¿A qué le temes?

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Mi móvil vibró en mi bolsillo y a regañadientes alejé mis ojos del enorme rótulo de neón para mirar mi nuevo mensaje, cubriendo mi aparato de la lluvia lo mejor posible con mi mochila. Número desconocido: ¿Te gusta estar ahí de pie? Habitación treinta y dos. Volví a levantar la mirada hacia el letrero y decidí que ya me había humillado lo suficiente como para seguirlo haciéndolo de pie ante ese lugar, así que avancé hasta llegar al mostrador en donde me recibió una chica de aspecto gótico cuyos ojos decían que tenía cosas más importantes que hacer. — ¿Te interesa alguna en particular? —pregunta, señalándome el catálogo de sus habitaciones temáticas que iban desde "Cabalgando hasta el ocaso" a "Perforando la vía láctea" Me quedé enmudecida unos segundos hasta que sacudí mi cabeza en un intento por disimular la vergüenza. — No, estoy buscando a alguien que está en la habitación treinta y dos —explico—, vamos a estudiar. Alza una de sus cejas oscuras, mirándome con incredulidad por un momento, y luego suspira mientras marca un número desde su teléfono. — Sí, claro. Niego, dispuesta a aclarar cualquier malentendido pero de repente cuelga y me señala las gradas. — Ya puedes pasar, te esperan —indica, pasándome un dulce del mostrador. Me di por vencida en intentar explicar las cosas, solamente hice una expresión complicada al darme cuenta que me había tendido un condón y luego subí intentando mojar lo menos posible en mi trayectoria en busca de Kyle. Hice mi mejor esfuerzo por ignorar los sonidos que inevitablemente se escapaban entre los marcos de las puertas pero podría asegurar que en algún momento del camino mis mejillas empezaron a tomar color, algo muy particular teniendo en cuenta que temblaba por el frío que mi ropa mojada y el aire acondicionado del lugar provocaba. Este motel no era para nada cómodo, su pasillo era muy estrecho y la pintura de las paredes se agrietaba y caía a pedazos sobre la losa manchada de colores amarillentos que el trapeador remojado en ambientador barato no había podido arrancar. Cada uno de esos detalles me hizo pensar, ¿qué hace aquí alguien tan pulcro y adinerado como Kyle? Parece alguien que puede costear algo mejor. «Que el señor se apiade de su pareja.» Cuando llegué frente a la puerta indicada me cercioré bien de haber guardado el preservativo en mi sostén antes de levantar el puño para golpear, cosa que no llegué a hacer puesto que la puerta se abrió de inmediato. — Entra. Por su tono de voz supe que era mi compañero de banca, no pude comprobarlo con mis ojos pues estos se habían cerrado de inmediato al notar que no traía nada más que una toalla enrollada en la cintura. — ¿Podrías ponerte ropa? —pido, apartando el rostro— ¿Desde cuándo el mundo perdió la decencia? — ¿Qué? —se burla— ¿Estamos en un motel y te escandalizas por un poco de piel? Ahí sí que me obligué a verle solo para grabarme su expresión mientras le señalé con advertencia, pero ninguna palabra salió de forma coherente. Por alguna razón se sentía diferente, como si no estuviera frente a la persona que, aunque muy poco, conocía. Pero no tuve tiempo para pensarlo mejor. De manera repentina y sin ningún motivo aparente fui interrumpida por la fuerza de su brazo metiéndome a la habitación de una vez por todas. — ¡¿Qué...?! —logré pronunciar. La rapidez del gesto había sido tal que mi titilante cuerpo perdió por un momento el equilibrio obligándome a sujetarme de lo que fuera para conseguir estabilidad, cosa que logré pero a un alto precio. Le sentí tensarse, lo supe de primera mano pues justamente mis palmas se habían puesto sobre su cuerpo. No sabía cómo reaccionar, lo mejor que pude hacer fue palparlo un par de veces para comprobar que era cierto. En efecto, le acababa de manosear de manera muy descarada. Subí lentamente mi mirada a su rostro y me abofeteó la peor de mis vergüenzas al notar que también me estaba viendo. Su rostro se inclinó un poco sobre el mío y hasta entonces pude notar que sobre el puente de su nariz y bajo sus ojos se marcaba un rastro de casi invisibles lunares, tan diminutos que era fácil creer que eran producto de la imaginación. — ¿Planeas dejar de tocarme en algún momento? —susurró, delatando un leve aroma a alcohol