◦✧◦PERSUASIÓN◦✧◦

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—¿Cómo te sientes hoy, abuelo? —preguntó en el instante en que abrió la puerta de la habitación del anciano. Cameron encontró al hombre que fue su guía y mentor desde que tenía memoria con la mirada lejana en el gran ventanal. Aunque creció con sus padres, siempre sintió una fascinación por su abuelo. Y después de que estos murieron, su conexión se volvió más fuerte. Nathan King tenía la habilidad de hacerle ver las cosas más allá de la línea del horizonte. Insistía en que todo no podía ser de un color o de otro, que los degradados también eran importantes, incluso, hacían resaltar la belleza. Nathan estaba en su silla de ruedas, con el tanque de oxígeno conectado a un lado. No era ni la cuarta de lo que alguna vez fue, astuto, fuerte e inteligente. En ese momento se veía tan deteriorado, que se le oprimía el pecho. Sin embargo, estaba lucido y era tan sabio que en el fondo presentía que había pasado algo. —Como todos los días, igual —respondió encogiéndose de hombros—. ¿Por qué no te acercas, Cam? —preguntó Nathan quitándose la mascarilla de oxígeno, para que su voz sonara un poco más fuerte y clara—. Parado en la puerta pareciera que me tienes miedo. Estaba bromeando con él como siempre lo hacía, rompió la distancia y caminó hasta quedar frente al hombre que le debía tanto. No podía negarse que eran familia, puesto que muchos decían que era muy parecido a Nathan a su edad. Lo besó por encima de la cabeza, un gesto que antes era al revés. —No quería molestarte, abuelo —manifestó con un toque de emoción en su voz. —Pues si no lo haces, quien lo hará —lo miró, se encogió de hombros de nuevo y luego giró la cabeza hacia el gran ventanal—. Mira el cielo, Cam, está triste como yo. —¿Y por qué estás triste? —él no pudo evitar preguntar. —Desde hace algunos días me ha invadido la melancolía, los recuerdos de mi alocada juventud —el hombre mayor dio una sonrisa ladeada—. Un amor verdadero, que ni la distancia, los malos entendidos, ni los problemas pudieron marchitar. Cameron masculló una maldición, por su estado de salud, no quería decirle que Margot Bennett había muerto, pero al parecer eso no importaba porque su corazón ya lo sabía. La manera en que lo escuchaba suspirar no se debía precisamente a la su deficiencia respiratoria. —Deberías sonreír, las cosas mejorarán —manifestó sonriéndole de manera forzada, pensó que quizá el anciano no se daría cuenta. —Eso espero, muchacho —comenzó a toser. —Abuelo, ¿te sientes bien? —necesitaba saberlo. —¡Solo estoy viejo, Cam! —chasqueó los dientes, poniéndose la máscara de oxígeno. —No te esfuerces, llamaré a la enfermera ahora mismo. Luego de decir aquello salió prácticamente corriendo de la habitación en busca de la mujer, luego de hacerle saber que no quería que lo dejara solo en ningún momento, Cameron se dirigió al despacho. Decidió pasar ahí el resto de la tarde, al menos iba a tener en qué ocuparse. Al cabo de algunas horas, él se encontraba hablando por videollamada con Hanna, quien le estaba haciendo un informe, y recordándole cuál era su nueva residencia a partir de esa noche. También la joven asistente le pidió permiso para llegar un poco tarde, puesto quedaban algunas cosas de la oficina por llevar a la nueva. La joven era tan eficiente que todos los meses le daba una bonificación extra, y ella le advertía que cuando llegara a la cantidad que quería dejaría de trabajar para su empresa para establecer la suya. El toque suave de la puerta, hizo que la llamara finalizara. —Disculpe, señor —la voz de Karl siempre grave y seria—. Es hora de llevarlo al Santoria… —Ya lo sé —entornó los ojos—, Hanna me acaba de decir lo mismo. Se levantó del escritorio, y tomó el saco que había dejado sobre uno de los sillones. Pasó por la habitación de su abuelo para despedirse, pero la enfermera le dijo que estaba dormido, y no quiso molestarle. Sin embargo, lo miró desde lejos, y luego se dirigió a su nueva residencia. Mientras iba en el auto, Cameron observó sin mucho interés los modernos rascacielos que se mezclaban con las estructuras antiguas. Era obvio que hasta en la misma ciudad existía una fusión de historia y actualidad que le recordaba que todo evolucionaba. En el momento en que Karl giró hacia una calle más tranquila, para burlarse del tráfico de la hora pico, su teléfono celular sonó dentro de su