Poder de la amante

1425 Words
—La amante quiere ver a la esclava. La voz del guardia irrumpió en la habitación sin previo aviso. Ni siquiera se molestó en llamar antes de abrir la puerta. Althea levantó lentamente la vista. Por fortuna, aquella vez no la habían sorprendido en ninguna situación que pudiera interpretarse como una falta. Desde que era prisionera había aprendido que, en la manada del bosque, cualquier gesto podía convertirse en una excusa para castigarla. Mai dio un paso al frente. —Iré contigo. El guardia negó con la cabeza. —Solo la esclava. La joven sanadora frunció el ceño, pero no insistió. Ni siquiera ella gozaba de verdadera libertad. Aunque Izan les había perdonado la vida, Mai y toda su familia seguían bajo vigilancia. Habían servido durante años a la familia Frostbourne y, pese a negarse a abandonar a Althea incluso después de la caída del antiguo Alfa, nadie confiaba plenamente en ellos. En aquellas tierras, la lealtad era mucho más que una promesa. Los cambiaformas juraban con sangre. El ritual unía la voluntad del lobo con la de su Alfa. Una orden pronunciada directamente por el líder era casi imposible de desobedecer. No volvía imposible la traición, pero obligaba al cuerpo a luchar contra su propio instinto. Si un Alfa ordenaba clavarte un puñal en el corazón... ...tu mano lo intentaría. Era una magia brutal. Primitiva. Antigua. Los usuarios de magia, en cambio, vivían bajo reglas completamente distintas. Rara vez juraban lealtad a alguien. Ellos eran comerciantes. Su don era la mercancía. Los más comunes eran los sanadores y los maldicientes, dos caras de una misma moneda. Otros dominaban la naturaleza, leían pensamientos, alteraban emociones o contemplaban fragmentos del futuro. Sin embargo, todos compartían una misma debilidad. La magia consumía la vida. Sin cristales mágicos que alimentaran sus hechizos, muchos morirían antes de completar un conjuro poderoso. Por eso necesitaban a las manadas. Y las manadas necesitaban sus dones. Algunos sellaban contratos arcanos, pactos que unían a dos personas mediante magia. Eran acuerdos peligrosos; si uno de los participantes rompía el equilibrio del vínculo, cualquiera de los dos podía morir. Mai jamás aceptó uno. Cuando Izan ofreció una paga generosa para que su familia trabajara para él, todos rechazaron la propuesta. No abandonarían a Althea. Aquella decisión despertó más sospechas que respeto. ¿Por qué permanecer al lado de una heredera caída? Lo que pocos conocían era la verdadera razón. Durante años, Mai se había escabullido hasta los calabozos del castillo Frostbourne. Llevaba comida. Vendaba heridas. Usaba su propia magia vital para aliviar enfermedades imposibles de tratar con medicina común. Muchas veces había sido Althea quien vigilaba el pasillo mientras la sanadora atendía a los esclavos. Ninguna de las dos esperaba agradecimiento. Solo querían impedir que alguien muriera solo. Ahora era el destino quien se burlaba de ellas. Los antiguos esclavos caminaban libres. Y la heredera ocupaba su lugar. Aun así, Camille se quejaba constantemente del supuesto trato preferencial que recibían. Ella era esclava, nació esclava, sin padres, sin apellido. ¿Quién necesitaba uno cuando ni siquiera sabría como escribirlo? La única razón por la que ella ahora estaba en un salón privado tomando té con elegancia ensayada, era por su relación con el Alfa Izan. Se movía como si el castillo le perteneciera. La barbilla alta. La espalda recta. Una sonrisa tan afilada como una daga. Cuando Althea cruzó la puerta, varias sirvientas dejaron de respirar por un instante. La diferencia entre ambas era imposible de ignorar. Camille irradiaba salud. Althea parecía apenas un reflejo de la mujer que había sido. Delgada. Pálida. Con los ojos hundidos por las noches sin descanso. —Althea... Pronunció su nombre con el mismo desprecio con el que otros escupían la palabra esclava. La heredera apenas alcanzó a levantar la cabeza. La bofetada la lanzó contra el suelo. El impacto hizo vibrar toda la habitación. Nadie intervino. Camille descendió lentamente hasta ella y le sujetó el cabello con tanta fuerza que el cuello de Althea se arqueó hacia atrás. —Mírame cuando te hablo. El dolor le arrancó un jadeo. Camille sonrió. Había esperado demasiado tiempo para disfrutar aquel momento. —He oído que tu noche con el Alfa fue... decepcionante. Se inclinó aún más. —Para él, claro. Las sirvientas evitaron cruzar miradas. —Ni siquiera fuiste capaz de