— Buenas noches, bonita. ¿Ya no saludas a tus amigos?
Cuando la voz llegó a mis oídos reconocí amargamente a su emisor, pero no me atreví a moverme ni un poco, ni siquiera cuando soltó una carcajada y quitó el cuchillo de mi costado dejando solo su brazo sobre mis hombros.
— Oh, vamos, ¿te asusté? —suelta, sacudiéndome— Solo quise venir a saludar, estábamos pasando por aquí.
Al escuchar que habló en plural, mis ojos dieron con dos tipos más que miraban la escena apoyados contra las rejas del viejo parque.
Al notar que mi captor no tenía la intención de dejarme ir, intenté apartarle pero su agarre solo se intensificó mientras tiraba de mí en dirección a sus amigos.
«Dios, esto no me puede estar pasando.»
— Ven conmigo, no seas tímida.
— Debo regresar —solté, manteniendo la firmeza en mi voz. Lo conocía, solo era un imbécil pretencioso, pero aún así no podía bajar la guardia—. Suéltame.
Los ojos de ese chico, a quien recordaba de los salones del año superior al mío cuando estudiaba en Saint Claire, se llenaron ligeramente de malestar pero en ningún momento dejó de arrastrarme. Puse resistencia pero eso jamás los había detenido, mi ferocidad era para ellos un incentivo enfermizo.
Pero ni por eso planeaba dejar de morder.
— ¿Qué sucede? —inquiere con un falso tono amigable al ver la mueca de desagrado que seguramente tenía en la cara— ¿No te agrada verme?
Busqué con la mirada dar con alguien que transitara por esa calle para lograr salir de esta situación, pero las pocas personas que pasaron mientras yo era casi arrastrada solo se limitaron a echar una mirada curiosa y seguir su camino.
Cuando volví los ojos al frente ya estaba a un par de pasos de aquellas otras dos personas. El rostro de uno de ellos me resultaba tan familiar como el del bufón que me apresaba, pero del de su compañero no pude ver más que un par de ojos escalofriantes pues traía el resto de él cubierto por un pasamontañas.
Inconscientemente mi mirada bajó a su mano que jugueteaba con un viejo encendedor y logré identificar, a pesar de la nocturnidad, un tatuaje circular con forma de unas fauces caninas y una negra letra C dentro de ellas.
Cuando supe de qué se trataba, experimenté algo similar a cuando tuve el cuchillo clavado entre las costillas.
«Al parecer no solo son dos payasos. Debo salir de aquí.»
— ¡Miren a quién traje! —anunció el tipo que aún me sujetaba para luego voltear hacia mí—. ¿Te acuerdas de él? Seguro que sí.
Miré brevemente el rostro de quien me parecía un poco conocido y ante su mirada entretenida solo pude bajar los párpados y negar para acortar lo más posible esta reunión.
— ¡Cómo que no! —se rió, sacudiéndome nuevamente como si se tratara de una broma— ¡Estudiamos juntos! —al decir eso giró su rostro, dejándolo demasiado cerca como para provocarme comodidad— ¿A caso ahora que estás en Green Woods te has olvidado de nosotros, bonita?
Su cercanía solo incrementaba y estaba a punto de usar mi último recurso hasta que el misterioso hombre con ellos cambió el peso de su cuerpo hacia la otra pierna al suspirar.
— ¿No nos vas a presentar? —preguntó con una voz un poco gangosa.
Le miré y a pesar de no poder ver su expresión pude adivinar por sus ojos que tenía una sonrisa en la cara.
— ¡Oh, claro! —reaccionó la persona a mi lado— ¡Estudiamos juntos!
Al ver que su amigo no había hecho mucho como para dar una buena respuesta a aquel encapuchado, el otro tipo no tardó en interferir.
— ¿Recuerdas a Bradley? —inquirió al hombre del tatuaje, pero fue mi respiración la que se relentizó bajo su mirada— Salían.
— No —la respuesta salió de mi boca de inmediato y sin titubear.
Sin embargo, esas palabras no parecieron agradar al chico quien comenzó a avanzar hacia mí, logrando que el agarre de su amigo se aflojara un poco.
— ¿Dije una mentira?
Abrí mis labios para contestar hasta que una risa un poco baja nos hizo voltear hacia aquel encapuchado que se despegó de la reja con la mirada fija en mí.
— Así que es así —pronunció, como quien relame las palabras—. ¿Sabes quién te está buscando?
Cuando su mano se estiró en mi dirección supe que era ahora o nunca. Concentrando la mayor fuerza posible en mi brazo le solté al tipo a mi lado un golpe con el codo tan violento que le aturdió lo suficiente como para dejarme ir por completo.