saco. Hizo una mueca de fastidio al mirar el identificador de llamadas, al ponerlo sobre su oreja dio una larga respiración. —¿De verdad no vendrás a verme esta noche? —preguntó una voz melodiosa al otro lado de la línea. —Brigitte… —él advirtió. —Sé que ya lo hablamos —la chica era inteligente, así que cambió de manera inmediata el tono de voz. —Entonces, ¿qué parte no entiendes que no podemos vernos esta noche? —Si quisieras… lo harías —Brigitte hizo silencio—. Después que salga de esta agotadora sesión de fotos, podría esperarte en tu ático. «¡Mala idea!», pensó él. —Eso es imposible… —¡Cam! —lo interrumpió chillando de indignación— ¡¿Ahora no quieres que vaya a tu casa?! Él se dio una bofetada mentalmente, no quería decirle que estaba viviendo en un hotel porque obviamente querría quedarse, y no podía permitir que Madison se enterara de algún encuentro s3xu@l con Brigitte, negó con la cabeza porque le parecía aquella actitud de su parte un poco inusual. —¡Niña tonta! —exclamó haciéndole creer que era por cariño, cuando en el fondo lo había dicho en serio—. El ático está en remodelación, y me estoy quedando en casa de mi abuelo. —Uhmm… Comprendo… —¿Es todo lo que querías decirme? —Cameron reclinó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos, aunque estaba imaginándola desnuda entres sus muslos. No quería caer en las redes de la lujuria. —Está bien… ¡Tú ganas! Inmediatamente se sintió aliviado. —¿Quieres almorzar conmigo mañana? —él sugirió, porque era lo menos que podía hacer. —Todos los días que quieras, ca… Cam. Brigitte casi se había equivocado de nuevo, una de las razones por las cuales había puesto distancia entre ellos fue porque le insinuó que estaba dispuesta a formar una familia, y que si salía embarazada con gusto lo aceptaría. Era un hombre, y sabía muy bien cuando retirarse, aquella confesión a la cual le agregó un: te amo, esa madrugada con ella sobre su pecho, con sus cuerpos desnudos después de tener s3x0, lo aterró de tal manera que desde entonces evitaba que estuvieran en la misma ciudad, para que la casualidad no se comportara de manera imprudente. —Te llamaré mañana, para ir por ti o decirte en donde nos encontraremos. Sin darle tiempo a que Brigitte dijera algo más que delatara sus intenciones, Cameron finalizó la llamada de manera brusca y todavía con los ojos cerrados. —Señor, hemos llegado —la voz de su chofer lo sacó de su trance repentino. Iban directo al estacionamiento del elegante edificio, un hotel de cinco estrellas. A pesar de que tenía más de cincuenta años de construcción, su fachada seguía siendo imponente y una de las más inspiradoras de la ciudad, que incluía su pequeño jardín bien cuidado. —Le recuerdo que sus cosas ya están en su suite, Hanna se encargó de todo —comentó Karl al abrirle la puerta. Cameron solo asintió, puesto que ya lo sabía. Hanna y Karl eran excelentes empleados, y en los que más confiaba. Ambos hombres caminaron hasta la entrada principal, en donde un botones lo recibió con una sonrisa y una reverencia. Ese gesto le agradó, puesto que era obvio que no sabía quién era. Al notar al hombre que buscaba su equipaje, él se aclaró la garganta. —Mi equipaje está en mi suite. —¡Oh, genial! —exclamó—. Lo acompañaré hasta la recepción. A pesar de que estaba en las instalaciones solo para cambiarse de ropa y volver a salir, no pudo evitar echarle un ojo al área de recepción del hotel, el cual era un espacio amplio y lujoso, y limpio. Los suelos impecables, con la decoración que combinaba elementos modernos y tradicionales. Con una sonrisa, la recepcionista, impecablemente con su uniforme, le dio la bienvenida y realizó le entregó su llave magnética. Con un asentimiento de cabeza, Cameron le dio a entender a la chica que estaba conforme con la atención. Unos segundos después, miró el reloj en su muñeca y haciendo un gesto con la boca, buscó a Karl. —Estaré listo en una hora. —Muy bien, señor. Subieron en el ascensor hasta su piso, y luego caminó por un pasillo que estaba elegantemente decorado, Metió la mano en su bolsillo, y sintió cómo un poco de la tensión del día comenzaba a desvanecerse. Al llegar a su habitación, insertó la llave en la cerradura magnética que abrió la puerta. Casi se le escapa un silbido, porque el interior de la habitación era más impresionante de como la esperaba, con una cama king-size, un escritorio de madera oscura y un gran ventanal