— Así que... ¿Señorita Castellan? —la subdirectora Palov, como la placa en la mesa con su nombre indicaba, baja sus gafas para verme sobre el borde de ellas entrecerrado los ojos, un acto que profundizó las arrugas que sus párpados marcaban.
— Así es —respondo, sonriendo de la mejor manera posible y obligándome a mantener mi espalda recta.
Baja la mirada a los folios en su escritorio.
— El maestro Bruno me comentó que ha solicitado un cambio de grupo.
De inmediato negué.
— Lo que yo solicité fue un cambio de banca —corrijo, intentando husmear desde mi lado el reporte que le habían hecho llegar a la subdirectora.
Justo cuando dije eso pude ver en sus ojos la incredulidad y el cansancio. Se sacó las gafas por completo y empezó a masajear el puente de su nariz.
— ¿Y vienes aquí solo por eso?
— ¡Eso mismo dije yo! —exploté, pero una mirada de aquella mujer me bastó para bajar el tono— Eso mismo dije yo, directora Palov.
¡Si el maestro Bruno no hubiese estado muy ocupado ligando con la secretaria hubiera podido arreglar este asunto por sí mismo y no enviarme a tempranas horas de mi segundo día de clase con un reporte!
La verdad, mi solicitud de cambiar de asiento no se debía del todo a mi actual compañero de banca; ¿habíamos empezado mal? sí, ¿no quería tener más contacto con él? en efecto; pero también deseaba poder socializar con Lana, la única persona que no me veía con inferioridad en esta cuna de niños ricos y prodigios.
«Perdón por querer tener mi último año estudiantil en paz.»
La subdirectora murmura algo por lo bajo y vuelve a colocarse las gafas.
— Seguro estas cosas no pasan en Suecia —masculla, descolgando el teléfono en su escritorio—. Dime tu nombre, el nombre de tu compañero actual y con quién quieres moverte.
Mi sonrisa ahora sí fue auténtica.
— Mi nombre es Carrie Castellan, deseo mudarme con Lana Morgan; mi compañero actual se llama... —dudé, intentando rescatar su nombre de cualquier hueco en mi atiborrado cerebro— ¿Kevin?, ¿Kumar? —entre mi divagar, el auricular del teléfono se desliza un poco por la oreja de la directora— ¿Kyle?
— ¿Kaidan? —sugiere y yo chasqueo los dedos en señal de victoria. Ella asiente lentamente— Recuérdame por qué te quieres cambiar de lugar, Carrie.
Hago una mueca. Realmente no me gustaba acusar a otras personas.
Tomé un poco de aire y alcé mis dedos para empezar a enumerar.
«Haré un sacrificio hoy.»
— Pésimo compañero de equipo, egoísta, usa su móvil en clases, antipático, grosero, no aporta nada a mi crecimiento como ser humano...—enlisté de lo más cómoda, contando todo lo malo sobre mi compañero sin restricción.
Sin embargo, en el momento en que mi vista empezó a recorrer el estante de vidrio tras la subdirectora, inmediatamente sentí como una cuerda me apretó al cuello. A sus espaldas habían enmarcadas al menos cuatro fotografías donde se veía a la misma mujer frente a mis ojos en diferentes eventos junto al mismo chico del que estaba hablando ahora mismo.
«Diablos, ¿ese de ahí es el presidente?»
Los ojos de la subdirectora se clavan en mí mientras cuelga el teléfono y tuve que sonreír con nerviosismo, decidiendo cambiar el rumbo de mi discurso.
— Trabajador, carismático; e-en definitiva es un muy buen estudiante, no querría interponerme en sus estudios. ¿Mencioné que puede llamarse Kumar o Kyle? Es muy confuso porque-
— Ya basta, señorita Castellan —me corta, bajando la mirada a mi expediente—. Me he tomado la tarea de revisar su récord de notas en Saint Claire y debo decir que me ha sorprendido.
Le da vuelta a la hoja y me la muestra, haciendo que mis hombros se hundan.