en su aliento. En ese momento tuve mi salida, fui como un ratón que había logrado morder a la serpiente por la cabeza. Estaba ebrio y, para su desgracia y la mía, yo conocía muy bien a los ebrios y hace mucho que les había perdido el respeto. Sonreí. — Mejor dile a tu cuerpo que se quite de mi mano, ¿no? —molesté. Noté como una de sus cejas se crispó, esa fue la única señal que tuve de que había oído mis palabras ya que su expresión no cambió ni un poco. — Lo haría, pero está muy ocupado desenrollando la toalla. Ese fue el fin de mi estúpido acto de valentía, en menos de un segundo mis manos se habían quitado de su cuerpo para pasar a cubrir mis propios ojos. Sentía escalofríos de solo imaginarle, ¡repelús! — Siéntate, voy a cambiarme —le oí avisar tras bufar de forma burlona, pero solo bajé la guardia al oír la puerta del baño cerrarse. Abrí con precaución los dedos de mis manos y entre ellos comprobé que estaba a salvo, al menos por un par de minutos. Solté un suspiro y caminé poco a poco hacia la cama, el único lugar donde podía sentarme aparte de aquel sofá con curvatura extraña posado en un extremo. «No se ve cómodo.» El mundo de los moteles era algo aún desconocido para mí así que no pude evitar el curiosear. ¿Qué hacía Kyle aquí, de todos modos? No había elegido este lugar por casualidad o con afán de fastidiar, lo había decidido porque ya estaba aquí, la mochila colgada y el uniforme perfectamente acomodado en el perchero lo delataba. ¿Qué hace aquí? Pensé nuevamente, pero de inmediato me di un golpe en la frente. — ¿Qué más va a estar haciendo en un motel, Carrie? —me pregunté con obviedad. Era muy simple y perfectamente normal, pero eso no hizo que viera con menos desagrado hacia la cama. Se veía limpia y ordenada pero no me daba confianza ahora. Bufé. — Es solo una cama —me dije, contrarrestando mis pensamientos impropios y colocando mi mochila sobre ella. Estaba realmente empapada y deseando poder retroceder el tiempo y haberme cambiado el uniforme en la cafetería, la tela del vestido era demasiado incómoda y por más que fingiera que no, sabía que estaba transparentando mi ropa interior. — Demonios. Miré con ansiedad hacia la puerta del baño, sabía que si me lo proponía podía colocarme mi camiseta y mi pantalón deportivo en menos de un minuto, solo necesitaba un golpe de optimismo y lo recibí tras no escuchar ningún ruido del otro lado. Ahí empezó mi carrera. Me saqué el vestido con tal rapidez que rompí más de un botón el proceso pero no me permití el detenerme, estaba determinada a lograrlo. Los zapatos y mis mallas volaron por la habitación, ya no había vuelta a atrás, estaba con escasa ropa interior para cuando me tiré a por mi ropa seca; abrí el cierre ágilmente y metí la mano hasta que me paralicé. «¿Dónde está mi ropa?» Bajé la mirada a mi mochila y rebusqué entre las prendas que ahí había, no logrando encontrar nada más que mi gorro y mis calcetas. Mi ceño se frunció sintiendo mi corazón latir con fuerza y volví a buscar, como si mi ropa no fuera lo suficientemente grande como para haber dado con ella en mi primera búsqueda. — Estoy segura de que estaban adentro —murmuré, abriendo a toda prisa las bolsas más pequeñas de mi mochila—. No pude haberlas sacado, me habría dado cuenta. Estaba dándole vuelta a todas mis pertenencias en el colchón cuando, como si no tuviera suficiente con ser víctima de un robo, la puerta del baño se abrió de repente. Mis ojos se abrieron con exageración y solté un grito que hizo a Kyle hacer una mueca. De inmediato, aproveché que sus ojos se cerraron con disgusto y arranqué la manta de la cama para envolverme en ella, importándome poco el detalle de mis cosas cayendo al suelo. Mi compañero sacudió la cabeza por la conmoción y finalmente me miró, algo que detuvo la segura maldición que iba a lanzarme. — Creí haber dejado claro que no iba a cobrarte de esta forma —pronunció, cerrando la puerta tras de sí ahora que vestía un oscuro jersey oversize de punto y un jeans. Mi mandíbula tembló tanto por la humillación a la que personalmente me había sometido y también ante la posibilidad de haber perdido mi camisa favorita. — No lo haría ni aunque me obsequiaras el jodido auto —gruñí. Se le escapó una risa burlona mientras tomaba la botella de agua que había dejado sobre