Prólogo
El sol brilla radiante en el firmamento, compensando la oscuridad que esconde mi alma. Sacudo los pensamientos que intentan colapsar mi mente y me dejo seducir por la suave brisa que roza mis mejillas, por ese olor a pasto recién cortado que me recuerda que pertenezco aquí… que este es mi lugar seguro.
Seguimos adelante, saltando cada obstáculo, con nuestros movimientos sincronizados. Su galope es firme y constante, nada lo detiene, somos Veloz y yo contra el mundo.
Mi alma se libera y vuelvo a respirar tras tantas noches de opresión. Necesitaba sentir la libertad que solo me ofrece la equitación.
Tiro de las riendas para que Veloz salte la barra, pero no lo hace. Me sujeto con fuerza de las bridas para no caer y abro los ojos como dos luceros en un cielo oscuro al saber cual será nuestro destino… es inevitable.
Mi corazón se acelera como un bombo y se me dificulta la respiración. Ya no me siento libre sino aterrada por lo que pasará.
Veloz cae, su impacto me proyecta en el aire como una bala y aterrizo en el suelo.
Abro los ojos en la soledad de mi habitación, con el cabello pegado al rostro por el sudor y con el corazón latiéndome fuera de control en el pecho. No hay brisa, no hay sol, el olor a pasto se disipó… solo fue un sueño.
¡No! Fue mucho peor, es el recuerdo que me golpea en el alma, es el pasado que vuelve cada noche para aturdirme.
—¡Basta! ¡Tú eres Elizabeth McColl, Olivia Evans murió ese día!