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EL PRECIO DEL ANTIFAZ... la mujer que nadie quiso.

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Gianice perdió su rostro al salvar una vida… y con él, perdió también a su familia, su lugar en el mundo y el derecho a ser amada. Oculta tras un antifaz, aprendió a desaparecer hasta la noche en que una trampa ajena la empujó a un matrimonio sin amor y, después, a la ruina absoluta.

Cuando ya no le quedaba nada, aceptó una propuesta impensable: prestar su vientre a un poderoso desconocido a cambio de un millón. Lo que nadie le dijo fue que no habría inseminación.

Ni que el hombre al que drogarían para engendrar a ese hijo sería el mismo que juraría destruirla.

Maximiliano More busca a la mujer del antifaz para vengarse… sin saber que ella lleva bajo su techo el fruto de su propia sangre.

Ni que esa noche no engendró una vida.

Engendró tres.

Cuando las mentiras comiencen a resquebrajarse, el pasado reclamará su precio y el amor tan negado como inevitable, pondrá en jaque al hombre que jamás perdona.

Porque hay verdades que no pueden ocultarse para siempre.

Y destinos que, aunque se cubran con un antifaz, siempre encuentran la forma de mirar de frente

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Capítulo. El rostro que nadie quiso ver El espejo era un enemigo antiguo. Gianice lo sabía desde que era una niña, desde el día en que el vidrio le devolvió un rostro que ya no reconocía como suyo. Por eso, esa mañana, como todas no levantó la vista al pasar frente a él. Solo se limitó a ajustar el antifaz, ese mismo antifaz de encaje que ha usado cada día desde aquella vez, asegurándose de que cubriera por completo la cicatriz que le atravesaba la mejilla, y que bajaba hasta muy cerca del labio deformándole el rostro y haciéndola ser tan fea que ni ella misma se soporta ver. Aquella marca no era solo piel rota. Era su condena. -- No tardes – le dijo su padre desde el comedor, con una voz cansada, distante, como si estuviera hablando con una extraña. Gianice no respondió. Tomó su bolso y salió de la casa sin despedirse. Nadie se lo reprochó. En esa familia de tres, su silencio era más cómodo que su presencia. Había pasado más de una década desde el accidente. Nadie volvió a hablar de él, menos del niño que estuvo atrapado con ella, ni de como él logró salir ileso y ella con esa espantosa cicatriz. Tampoco mencionaban que los médicos dijeron que la cirugía si se hubiera hecho a tiempo podía haberla ayudado, pero eso fue lo más extraño de todo... a ella no la encontraron hasta después de varios de días, cuando ya era demasiado tarde y no hubo abogados, ni reclamos, ni tratamientos posteriores, y su rostro se fue endureciendo con los días, con los meses y con los años, como si el abandono también dejara cicatrices visibles. Por eso se vio obligada a usar ese antifaz. No para ocultarse… sino para poder sobrevivir en aquella maldita sociedad. El evento al que asistía su hermana mayor era uno de esos encuentros donde el poder se reconocía a sí mismo, donde hombres con trajes caros, y sonrisas calculadas estarían presentes y donde mujeres de familias como la suya, estarían dispuestas a todo por ascender un peldaño más. Grace estaba radiante esa noche y Gianice no tenía idea del ¿por qué? ella también debía ir. -- Gianice recuerda, esta noche no hables, no mires a nadie, y por favor no te vayas a quitar ese antifaz – le ordenó su hermana antes de entrar. -- Me lo dices como si alguna vez lo hubiera hecho – le respondió Gianice sin ganas. -- Solo acompáñame – sentencio su hermana mayor. Gianice asintió. Estaba acostumbrada a ser un adorno incómodo ante la presencia de su linda hermana mayor. Lo que no sabía, era que su hermana no pensaba presentarla… sino utilizarla como siempre, pues a su lado, siempre