satisfacer un deseo tan básico. Qué vergüenza... Una esclava inútil no merece ocupar espacio en este castillo. Las palabras atravesaron a Althea con más fuerza que cualquier golpe. El recuerdo regresó sin pedir permiso. Las manos. El dolor. La impotencia. La humillación. No existía placer alguno en aquello. Solo violencia. Solo miedo. Sus lágrimas descendieron en silencio. Había aprendido hacía años que llorar en voz alta solo conseguía divertir a quienes disfrutaban verla sufrir. —Tu mayor maldición te salvó. Camille acarició su mejilla con una falsa dulzura. —Si no fueras un eslabón tan débil, habría pedido permiso para castigarte de verdad. La palabra quedó suspendida en el aire. Todavía. El Alfa no quería que muriera... Todavía. Aquella única palabra bastó para que un escalofrío recorriera el cuerpo de Althea. Su muerte ya estaba decidida. Solo desconocía la fecha. Y esa incertidumbre era mucho peor que cualquier sentencia. Camille volvió a golpearla. —Morir sería un regalo. La joven cayó de rodillas. Antes de que pudiera incorporarse, sintió una punzada insoportable en el bajo vientre. Una única garra atravesó la piel. El aire escapó de sus pulmones en un grito ahogado. Las sirvientas reconocieron inmediatamente el procedimiento. En las aldeas más pobres era una práctica habitual para asegurarse de que ninguna esclava estuviera embarazada. Un método cruel. Doloroso. Innecesario. Mai ya le había administrado las infusiones adecuadas días atrás. Todas lo sabían. Aquello no era prevención. Era humillación. Camille retiró lentamente la garra, limpiando la sangre con un pañuelo blanco. —Traigan un uniforme. Irá a las minas. Las sirvientas permanecieron inmóviles. —¿No me escucharon? —Mi señora... ella apenas puede mantenerse en pie... Camille clavó una mirada glacial sobre la joven. —Es una orden del Alfa. Eso bastó. Nadie volvió a cuestionarla. * El uniforme era poco más que un delantal de tela áspera, desteñido por el polvo y la humedad. No protegía del frío. No protegía de las piedras. Solo servía para distinguir a los esclavos que trabajaban en las minas. Althea apenas logró mantenerse en pie cuando intentaron vestirla. La herida seguía abierta. Cada paso enviaba una oleada de dolor por todo su cuerpo. —¡Muévete! Saira la empujó con brusquedad. Althea la reconoció al instante. Había sido esclava de la manada del bosque. Una de las muchas mujeres que Camille había protegido durante el cautiverio. Ahora la seguía con una devoción casi fanática. No era difícil entender por qué. Cuando todos les dieron la espalda, Camille les ofreció refugio. Ellas respondieron con lealtad porque tenían la certeza de que sería la próxima luna del Alfa Izan. Y con odio. Especialmente hacia la hija del hombre que había gobernado sobre su desgracia. La otra sirvienta caminaba en silencio. No participaba en las agresiones. Pero tampoco hacía nada por detenerlas. El pasillo descendía hacia las profundidades de la montaña. El aire se volvía más frío. Más húmedo. Más pesado. Poco a poco comenzaron a aparecer los primeros trabajadores. Los esclavos levantaban la vista apenas unos segundos antes de continuar con sus tareas. Entonces alguien la reconoció. El murmullo se extendió como una chispa entre hierba seca. —¿Es...? —No puede ser... —La heredera Frostbourne... Más rostros comenzaron a girarse. Hombres. Mujeres. Ancianos. Algunos pertenecían a la antigua manada de la montaña. Otros habían servido durante años en el castillo Frostbourne. Y todos compartían la misma expresión. Incredulidad. Porque aquella joven de enormes ojos grises no era una desconocida. Muchos recordaban a la muchacha que aparecía en los túneles durante la noche llevando mantas, agua o medicamentos. La que fingía no ver cuando un esclavo robaba un trozo de pan. La que distraía a los guardias mientras una sanadora curaba heridas prohibidas. Nadie imaginó verla regresar. Pero no como heredera. Como esclava. Saira lanzó el uniforme a sus pies. —Póntelo. Althea contempló la prenda durante varios segundos. Después levantó lentamente la mirada hacia la inmensa boca de la mina. Oscura. Fría. Hambrienta. Sabía perfectamente lo que la esperaba al otro lado. Porque años atrás había recorrido aquellos mismos túneles por voluntad propia para ayudar a otros. Ahora cruzaría el umbral encadenada. Y presentía, con una certeza aterradora, que aquella montaña aún no había mostrado su rostro más cruel.
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