— Me sorprende la poca exigencia que Saint Claire tiene con sus alumnos —agrega, dejando nuevamente mis notas junto a los demás papeles de mi inscripción—, creo que debemos agradecer al director por brindar oportunidades como la que usted obtuvo —golpeó los folios contra la superficie del escritorio antes de guardarlos y luego se puso en pie, señalándome la puerta—. Bienvenida a Green Woods, señorita Castellan.
***
Embarro con pegamento blanco mi trigésima mariposa y la pego con molestia contra la pizarra que Lana y yo decorábamos en el pasillo. ¡No logré ningún avance además de poner una lupa sobre mi existencia! ¿Hacía falta hacer alusión a mis notas? ¡Patearme fuera habría sido más humano de su parte!
Escucho la risa de mi compañera, divertida de mi segura expresión de odio propio y no evito el estrellar mi cabeza contra la misma pizarra.
— Todo salió fatal —me quejo.
— La subdirectora se lleva muy bien con Kaidan y los Collins en general—comenta Lana, continuando su tarea de pegar hojas en su periódico mural con temática de festival.
Frunzo el ceño.
— ¿No sería más fácil decirme a quién no le cae bien? Es como la moneda de oro del instituto.
Lana suelta una risa.
— Es un buen chico —repite—, como presidente del consejo de estudiantes ha hecho mucho por la comunidad estudiantil sin obtener nada a cambio. Además, sus padres hacen importantes donaciones al instituto— se encoje de hombros—. Más presupuesto es igual a mejores comidas, instalaciones y viajes escolares.
Suelto una risa sin gracia.
— Debiste empezar por decir que sus padres sobornan con dinero al director, eso explica todo lo demás.
Me separo de la pizarra con malestar.
— Te lo digo en serio —responde entretenida mi pelirroja amiga, colocando el sello del comité de fotografía en su colorida creación—, seguro el odio que le tienes es un malentendido.
— ¡Secuestró a nuestra mascota! —me quejo— ¿Cómo puede eso malentenderse?
Lana negó con diversión mientras yo hacía una mueca.
— No le odio —aclaro—, es solo que no me da buena espina.
— Eres muy desconfiada, seguro terminará cayéndote bien —sentencia, mostrándome la lengua.
Justo antes de que pudiera arrugar lo suficiente mi nariz, como si de un ritual satánico se tratase, hizo su manifestación lucifer.
Por el pasillo venía un grupo de estudiantes encabezado por mi compañero de banca, quien lucía nuevamente un pulcro traje a la medida con la insignia dorada del instituto en el pecho. El día de hoy su cabello estaba debidamente ordenado como ayer en el auditorio, lo que hacía que su piel pálida luciera más fría de lo normal.
Todas las personas que le seguían, que calculé alrededor de cinco, vestían igual de formal excepto por cierto rubio a quien reconocí como Alex. Él traía la corbata en la mano y su camisa por fuera como todo un chico problemático.
— Lana, asegúrate de saltarte clases solo si estás consciente de que no las necesitarás —soltó una voz masculina con tono neutro, sin llegar a ser descortés.
De inmediato mi compañera corrigió su postura y asintió sonrojada. Yo me abstuve de rodar los ojos al reconocer que seguramente había sido una clara indirecta; las notas de Lana eran buenas.
Kyle avanzó a paso firme, sin prestar atención a su lado y sin detenerse ni por un segundo hasta que, seguro por la incomodidad que mi mirada podía llegar a trasmitir, sus ojos azules se desviaron hacia mi persona.
Su mirada no tenía emoción alguna en mi honor, lo que era mucho mejor que recibir la que me lanzó ayer, pero justo cuando me disponía a voltear hacia otro lado vi como su expresión se retorció levemente, dando el indicio de una mueca antes de volver a mirar al frente.
Me quedé desconcertada ante la indignación y estaba a punto de mencionarlo a Lana hasta que otra mirada se posó sobre mí. Alexander me dio un vistazo con una sonrisa pero, para mi sorpresa, pronto se echó a reír.
Para ese momento estaba el doble de sorprendida; sin embargo, el rubio no se olvidó de tocarse su frente mientras me veía, indicando que revisase la mía.
Al llevar mis dedos al lugar, no tardé en recuperar de mi frente la palabra "payaso" que se había pegado a mi piel al chocar contra la sección del circo en el mural.