parecía más hermosa de lo que realmente era en realidad, bueno... cualquiera podría parecer linda al lado de alguien como Gianice. El hombre al que Grace había puesto los ojos era importante. Demasiado. Un apellido que valía millones, aunque no tanto como ellos, pero tenía un rostro agradable y estaba de moda, muchas de las mujeres en sus veintitantos comenzaban a verlo como una posible presa. Él era Manuel Bernal. El plan era simple y sucio... provocar una situación comprometedora, dejar que la prensa hiciera el resto y forzar una unión conveniente. Grace estaba segura de que él caería fácil, era conocido por ser un don juan. Pero las cosas no salieron como las planeo. Porque fue Gianice quien entró en la habitación equivocada. Fue la pequeña Gianice quien quedó atrapada cuando las luces se encendieron y los flashes de los periodistas explotaron como disparos frente a su inocente antifaz. No había pasado nada entre ellos. Ni una caricia. Ni una palabra indebida. Pero eso no importaba en ese momento de escándalo público. -- Te casarás con ella – la voz de su padre no admitía réplica. -- ¿Está usted loco? – le escupió Manuel en la cara al padre de Gianice. -- Yo ni siquiera la toqué – él lo miró con incredulidad, luego miró a Gianice. El antifaz. La cicatriz apenas visible bajo el encaje que sobresalía y el silencio de ella. -- Eso no es lo que dirán mañana todos esos reporteros – le respondió el hombre mayor. -- Usted tiene un nombre que proteger. Y yo tengo una hija a quien cuidar… y ella ahora necesita un marido – era la oportunidad perfecta para casar a su hija desfigurada, no le importaba que Manuel fueran un don juan, tampoco le importaba que tuviera una fortuna inferior a él... era un tipo de sociedad y en estos momentos su nombre estaba de moda. Gianice bajó la cabeza, no lloró, no suplicó, ni tampoco gritó, sabía lo que su padre estaba haciendo, entendió con una claridad cruel que no le estaba preguntando su opinión, nunca lo hacía... solo estaba aprovechando una oportunidad para deshacerse de ella. Manuel la miró con rabia, en sus ojos se podía ver ese brillo muy parecido al odio, con los puños cerrados y sin decir nada terminó aceptando las exigencias de su futuro suegro, al fin de cuentas, la familia de Gianice lo ayudaría a subir varios peldaños en aquella sociedad. El matrimonio fue rápido. Frío. Privado. Manuel la despreció desde el primer día, ese hombre nunca la tocó, desde que Gianice llegó a su casa se desentendió de ella. Nunca la miró sin mostrar asco. -- Busca cualquier habitación que este tan lejos de la mia para ocupar y cuando llegue a casa no quiero ver tu cara mientras este acá – fueron sus palabras antes de tirar la puerta y salir dejándola sola la misma noche de bodas. -- Yo... – Gianice no pudo decir nada. La puerta ya estaba cerrada. Ella miró a su alrededor, ni siquiera sabía que habitación ocupaba él. Caminó por el pasillo despacio, al final optó por ocupar una de las habitaciones usada por los empleados, estaba bastante alejada de él, y sabía que, desde allí, nunca podría cruzarse con él, asi quisiera. Manuel nunca permitió que olvidara que, para él, ella solo era una imposición… y una vergüenza... Gianice salía ocasionalmente a caminar, una noche terminó perdida y llegó a un bar. Uno de mala muerte, entró y se dio cuenta que allí nadie la juzgo, nadie la miró por entrar con el antifaz, y desde ese momento se convirtió en su lugar habitual. Su matrimonio nunca se consumó. Y aun así, la destruyó, día por día, mes por mes. No tenia permitido salir de casa y cuando llamaba a su padre él ni siquiera respondía su llamado. Un año después, su divorcio fue igual de silencioso como su boda, esa noche ella había ido a beber al bar. Volvió a casa como lo hacía cada noche, ingreso por la puerta de servicio, y cuando se dirigió a