CANTO XXX

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CANTO XXX Y cuando el septentrión del primo cielo, sin oriente jamás y sin ocaso, sin otra niebla que de culpa el velo; que el puesto señalaba en cada caso, como abajo se fija rectamente el timón que del puerto guía al paso, de firme se asentó, la santa gente, que la luz con el grifo precedía, en paz volvióse al carro reverente. Y uno de ellos, que en medio se tenía, Veni, sponsa, de Libano, cantando, tres veces con el coro repetía. Cual beatas almas que al postrero bando ligeras surgirán de su caverna, la revestida carne aleluyando, así, sobre la fúlgida basterna, respondieron: Ad vocem tanti senis, anunciadores de la vida eterna; clamando: Benedictus, tu qui venis; y al par vertiendo flores en contorno: Manibus o date lilia plenis. Alguna vez del día en el retorno,

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