«Soy hija de agentes policiales, es increíble que pensaran que no sé defensa personal.»
— ¡Atrápala! —gritó.
Había dado ya una serie de rápidos pasos para mi escape cuando sentí mi brazo retorcerse tras mi espalda y mi mejilla no tardó mucho en estrellarse contra la reja.
— ¿Por qué te pones tan agresiva? —soltó agitado y con una sonrisa mientras me resistía— ¿Ya no podemos hablar un momento como amigos?
Al parecer él había olvidado que ahora mismo actuaba por instinto, y a alguien instintivo no se le acorrala así.
Mis ojos notaron la cercanía de la mano que sujetaba mi rostro y sin piedad atrapé su dedo entre mis dientes, apretando hasta hacerle soltar una fuerte exclamación.
— ¡Perra!
No me detuve a corregirlo o a preguntar por qué uno de ellos solo se reía, sin unirse a la persecución, solo corrí sin mirar atrás por los pocos metros que quedaban hasta llegar a mi casa, ignorando incluso a mi vecina quien me llamó desde su puerta. Simplemente entré y cerré con llave tanto la entrada como las ventanas, sin perder tiempo para subir y hacer lo mismo con la segunda planta.
Cuando puse el seguro de la ventana de mi habitación y corrí las cortinas, al fin pude dedicarme a intentar regular mi respiración apoyada contra la pared.
Situaciones como esta no me afectarían normalmente, digamos que mis años en Saint Claire no habían sido más pacíficos que ahora, pero resulta que conozco ese tatuaje. No pertenecía a una sola persona sino a muchas, y todas formaban parte del motivo por el cual había tenido que mudarme.
— Todo está bien —murmuro, tranquilizándome—, solo fue una coincidencia.
Solté un gruñido de frustración y me eché en la cama junto a mi gato, intentando no pensar en esto, en asimilarlo como un encuentro casual que no pasaría a más. Eso estaba olvidado, mi pasado es solo eso: el pasado.
La noche transcurrió lentamente en Mount Lake arrastrando hacia mi lecho los sonidos de un lugar sumido en la corrupción y la decadencia, un lugar en donde el ronroneo de mi mascota lo fue todo para mí; fue un símbolo de esperanza para esperar por un mañana más tranquilo.
***
«¿Un mañana tranquilo en la vida de Carrie Castellan? ¡Já!»
Cuando el día se ajustaba a las 10 del reloj en la pared, decidí que era un buen momento para una reflexión. Estaba sentada con mi mochila a mis pies, una cartera un poco desgastada en las manos y tres personas a mi alrededor que me veían con emociones diferentes, pero ninguna buena.
Tomé un suspiro y me abofeteé mentalmente por enésima vez.
Nada más ayer estaba corriendo por mi vida y hoy solo tenía ganas de acabar con ella.
— Señorita —llama la voz del hombre frente a mí—, ¿escuchó lo que dije?
Alzo mis ojos plasmando en ellos una inocencia que pretendía conmoverlo, cosa que no sucedió.
«Por Dios, Carrie, ¿de verdad vale la pena intentar salvar tu miserable vida solo para meterte en estos problemas?»
— Tendrá que pagar todos los daños ocasionados si no desea entrar a una celda —advirtió el unifomado—, ¿podemos ponernos en contacto con algún familiar?
La idea de mi padre recibiendo una llamada de la policía para solicitar su presencia en la estación no fue nada linda. ¿La hija de un agente siendo arrestada? Jamás lo humillaría de esa forma, así que negué.
— Mis padres están de viaje —mentí, dándome por vencida—. Voy a pagar lo que haga falta.
El policía soltó un suspiro y como si considerara que este caso no ameritaba de la presencia de mi representante, me pasó la cuenta.
Es increíble como mi cerebro, no tan bueno para las matemáticas, realizó en una fracción de segundo la sumatoria y dió con su exorbitante resultado, haciéndome levantar de un brinco de la silla para encarar a mi demandante, quien por bajo de su inmutable expresión parecía estar extremamente entretenido, lo podía adivinar.
Fue hace una hora aproximadamente donde empezó mi calvario.
El desafortunado suceso se vió antecedido por una mezcla entre mi incontrolable paranoia luego del asalto de anoche y la presencia de un auto sospechoso que me había seguido desde mi casa. Si el auto en cuestión no se hubiese parado a mis espaldas y abierto las puertas, yo no hubiese echado a correr como una loca, mucho menos me hubiese detenido a armarme con una roca y esperar que apareciera para defenderme.
