Capítulo 1. Te amo más que todas tus amantes
6:00 AM...
La “Fea” Violeta Hartley, como le decían los trabajadores en secreto, llevaba un buen rato despierta. No había dormido. Se había pasado la noche mirando el techo, ensayando en su cabeza las palabras que iba a decir y las que jamás se atrevería a pronunciar.
―Ramsés… mi Ramsés―susurró, sentada en el borde de la cama con un camisón de hombre que le quedaba ancho de los hombros y le cubría hasta las rodillas. Era de su jefe. Se lo había robado en secreto meses atrás, de entre la ropa que él mandaba a la tintorería, y aún conservaba su olor: madera, cuero y un toque de whisky caro. Lo había lavado una sola vez, y llorado después por el miedo a que el aroma se hubiera ido. Por suerte, no se fue del todo.
En las manos sostenía un retrato de los dos juntos en una cena de gala del año pasado. Él, con su traje negr0 y su mirada de depredador elegante. Ella, a su lado, con un vestido discreto rojo y una sonrisa tímida, la única fotografía donde no estaba mirando a la cámara, sino a él.
―Como siempre te digo, te amo más que todas tus amantes. Te amo más que todas esas perras que han estado contigo―dijo con la voz quebrada, pasando el pulgar por el rostro de Ramsés detrás del cristal―. Pero… no te podré mirar a los ojos después de que haga lo que quiero hacer.
Se levantó despacio y colocó el portarretrato sobre una mesita, entre las decenas que tenía de ella y Ramsés. Su cuarto entero era un santuario. Había fotos en cada superficie, recortes de revistas de negocios donde aparecía él, una corbata que él había olvidado en la oficina y ella nunca devolvió. Tenía desde afeitadoras y cepillos de dientes usados de Ramsés, que rescataba de la basura de su despacho, hasta un bóxer n3gro usado que había robado de la ropa sucia del penthouse un día que fue a recoger unos documentos, y que guardaba doblado dentro de una caja, como el más vergonzoso de sus tesoros. Guardaba también cada uno de los regalos que él le había dado, en cajas con lazos como si fueran joyas. Y lo eran, para ella.
Tomó uno de los cepillos de dientes y lo miró un largo rato, con el estómago apretado. Después, sus ojos se desviaron hacia la caja del bóxer, y sintió que las mejillas le ardían de vergüenza.
―Dios mío, Violeta, ¿en qué te has convertido?―murmuró, tapándose la cara con las manos.―Creo que debo desmontar este santuario que tengo de ti jaja―dijo, y dejó escapar una risa amarga―. Qué patético suena eso. Suerte que nunca entraste a mi casa. Nunca te dejé―suspiró y se abrazó a sí misma―. Lástima que soy muy fea para ti.
Su celular vibró sobre la mesa de noche, y ella se sobresaltó. Era un mensaje:
“Violeta, no me has pagado mi mensualidad. Ya tienes dos días de atraso. ¿Qué te sucede? Mis servicios no los vas a tener más si sigues de mala paga.”
Violeta puso los ojos en blanco y suspiró.
―Ah, mi novio falso cobrándome. Qué puntual es para cobrar y qué tarde llega cuando lo necesito, jajaja―dijo, sin una pizca de alegría―. Pero ya es hora de decirle que no querré más sus servicios.
Antes de que pudiera responderle, el celular vibró otra vez. Leyó el nombre en la pantalla y se le detuvo el aire. Era Ramsés Al-Sharif, el amor de su vida en secreto por siete años, y su cara se iluminó como si el sol hubiera entrado de golpe por la ventana:
“Vi, ¿estás despierta? No quiero poner bravo a tu novio.”
―Já, si supieras que mi novio falso me está cobrando―murmuró, y se llevó la mano al pecho para calmar el corazón que le latía como tambor. Respiró hondo, contó hasta treinta segundos para no parecer ansiosa, y entonces lo llamó. Ramsés atendió enseguida, con la voz ronca y arrastrada de quien acaba de abrir los ojos.
―Hola, jefe, buenos días.
―Buenos días, mi chica número uno.
Violeta cerró los ojos con una sonrisa que no pudo evitar. Cada vez que él decía eso, se le olvidaba por un instante que nunca sería suficiente.
―¿Ya comió?
―No. Desayunaré contigo. ¿O tu novio se pone celoso?
Violeta sonrió y se mordió los labios.
―Un poquito, jefe. Pero no se preocupe, que usted está primero, es quien me paga, jajaja.
―Así es―respondió él, y en su voz hubo algo que ella no supo descifrar, un roce de fastidio que se esfumó rápido―. Te pasaré buscando. ¿O tu novio te va a traer?
Ella respondió con una prisa que la delató:
―No, no, jeje, venga usted. Yo… lo dejaré dormido.
Hubo un silencio en la llamada, largo, incómodo. Ella escuchó la respiración de él al otro lado y se mordió la lengua, arrepentida de haber dicho de más.
―¿Jefe?
―Mmm. Está bien. Te pasaré buscando.
―Sí, jefe, estaré lista para usted.
―Me duele la cabecita―se quejó él, con ese tono de niño grande que solo usaba con ella.
―Ay, jefe, tómese los analgésicos que están en la mesa de noche. ¿Los vio?
―No.
―Jefe, al lado de sus condones. Ahí se los puse. Sé que bebió mucho ayer con los señores checos―dijo ella, y apretó el borde del camisón con la mano libre. Le dolía decir esa palabra. Le dolía cada vez, y aun así se encargaba de cada detalle.
―Ah, ya los vi.
―Nos vemos más tarde, jefe.
―Adiós, mi chica número uno.
―Adiós, señor… nos vemos luego.
Violeta colgó, se dejó caer sentada en la cama y apretó el celular contra su pecho. Luego miró el sobre blanco que descansaba sobre el tocador, con el membrete de otra empresa, y el borde de otra carta, la suya, la que había redactado a las tres de la madrugada y reescrito cuatro veces.
―Ya no puedo más. Ya tomé mi decisión.
MIENTRAS TANTO, EN EL PENTHOUSE DE RAMSÉS AL-SHARIF…
Ramsés se quedó mirando el celular un rato después de que ella colgara. Las sábanas n3gras de seda estaban revueltas, y a su lado dormía una mujer rubia, desnuda, de la que no recordaba ni el nombre. La cabeza le martillaba, pero no era la resaca lo que lo tenía con el ceño fruncido.
«Yo… lo dejaré dormido. Ya tiene dos años con ese hombre. Pero en fin. Ella lo ama. Habla de él a cada rato»
Giró la cabeza hacia la mesa de noche. Ahí estaban los analgésicos, un vaso de agua tapada, junto a la caja de condones, una nota con la letra impecable de Violeta:
“Tómese dos. Con el estómago lleno. —Vi.”
Ramsés tomó la nota entre los dedos y la leyó una segunda vez, sin saber por qué.
―Aún tienes voz de enamorada, Vi. Pero en fin, no es mi problema―murmuró con algo de amargura, y arrugó la nota en el puño antes de dejarla junto al vaso de agua.
La mujer rubia se removió en la cama y le tocó el hombro. Él apartó su mano sin mirarla.
―Vístete. Ya te vas.
―Oye... ayer estabas cariñoso―dijo ella, haciendo un puchero.
―Ayer fue ayer, hoy es hoy. Ya viene mi secretaria. Fuera, no quiero que te vea.
CONTINUARÁ...