó contra una esquina del escritorio. —¿Por qué yo? —susurró, incapaz de contener el llanto. Izan sonrió sin humor. Una mueca oscura. —¿Por qué tú? Se inclinó hasta quedar a centímetros de su rostro. Su olor la golpeó primero: bosque húmedo, humo y algo salvaje. Algo masculino que le erizó la piel pese al miedo. —Porque eres Frostbourne. Porque respiras. Porque estás viva. Althea tragó saliva. Quiso odiarlo. Quiso verlo como monstruo. Pero demasiado cerca de él había otra cosa. Un aroma leve. Imposible. Frío limpio de nieve recién caída… mezclado con calor. Con algo dulce. Con algo que no pertenecía a aquella habitación. Izan se tensó de repente. Sus fosas nasales se abrieron apenas. La miró distinto. Solo por un segundo. Confusión. Rabia. Hambre. Luego retrocedió como si ella quemara. —Fuera de mi vista. Ahora. Althea no esperó una segunda orden. Corrió torpemente hacia la puerta, temblando. Cuando salió al corredor, aún sentía el roce de aquellos ojos sobre la espalda. Dentro del despacho, Izan permaneció inmóvil. Respiró hondo una vez más. Ese maldito aroma seguía allí. Y venía de la hija del hombre al que más odiaba en el mundo.

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