Sí, puedo parecer un poco salvaje, pero desde mi experiencia el mundo funciona de esa forma. Esa roca fue perfecta para suplantar mi frasco de gas pimienta agotado. Yo le atribuyo esta casualidad al cielo.
Pero bien, el epicentro de la catástrofe llegó cuando dislumbré el auto n***o, fue ahí cuando mi cuerpo actuó por instinto, uno más fuerte que cualquier razonamiento, e impulsé mi arma con tal fuerza que, para el momento en que noté que habían muchas diferencias entre ambos coches, no pude disminuir el impacto.
Estoy segura que mis uñas arañaron el objeto en un intento por detenerlo, pero una punzada de dolor en mi muñeca lo impidió y así dió contra el parabrisas tejiendo una telaraña de cristal.
— ¡Joder! —solté, llevándome las manos a la cara al escuchar el brusco derrape de neumáticos contra el asfalto.
Ese fue el primer golpe.
El tiempo se congeló, pasó casi una eternidad hasta que un silbato me hizo separar los dedos para poder ver que desde una calle abajo se aproximaba un policía.
— ¡¿Qué pasó aquí?! —exclama.
«Qué conveniente.»
Abrí mi boca para explicar lo sucedido hasta que en mi visión entró el verdadero auto que me había seguido.
Mis ojos parecían haberse salido de mis cuencas y no tardé en empezar a señalarlo.
— ¡Policía! ¡Ese coche me sigue!
El policía frunció su ceño, volteando hasta donde el auto se estacionó y del que pronto salió un hombre joven sosteniendo algo en su mano.
Pude haber sido arrollada ahí mismo y hubiese estado agradecida.
Resulta que aquel buen ciudadano -para nada un secuestrador- había visto caer mi cartera con mis documentos y me siguió para devolverla.
Ese fue el segundo golpe.
Bajo la mirada matadora del policía, la puerta del auto dañado se abrió y con el rostro entumecido por la vergüenza ví salir a un chico con una expresión para nada amigable al que se empezó a dirigir el agente para invitarle a levantar cargos.
Su identidad cerró el round con un knockout perfecto.
Y así acabé aquí, con una cuenta que amenzaba la permanecía de uno de mis riñones en mi cuerpo y mi compañero de banca viéndome desde arriba con los brazos cruzados.
Me puse de pie y le mostré estupefacta la cifra a Kyle, como si él no hubiese sido quien sugirió el precio por la reparación del parabrisas de su costoso coche de alta gama.
— ¡¿Qué planeas hacer con esto?! —inquiero, batiendo el trozo de papel— ¡¿Montar un casino?!
Sus ojos se tornaron aburridos y chequeó el reloj en su muñeca.
— Debo irme —avisa, ordenando los puños de camisa antes de dar la vuelta—, en la parte de abajo está el número de cuenta bancaria.
— ¡Oye! —llamo, empezando a seguirle con una mezcla de molestia y preocupación— ¿Escuchaste cuando dije que no fue intencional?
— Sí.
— ¿Y eso no conmueve tu corazón humano? —persuado.
— No.
Me detuve con la mandíbula desencajada ante la desvergüenza mostrada por ese ser vivo, pero rápidamente volví a seguirle de cerca hasta la salída de la estación de policía.
— Oye, ¿parezco alguien que guarda esa cantidad de dinero bajo su cama? —suelto, viéndole entrar a su auto.
Suelta un suspiro al colocar las manos en el volante y me lanza una mirada.
— ¿Y qué sugieres que haga? —pregunta— ¿Que perdone tu deuda o que te cobre de otra forma?
Hice una mueca, pateando una piedrecilla con mi zapato antes de mirarle avergonzada.
— Que me cobres de otra forma —admito, pero al ver como una de sus cejas se alzó me asaltó un golpe de sangre e indignación.
— Lo siento, no eres mi tipo.
Me apresuré a cubrirme de forma dramática con el blazer mi ya bien cubierto pecho.
— ¡Me refiero a que me cobres en cuotas bajas!
La exaltación había sido tal que me hizo olvidar por completo mi mano lastimada, fue el dolor agudo de mi muñeca el que me hizo volver a la realidad acompañada de un quejido. No había tenido tiempo de evaluar la gravedad del golpe, ni siquiera sabía que estaba ahí esta mañana pero sospechaba que se debía a lo ocurrido ayer por la noche.
Cuando subí la mirada ví que los ojos de mi compañero se habían colocado justo sobre mi mano lesionada, pero rápidamente volvió hacia el frente mientras encendía el motor.
