01. El Tigre Blanco de Tastenberg
—Traigan a las mujeres. Ahora.
El rey tigre Xiall lo dijo sin abrir bien los ojos, tirado en el camastro de su tienda de campaña con los brazos detrás de la cabeza, el pecho descubierto y la bata a medio caer. Afuera, tres mujeres de su gusto personal esperaban sentadas sobre unas pieles, riendo bajito porque ya acostumbradas a esa orden.
—Hoy será mi turno —dijo una de ellas.
—¡Yo empiezo primero! —susurró otra—. Ustedes dos se quedan afuera.
—En sus sueños. —La tercera habló con una confianza tal, que ya la hacía sentir como toda una ganadora—. Yo seré la que empiece a darle placer a Su Alteza.
Mientras las mujeres discutían quién entraría primero, afuera del campamento la situación era otra historia. Llevaban un mes acampados frente a los muros de Aelvenir, y para el rey de Tastenberg eso solo había significado vino, mujeres y nada más que hacer.
—Ve a buscarme a mis mujeres —insistió el rey, acomodándose en el camastro.
El soldado que hacía guardia en la entrada asintió y se dio vuelta para cumplir la orden. No alcanzó a dar el segundo paso cuando alguien más entró.
—Xiall.
Esa voz que lo llamó la reconoció de inmediato. Solo una persona le hablaba así.
Rohan entró sin pedir permiso, con la armadura puesta desde el amanecer y con el rostro serio como siempre.
—No es momento para eso —dijo, mirando a las mujeres de afuera.
Xiall se incorporó apoyado en un codo y sonrió.
—Siempre es momento para tener sexo. —Se pasó una mano por el cabello blanco, despeinándolo más de lo que ya estaba—. ¿Ahora qué quieres? ¿Ya se rindieron por fin estos elfos orgullosos? Llevamos un mes aquí y nada que seden los muy bastardos.
—Decidieron atacar, lo más probable es que ya sus reservas se acabaron y no aguantarán un día más con su ciudad sitiada. Salieron a la batalla. —Rohan se quedó parado en la entrada, con los brazos cruzados—. Sus tropas están afuera. Salga ahora, su majestad.
Eso bastó. Xiall se levantó de golpe, se estiró con un gruñido, y por un momento se le notó el guerrero debajo del hombre bestia que hasta hace un minuto solo pensaba en mujeres.
—Bueno —suspiró—. Es hora de tomar la ciudad. —Caminó hacia la mesa donde estaba su armadura y la tocó con la punta de los dedos—. Pero antes, dame cinco minutos… tenía un asunto pendiente antes de que entraras.
Rohan arqueó una ceja, por un momento, solo por un instante pensó que el Rey tigre cumpliría su deber de inmediato.
—Cinco minutos para usted son una hora cuando se tratan de esos… asuntos, Su Alteza.
—Prepara al ejército. —Xiall ya no lo miraba a él, sino a las tres mujeres que seguían esperando afuera, incluso una de ellas lo saludó con la mano y una sonrisa seductora—. Y dame mis cinco minutos. —Levantó la voz—. ¡Todas ustedes, entren y vayan a la cama! Nada de turnos… no hay tiempo para eso.
Rohan suspiró y salió de la tienda sin decir nada más mientras las mujeres entraban con rapidez.
Afuera, el cielo empezaba a aclararse. El viento bajaba desde las colinas y movía las banderas blancas del campamento, todas con el mismo tigre bordado en hilo plateado que era el símbolo del reino de Tastenberg. Los soldados ya formaban filas. Se oía el metal de las armaduras y ya todos se encontraban inquietos.
Una hora después —porque los cinco minutos de Xiall nunca eran cinco minutos justo como había dicho Rohan— el Rey tigre salió vestido para la guerra. La bata había quedado atrás. Ahora llevaba placas de cuero reforzadas con metal plateado y una capa blanca corta sujeta al hombro.
—¿Todo listo? —preguntó, caminando entre las filas de soldados que se apartaban a su paso.
—Todo listo, Su Alteza. —Rohan caminaba un paso detrás—. Los arqueros están en la colina norte. Las tropas de asalto esperan su señal.
—Perfecto. —Xiall se detuvo frente a las murallas de la ciudad de Aelvenir, altas y blancas, la piedra brillaba incluso bajo un cielo todavía gris. Esa ciudad era hermosa, los elfos la tenían en todo su esplendor —. Es una lástima lo que le vamos a hacer. Pero bueno, así son las cosas…
No sonaba arrepentido. De hecho, sonaba divertido.
Con una pequeña sonrisa, el rey levantó una mano y todo el campamento quedó en silencio. Xiall miró la ciudad una última vez, sintiendo esa opresión en el pecho que solo la batalla le despertaba. A diferencia de todos sus antepasados bendecidos por el dios el aire, él no tenía el poder del viento en las venas. Nunca lo había tenido. Pero había algo que sí tenía: la fuerza, la velocidad, el instinto que lo hacía distinto a cualquier rey común que Tastenberg había tenido jamás.
—¡Adelante! —gritó, y no esperó a que nadie más se moviera.
El rey tigre corrió hacia las murallas más rápido de lo que cualquier caballo podría alcanzarlo. A mitad de camino, sin perder el paso, su cuerpo empezó a cambiar. La piel se cubrió de pelaje blanco, la espalda se arqueó, las manos se convirtieron en garras. Donde antes corría un hombre, ahora corría un tigre del tamaño de un caballo de guerra, blanco, con los ojos de un azul tan pálido que parecían de hielo.
Detrás de él, otros hombres bestia se transformaron también, ninguno con ese color, ninguno con esa presencia. Xiall siempre había sido distinto. Desde niño supo que su pelaje blanco no era casualidad, sino una marca de quién era su padre y de todo lo que ese padre… no le había dado.
Las murallas de la ciudad de Aelvenir, tan sólidas frente a un asedio normal, no estaban hechas para bestias que podían saltar tan alto como escalar. Xiall fue el primero en llegar a lo alto del muro y el primero en caer del otro lado, entre los defensores.
Cuando ya sus tropas estaban dentro de la ciudad, esta se convirtió en un caos.