su habitación lo vio. Manuel estaba de pie, en la cocina. La había estado esperando. -- Firma – le dijo él, lanzando los papeles sobre la mesa. Ella miró y pudo leer de que se trataba. -- No quiero volver a verte en mi vida – las palabras estaban claras. Gianice firmó sin leer, para ella era su carta de liberación. Cuando regresó a casa, con una maleta pequeña y el antifaz puesto, encontró la puerta cerrada, la llave que tenía no le hacía. Incluso la contraseña había sido cambiada. Un año como esposa de Manuel, sin visitar su casa, porque eso decía el contrato que su propia familia había redactado para ella... la habían sacado de su vida, un año había cambiado a su familia, y mucho. Tocó el timbre, un empleado que no conocía le abrió la puerta. -- No puedes quedarte – le dijo su padre, sin mirarla. Ni siquiera la invitaron a entrar. -- Papá, yo también soy tu hija – le dijo ella. -- Ya es suficiente deshonra haberte casado con Manuel, ahora quieres volver a esta casa divorciada, lo siento Gianice, pero no puedo aceptarte – le dijo su progenitor Grace sonreía detrás de él. -- Pero ¿qué voy a hacer ahora? – le preguntó Gianice en un hilo de voz. Su padre se encogió de hombros. -- Eres joven… aunque – la miró por primera vez, -- bueno, ya sabes. Estas divorciada, y con esa cicatriz en el rostro... será difícil que alguien en esta ciudad te quiera. Será mejor que busques hacer tu vida en otro lugar. Lejos de todos – ¿Quién la querría? esa preguntaba quedó suspendida en el aire como una sentencia. El bar no tenía nombre, pero era el único lugar donde podía ir. Allí nadie la observaba. Nadie le preguntaba por su antifaz, nadie le exigía que se lo quitara. Era el único lugar donde podía ser invisible… y eso era un alivio que se necesitaba. Bebió como si quisiera borrar el mundo. -- Deme otra igual – pidió, apoyando la frente en la barra. -- Ya es suficiente jovencita – le dijo el cantinero que la conocía, sabía cual era su límite y ya lo había superado hacía rato. -- No – susurró ella. -- Aún necesito más – le dijo y fue entonces cuando un tipo se sentó a su lado. No la miró con curiosidad. Tampoco lo hizo con morbo. La miró como si ya hubiera tomado una decisión. -- Tengo una propuesta para ti – le dijo. -- Si aceptas tendrás un millón al final – Gianice río al oírlo, fue una risa rota. -- No tengo nada que vender señor, además, no soy una prostituta – dijo con seriedad. -- Puedes alquilar tu cuerpo – le respondió el hombre sin rodeos, ella iba a golpearlo cuando él la detuvo. -- Pero no como imaginas, no pienses mal – ella se frenó en seco antes de propinarle un golpe y frunció el ceño. Estaba ebria, aunque no tanto para no comprender lo que le decían. Él le explicó todo con frialdad... su jefe necesitaba un vientre de alquiler, nueve meses de embarazo, discreción absoluta. Le ofrecían una casa por ese tiempo, comida, medicina, y por supuesto el dinero al final. Nadie volvería a juzgarla. -- Eso sí... debe ser virgen – añadió el tipo, y al verla con ese antifaz, imagino lo fea que debía ser, era lógico pensar así. -- Mi jefe es… exigente – continuó. -- No es vientre de alquiler... ¿por qué quiere una virgen? – le preguntó ella. -- Por que dice que el hogar de su bebé no debe haber sido profanado por nadie – le respondió el empleado. Gianice lo miró por unos segundos... pensó en la puerta cerrada de su casa, en el rechazo de su padre y su hermana Grace. En la mirada de asco de Manuel. Y en el espejo que la evitaba a diario antes de asentir. -- Acepto – confirmó sin dudar. Sin saber que acababa de firmar su destino. Ni que el hombre que la había condenado sin tocarla… sería también el padre de sus hijos. Ni que el antifaz que la estaba salvando esa noche… sería la chispa de una guerra que apenas comenzaba.

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