Entonces, echando un vistazo a la calle que debía caminar y tras calcular la hora, una idea no tan agradable pero sí necesaria vino a mi mente.
— Disculpa —llamé, sin poder evitar sentirme patética—, ¿Te importaría...?
— No. Camina por tu cuenta.
Mis dientes rechinaron ante la fuerza de mi mandíbula.
— ¡Estamos en la misma clase! ¿No tendrás ni un poco de consideración? —me quejé.
— No.
— ¡Pero tenemos un pichón juntos! —exclamé, haciendo que un agente saliera al oír el alboroto.
Los ojos de Kyle fueron del policía hacia mí, que le miraba con un semblante lastimero, y por la expresión de cansancio que evidencié supe que no haría falta caminar hasta Green Woods.
***
— Bájate.
La orden hizo que desprendiera mis fijos ojos del espantoso golpe en el vidrio para mirar al aparentemente fastidiado conductor y luego hacia el frente, dándome cuenta que una cuadra adelante se podían ver las rejas de Green Woods.
Le miré con los ojos entrecerrados. Sabía que esto era un claro "no quiero que nos vean juntos", así que, tomando mis cosas con dignidad y luego de batallar con la puerta, salí del auto. Sin embargo, habiendo dado un solo paso recordé algo que me hizo regresar para colocar en el salpicadero todo mi capital.
Su rostro mostró confusión al ver los billetes arrugados y yo carraspeé.
— Te pagaré en cuotas —recordé.
— ¿Planeas pagarme durante los próximos cincuenta años? —soltó, sosteniendo los dos billetes de cinco dólares.
Me encogí de hombros.
— Es lo que tengo —los devolvió al lugar donde los había dejado anteriormente y cuando ví que se preparaba para marcharse recordé algo más—. ¡Oye! recuerda que debemos coordinarnos para cuidar el ave, estaba pensando en que...
Ni siquiera había terminado cuando la ventanilla del auto se cerró por completo y avanzó, dejándome estupefacta por segunda vez en el día.
— ¡¿Eres una bestia irrazonable?! —grité con ira viéndole alejarse.
Lo odiaba, ahora sí. En este momento de lo único que me arrepentía era de no haber tenido una roca más grande en la mano, una que hubiese traspasado el vidrio y hubiese dado justo en su cara con esa jodida expresión de indiferencia que llevaba plasmada a diario.
No entendía cómo las personas a su alrededor no notaban lo maleducado y desgardable que era, ¡¿necesitaban un cartel para notarlo?!
— Chico perfecto mis ovarios —mascullé, caminando con molestos pisotones que hacían que las personas que pasaban a mi lado voltearan—. ¿Cómo es que parece ser un perro malhumorado solamente cuando yo estoy?
Las maldiciones y reclamos a nadie en particular fueron mi soundtrack de camino a Green Woods, lugar al que entré sin ningún problema pero sí un poco molesta y confundida.
Desde un primer momento mi intención no fue entablar un amistad con él, sabía por su ropa y apariencia que pertenecíamos a dos mundos completamente diferentes, pero tampoco esperaba que las cosas fueran así de mal. Es decir, intenté ser amable en un principio, entonces, ¿por qué parece que insulté a veinte generaciones de sus ancestros?
Solté un suspiro, negándome a seguir rebanándome los sesos por ese complejo ser humano; mi preocupación debía ser el dinero que tendría que pagarle.
— Bueno, ahora sí tiene motivos para odiarme —concluí con tranquilidad.
Continué caminando bajo los frondosos árboles que cubrían el amplio estacionamiento repleto de autos brillantes y lujosos hasta que, ameritando un buen rodar de ojos, ví entre las personas nuevamente al ilustre presidente del consejo de estudiantes.
Habían dos personas conversando con él, uno de ellos era Ryder, el crush de Lana, y el otro era Alexander, su rubio amigo al que encontré mirándome muy detenidamente. En ese momento fui consciente de que los ojos de ese pequeño chico eran tan singulares que si te encontraras en una multitud y él te lanzara un vistazo, darías con ellos.
Pasé a su lado a una considerable distancia y sus ojos no se desprendieron de mí. Sin embargo, cuando vió que yo tampoco dejaba de observarlo, sonrió y sacudió una mano en mi dirección atrayendo la atención del chico que hablaba que con Kyle, más no de este último, quien ignoró por completo la situación. Respondí al saludo por cortesía y continué mi camino hacia el aula.
Solamente esperaba que no estuviese contándole a sus amigos cómo fue que le asalté y rompí su parabrisas. Ese bocazas.