la mesa. — Tu sostén de la tercera edad no me motiva a hacerlo —señala con la mano en que sostenía la tapa. Mi vista baja de inmediato y noto que he descuidado una abertura que permite ver claramente mi ropa interior, lo que hizo mi rostro arder en rojo y empezar a buscar mi vestido. — Solo quería cambiar mi ropa mojada, ¡da la vuelta! —exijo, habiendo recuperado mi uniforme— ¡Gírate! Sus ojos se ruedan con cansancio y se da la vuelta con notable fastidio. Me apresuro a despojarme de la manta y me coloco el incómodo vestido mojado con una mueca. Si ya de por sí la prenda se sentía sumamente desagradable antes de quitármela, ahora era mil veces peor; mi cuerpo ya estaba entrando en calor y secándose, el que lo haya cubierto de nuevo con ese húmedo y frío harapo no le hizo nada bien. Me lo ajusté de la mejor forma posible, temblando de tal forma que mis dedos cerrando mis botones eran torpes, pero hasta ese movimiento involuntario se detuvo al ver el resultado de mis prisas hace un momento. «¡Arranqué los estúpidos botones!» Mis cejas se juntaron con pavor ante la imagen de mi pecho expuesto pero no fue tan horroroso como el ver al chico que tenía enfrente darse la vuelta. — ¡Girate! —repetí, pero poco le importó esta vez. Me dio un descarado vistazo y anduvo como si nada hacia la cama, en cuyo borde se sentó. — Ya te he dado suficiente tiempo, incluso del que carezco. Ahora siéntate de una vez por todas y acordemos el proyecto para que puedas irte. Le miré con rencor, sin bajar las manos que mantenían las solapas del vestido juntas, y tuve que resignarme. Me pasé la misma manta sobre los hombros y tomé asiento en el otro extremo de la cama. A decir verdad, estaba muy arrepentida de haber venido, pero me recordé que esto era necesario si quería hacer un verdadero cambio en mi vida. El que mi compañero me haya permitido participar ya era un avance significativo, hace un año ni siquiera habría corrido con la misma suerte. Suspiré y miré sin ninguna emoción en particular al tipo que se había dejado caer hacia atrás sobre el colchón con una expresión aburrida. — Muy bien —empecé—, ¿qué propones? *** Me desinflé como un globo y taché "carrito de salchichas" de la lista al recibir una mirada negativa de parte de mi compañero. «¿A quién no le gustarían las salchichas?» — Que sepas que hacer juegos con sustancias químicas tampoco es la idea del año —solté con malhumor. Se encoge de hombros, comprobando por enésima vez su reloj. Algo me decía que solo me estaba haciendo perder el tiempo y que la única razón por la que estuvo de acuerdo en reunirse conmigo fue por el simple hecho de hacer que dejara de molestarle. Mis ojos se entrecerraron. «No sabes todavía lo molesta que puedo ser.» — ¿Sabes? Creo que es mejor optar por cocinar personalmente algo —propuse, ignorando que sus cejas empezaron a fruncirse en desacuerdo—. Hornearemos pastelillos. — Me niego. — No era una pregunta —suelto, garabateando mi propuesta no abierta a discusión en el papel. Cuando vi que sus ojos incrédulos se habían puesto en mí, le devolví la mirada y sonreí—; aunque claro, te dejaré elegir el sabor. Para ser sincera, no me gustaba la idea a pesar de haberla propuesto yo, pero como ya venía diciendo: "es el hecho de que no le guste lo que me gusta". — No vamos a hornear nada —declaró tranquilamente, devolviendo la mirada a su reloj. — Dije que no era una pregunta. — Y yo creo haber dicho que no hornearemos nada. Sus ojos se pusieron en mí de forma natural, como si nada, pero por dentro evidencié una pizca de algo que me recordó inevitablemente a la misma mirada que tuvo ese día en el pasillo. No negaré que por un momento tuve la intención de desistir y hacer lo que él quería, no perdía nada de todas formas, pero cuando bajé los ojos hacia los apuntes dispuesta a tachar mi idea me di cuenta de que todo lo que yo había propuesto se había tachado, como si mi opinión no valiera más que esas líneas horizontales censurando mi participación. La punta del bolígrafo permaneció al lado de aquellas letras por un segundo y finalmente pasé una línea, pero esta vez la línea fue para subrayarla. — Hornearemos pastelillos —concluí, decisión que volvió su expresión aún más grave pero ante la que me aseguré de mostrar autoridad—. Y no, no está a discusión. Puedes