Papá estaba sentado al centro de la mesa como siempre, mamá a su costado. Al otro lado estaba yo, Ernesto y Erik. Nana Clarita comenzó a traer platos y platos de comida, todo olía delicioso. - Te encantará la comida de mi nana – le susurré a Ernesto con amplia sonrisa apretando levemente su mano. El me vio como si de una niña pequeña se tratase. - Eres muy afortunada, yo jamás tuve una nana que me cuidará - dijo con un toque de nostalgia. En ese momento nana Clarita pasaba a nuestras espaldas, tal vez escuchó lo que Ernesto me dijo, porque se acercó con un plato de comida para él. - Y este plato es para el apuesto joven que ha traído mi niña - exclamó alegre. Ernesto se puso rojo como un tomate, me di cuenta que no estaba acostumbrado a que lo mimaran o le hicieran cumplid