A medida que me acercaba al aula pude notar que la mayoría ya estaba abandonándola, incluida una inquieta Lana que era prácticamente arrastrada por un chico.
Sus ojos me miraron y de inmediato sonrió, estirando un brazo en mi dirección.
— ¡Carrie! —lloriqueó, sin poder detener sus pasos— ¡Te dije que repartirían las parejas para el festival de caridad! ¡¿Dónde te metiste?!
La miré sin comprender.
— Solo se me hizo tarde, tuve un inconveniente en el camino —respondí—. ¿Entonces no estamos juntas?
Luchó por liberarse del agarre en su brazo pero no lo logró, solo tiñó su rostro pecoso de un tono coral y sus comisuras temblaron en un puchero al señalar a la maestra, quien veía la escena de brazos cruzados desde la puerta.
— ¡Esa dictadora se negó y me emparejó con este chimpancé! —exclamó.
— Lana, es por caridad, no recreación —suelta la maestra, luego deshace el cruce de sus brazos para indicarme que me acerque— Tú no estuviste en mi clase, ¿no es así?
En ese momento le lancé una última mirada lastimera a Lana antes de avanzar y negar.
— Tuve un problema mientras intentaba llegar, lo lamento.
— Que no se repita o tendrás que trabajar por créditos al final del semestre —advierte, tomando de su escritorio una tablet en que se veía un listado—. Vas a trabajar con...
— Lamento la demora —pronunció una voz masculina cuyo dueño paso a mi lado casi tirando mi mochila.
Miré desde la puerta a Kyle con desagrado y un poco de sorpresa, sobre todo porque de aquel tipo indiferente no quedaba nada más que un rostro que ahora sonreía con amabilidad.
— Estaba a punto de llamar a la policía y reportar a mi mejor alumno —bromeó la maestra.
— Seguramente me hubiese encontrado ahí —respondió aquel, ganándose un golpe juguetón en el brazo.
Justo cuando la atmósfera se había vuelto tan ajena a mi insignificante presencia y pretendía marcharme sigilosa, la maestra recordó el pequeño individuo que esperaba en la puerta sin emoción alguna.
— Le decía a Carrie que hoy formamos las parejas para el festival de caridad —informa, checando nuevamente su lista virtual—. Ya que justo ustedes dos no estuvieron en mi clase, han sido emparejados por default, ¿les parece bien?
Cuando la noticia llegó a mis oídos fue como un balde de agua fría que casi me hace tiritar. Miré a la otra persona involucrada esperando una reacción similar pero quedé descolocada al ver que seguía sonriendo, sin mostrar ni la más mínima señal de desacuerdo.
— Claro, será divertido —responde, metiendo sus manos en los bolsillos de su pantalón y apoyándose en una mesa—. Es nueva así que me encargaré de ponerla al tanto de todo lo necesario.
«¿Qué?»
— ¡Oh, eso es fantástico! —exclama ella— En ese caso, lo dejo en tus manos, espero que traigan una linda propuesta para el festival.
— Sin duda —asegura aquel espécimen completamente desconocido—. Intentaremos hacerlo lo menor posible, ¿no es así?
Solamente pude mirarle como si me hablara en otra lengua y asentir lentamente.
«¡¿QUÉ?!»
— Cielos, se me hace tarde —nota la maestra, empezando a recoger sus cosas—. Entonces los dejo para que se organicen, nos vemos luego.
Se despide tanto de él como de mí y entonces ví algo extraordinario. Justo cuando ella cruzó la puerta y salió, al señor sonrisas se le borró la alegría y su expresión se tornó en una más cercana a la amargura y descontento.
En mi mente me puse de pie y aplaudí con lágrimas en los ojos el nivel de su actuación. ¡Este sí es el ser que yo conozco!
Si había algo por encima de las cosas que odio, son las cosas que amo, y me acabo de descubrir amando fastidiar a personas como él.
La sonrisa que se le borró no tardó en dibujarse en mi cara.
Se pone en pie rodeado de un aura de negatividad y ni siquiera se detuvo un poco al dirigirse a mí.
— Acordaremos el lugar y la hora por mail —informa.
Asentí con efusión sin dejar de sonreír.
No me gustaba la idea de trabajar con él, pero me gustaba la idea de que a él no le gustara la idea de trabajar conmigo.
— ¡Nos vemos, presidente Kyle! —solté, batiendo mi mano y conteniendo la risa.
Pero entonces se detuvo y los pelos se me pusieron de punta. Antes de que pudiera buscar refugio habló.
— ¿Quién demonios es Kyle?
No comprendí su pregunta.
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