ir a solicitar un cambio de equipo a la vicerrectoría si no te parece —solté, empezando enumerar los posibles ingredientes—, solo asegúrate de que la sub-directora no tenga fotos mías enmarcadas. Si esto hubiese sido una comedia romántica, habría subido la mirada y me habría dado cuenta de que él ahora me miraba con admiración, quizá una pequeña sonrisa que demostrara que mi rebeldía le había sorprendido en buena manera; pero eso no sucede en Mount Lake y mucho menos a alguien como yo. Sus ojos fueron asesinos, toda su expresión decía que estaba a punto de torcerme el cuello y eso, inevitablemente, me hizo pasar saliva. Jamás le había visto de esa forma. «Este tipo es la definición perfecta de que las caras bonitas ocultan los peores trastornos.» — Kyle, ¿c-conoces la constitución? —tartamudeé. Sus ojos no titubearon, vi en ese chico la peor de las personalidades y justo cuando mi intención era dar un brinco y huir de esa habitación, su móvil sonó interrumpiendo ese preámbulo a mi muerte. Su atención se desvío al aparato y tras leer su nuevo mensaje soltó un suspiro y se incorporó mostrando su habitual desinterés, poniendo en duda lo que había visto antes. — Como quieras, solo envíame una lista de los materiales. Con incredulidad le miré levantarse e ir a la ventana al lado de la cama, analizando con ojo crítico el exterior que dejó al descubierto tras mover ligeramente la cortina. Supuse que se trataba de algo importante así que me di por despedida. «Pudo haber sido peor, supongo.» Empecé a guardar mis cosas hasta que descubrí que varias de ellas habían caído al piso hace un momento, por lo que, de muy mala gana, tuve que agacharme para recogerlas; sin embargo, a punto de terminar mi labor me di cuenta de que había un objeto en particular que no recordaba que fuera mío. Se trataba de una tarjeta rectangular de color ónix, por uno de sus lados había un lirio rojo y por el otro se habían grabado unas palabras en color carmesí: Cuidad del Pecado "A". La estudié por un momento hasta que al final terminé por meterla en la bolsa de mi mochila. Hubiera pensado que se trataba de algo sin sentido, un club nocturno quizá, pero aunque mi memoria no era muy sobresaliente pude recordar vagamente haber leído ese nombre en otro lado y, aunque era muy probable que no fuera nada, no podía ignorar mis presentimientos. Me levanté ocultando cualquier rastro en mi expresión que pudiera incriminarme y tomé asiento en el borde de la cama antes de empezar a buscar una manera de solucionar mi problema de botones rotos. — No puedes faltar mañana por nada del mundo —avisé por pura distracción mientras batallaba—, no sé cuál es la dinámica de estos proyectos así que agradecería tu instrucción. No dijo nada. Chasqueé la lengua al darme por vencida con el vestido y decidí soltarme el cabello para ocultarlo. — Al menos consigue uno de mi talla —pronunció de repente. Le miré sin comprender y pronto caí en cuenta de que se refería el condón que aún traía en el sostén, un sostén que no se supone que debería estar mirando. — ¿Me estabas mirando las tetas? —solté consternada. Sus ojos fueron pasivos. Alzó la botella de agua y le dio un trago antes de volver a bajar descaradamente la mirada. — ¿Qué hay para mirar? Ahora sí que sentí que podría ser yo quien acabara con su vida en este momento. Mi mano se cerró con rabia en la cincha de mi mochila, dispuesta a arrojársela a ese inmutable rostro, hasta que un par de ruidosas sirenas rompieron entre el crepitar de la lluvia. Mis ojos volaron hacia la ventana experimentando una repentina tensión al notar que parecían ser más de dos patrullas, algo que nunca significaba nada bueno. Quise pararme para evaluar mejor la situación pero una voz me detuvo. — ¿Te da miedo la policía? —pregunta. Mi mirada se movió hacia su rostro cuyo elegante perfil de un momento a otro se coloreó con luces intermitentes rojas y azules, mismas que matizaron una tranquilidad que me resultó inquietante. Algo me decía que su indiferencia no era la peor de sus facetas, que esa piel podría ser la falsa cubierta de algo más alarmante. — Le temo a lo que persiguen —declaré. Kyle se limitó a sonreír con una curiosa amabilidad antes de volver a llevarse la botella a los labios.
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