— Esto ya no es divertido —suelto, poniéndole más pegamento y devolviéndola a su sitio mientras los pasos se alejan por el pasillo.
Lana reprime una risa y palmea mi espalda.
— Es mejor que recibir clases de lengua, créeme.
Hasta entonces recordé que el motivo de estar aquí era porque, efectivamente, permitía que nos saltáramos la última clase.
Sacudí mis manos y señalé hacia donde se habían marchado el grupo de chicos.
— Él se saltó todas las clases de hoy, ¿ese es tu estudiante modelo?
Lana recoge su mochila del suelo mientras suelta una risa y engancha su brazo con el mío para dirigirnos a la salida.
— Él no las necesita, de todas formas —menciona, restándole importancia—. Además, por las caras de no haber dormido, seguro están organizando el festival. Es en unos días.
— ¿Festival de qué? —inquiero, entrecerrando lo ojos ante el naranja sol que ocultándose tras las montañas tupidas de pinos anunciaba ya el morir de la tarde.
Lana levanta su cámara, la que siempre llevaba colgando de su cuello, y saca una fotografía rápida del paisaje antes de responder.
— Es el festival de caridad. Lo hacemos todos los años para anunciar la primavera —indica—, todos los estudiantes hacemos colectas y organizamos proyectos para recaudar fondos para los más necesitados.
Asentí al comprender.
— ¿Dónde te apuntas?
— Se nos asignarán grupos en estos días, es muy probable que sea mañana.
— Yo hablaba de apuntarse para ser beneficiario —aclaro con una risa.
Las carcajadas de Lana, estoy casi segura, fueron las causantes de espantar a los clarineros del campus y no pude hacer nada más que unirme a ella, sin intenciones de hacerle saber que en realidad hablaba en serio. Mi padre seguía sin hacer el depósito y mi papeleo de ingreso aún no había sido aprobado.
«Debo pensar en conseguir otro trabajo.»
— ¡Nos vemos mañana! —grita Lana mientras me alejo, quedándose en la estación en que la recogería su madre.
Meneo mi mano y empiezo mi caminata a casa. No era broma que la cuota de Green Woods se salía de mi presupuesto así que, con renuencia, me había sometido a un periodo de reducción de gastos. Para lograr este objetivo, me había dispuesto a descubrir qué tan factible era caminar de regreso a casa. Si no había ninguna desventaja en hacerlo a diario podía implementarlo.
Pongo en mi móvil una lista de reproducción aleatoria y me coloco los audífonos para luego ajustar mi mochila en mi espalda. El camino a casa eran aproximadamente treinta minutos a pie, lo había comprobado ayer y no me emocionaba hoy.
Durante mi trayectoria vi tanto las farolas de las calles encenderse como las luces de los autos alumbrar mientras mis pensamientos daban tregua a mis problemas para concentrarse solamente en la melodía que llegaba a mis oídos. Cambiarse de escuela era una mierda, pero, para mí, no parecía tan mal comparado a mi anterior lugar de estudios.
Green Woods tendría que aceptarme tarde o temprano. Sí, la chica nada brillante y pobre ganó una beca en una rifa; supérenlo.
Mi mayor problema era el dinero.
Me distraigo nuevamente en el paisaje, viendo las hojas caer como recuerdos muertos de una niñez que me sabía a una vida totalmente ajena a mí. ¿Cuándo me convertí en esto? ¿Cuándo mi padre se volvió tan extraño para mí?
Seguí caminando con tranquilidad al reconocer las calles; sin embargo, a la distancia de unos metros que ya me dejaban ver mi pequeña casa al frente, una terrorífica corriente sacudió mi cuerpo debido a la mano que firmemente colocó el filo de un cuchillo justo sobre mis costillas. Sabía que era uno, jamás confundiría su gélido tacto.
La música enmudeció en ese instante, abrí mis labios para pedir ayuda pero un brazo rodeó mi cuello, enterrando más la fría hoja de metal en mi costado y contaminando mi mejilla con su aliento alcohólico.
— Buenas noches, bonita. ¿Has perdido el hábito de saludar a tus amigos?
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