que ofrecía una vista panorámica de esa parte de la ciudad londinense. Cameron dejó su saco encima de la cama y comenzó a desvestirse para dirigirse al cuarto de baño para refrescarse. Tras una ducha revitalizante, con el cuerpo húmedo y una toalla alrededor de su cintura masculina, se sentó en el sillón junto al ventanal. Comenzaba a anochecer, y las luces de la ciudad comenzaban a encenderse, en ese instante se sintió tranquilo. Por nada del mundo quería que ese momento de paz fuera interrumpido. «¿Estaré haciendo lo correcto?», se cuestionó. Había tenido durante algunos meses una mala idea de Madison, no era ni la mitad de engreída y soberbia que creyó que sería. Sacudió la cabeza, era mejor comenzar a vestirse. Tomó el mando a distancia de televisor de cincuenta y tres pulgadas que estaba en la pared y comenzó a ser zapping. Hasta que se detuvo en algo que le llamó la atención, era un espacio en el noticiero de esa hora, que estaba cubriendo la gala benéfica. Había mucha más gente de la que esperaba, aquello era muy bueno. Se apresuró en vestirse, puesto que aunque estaba en buena hora no quería retrasarse. Además de que todavía tenía que pasar por Madison, y no entendía el porqué, se sentía un poco ansioso. Miró, por última vez la habitación, nunca había vivido en un hotel, aunque se había hospedado en muchos. «¡Los matices de la vida!», se dijo y luego sacudió la cabeza, porque ya estaba pensando como su abuelo. Salió prácticamente disparado, se sorprendió al darse cuenta de que solo estaba a pasos de distancia de la suite de la joven. Tocó el timbre y mientras esperaba pudo escuchar el suave taconeo de Madison. En el instante en que abrió la puerta, y la vio el aire en sus pulmones, se detuvo por un momento. —Hola, has llegado puntual —le dijo ella con una sonrisa. Parecía una verdadera princesa en aquel elegante vestido de noche, que fluía por su cuerpo como un río de la más fina seda. Las luces de la habitación de manera sutil hacía resaltar los destellos del en la tela, el cual creó un aura de brillo, sensualidad y sofisticación. Para Cameron fue imposible no mirarla, por eso sus ojos descarados recorrieron su voluptuosa figura femenina. Era como si cada uno de los pliegues de la prenda pareciera haber sido diseñado para ella. La manera en que se abrazaba a su fina cintura y se deslizaba delicadamente hacia el suelo, mientras demostraba cuando caminaba lo orgullosa que se sentía de ser mujer. El escote era elegante, resaltaba su sensualidad sin ser excesivo, y el collar de esmeraldas y diamantes que llevaba en el cuello brillaba con cada movimiento que hacía. Madison era consciente de que él la mirada con codicia, que la tomó por sorpresa. Dio una larga respiración, le sonrió sin evitar reflejar una mezcla de timidez y confianza. Fue inevitable que sus ojos se encontraran, fue justo en ese segundo en donde ambos por primera vez sintieron una conexión profunda. Fue como si el tiempo se detuviera solo para ellos, y solo existieran dos en el mundo. Cameron se aclaró la garganta y dio dos pasos hacia ella, para ofrecerle su brazo con una sonrisa orgullosamente masculina. La cual Madison aceptó y cerró la puerta. —Estás deslumbrante esta noche —no pudo evitar susurrarle muy cerca de su oído, mientras esperaban que se abrieran las puertas del elevador. —Muchas gracias —contestó Madison, asintiendo con la cabeza y sintiéndose como una adolescente en su primera cita. Al llegar a la recepción les fue imposible pasar por desapercibidos, así que aceleraron un poco el paso hasta la salida. Las miradas descaradas, y los susurros imprudentes, les dio una idea de como sería en la gala de beneficencia, puesto que estaba claro que serían, además de los anfitriones, la pareja más cautivadora de la noche. Agradeció que Karl los estaba esperando con la puerta del auto abierta, le hizo un asentimiento de cabeza, y en el segundo en que puso su mano en la parte baja de la espalda de Madison. Sintió como una corriente eléctrica atravesó su cuerpo. «¡¿Por segunda vez en el día?!», apretó los dientes incrédulo y molesto consigo mismo. —Espero que todo salga bien esta noche —Madison manifestó en voz baja, en el instante en que el hombre de seguridad cerró la puerta. —No tienes el porqué preocuparte, estaré ahí para ti —después de decir aquello se dio una bofetada mental.
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