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La bailarina del CEO

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Lexie es una bailarina de ballet que ha conseguido alcanzar uno de sus más grandes sueños: ser parte del ballet Real, en Londres, ciudad en la que conocerá a un hombre que cambiará para siempre su destino: Adrien Butler, atractivo, seguro de sí mismo, romántico y millonario que esconde detrás de su sonrisa más de un secreto.

¿Podrá Lexie vencer sus miedos y darse una oportunidad en el amor o las heridas del pasado tan profundas que jamás lo conseguirá?

Una secuela de Cruel y Divino Amor

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Capítulo 1
Capítulo 1 Covent Garden, Londres 2 años Después Doy varios giros en el escenario, ejecutando un perfecto Fouetté en Tournant[1] y finalizo con un fondu,[2] con el brazo derecho extendido al aire y el mentón elevado, mirando hacia los ojos negros, severos e intensos de Damián, mi maestro de ballet. Llevo varias horas ensayando para la presentación de invierno del Royal Opera House de Covent Garden. —Eso estuvo mucho mejor, pero tiene que ser perfecto —expresa con expresión seria. Viniendo de él, es un gran halago, es uno de los mejores del mundo y también el más severo de todos. Asiento y me voy a los vestidores para cambiarme de ropa. Soy bailarina de la compañía de Ballet Real en Londres desde hace casi dos años y me he esforzado mucho para obtener el papel principal de la obra. Debería estar muy feliz, ha sido mi sueño desde que era una niña, pero sigo sintiéndome como un fracaso. Lo que sucedió en Miami hace dos años aún me lastima y me impide ser feliz. —Lo disfrutas, ¿verdad? —pregunta Thifany, una de mis compañeras de baile. Es una bailarina muy talentosa y, además, una mujer hermosa, pero es una envidiosa de lo peor, me detesta desde me conoció. —¿De qué hablas? —murmuro mientras me meto en unos pantalones de tubo en tono turquesa. —Convertirte en la nueva consentida de Damián —responde mientras se coloca brillo labial en su boca venenosa. —No me hagas reír, Thifany. Él no tiene favoritas —replico girando los ojos. —O eres muy ingenua o solo finges serlo —pronuncia con desprecio y luego se va después de destilar su veneno. Pero me da igual lo que diga, no me importa en lo más mínimo lo que piense. Me pongo un jersey blanco, luego mis botas de invierno marrones, y salgo de los vestidores. El invierno está en pleno apogeo y tomé mis previsiones con una chaqueta de cuero corte imperio, es de mis favoritas. Cierro la cremallera, me pongo unos guantes a juego y salgo del estudio de ballet, ubicado en Floral Street, a tres cuadras del pequeño loft que alquilé, y muy cerca del teatro donde será la presentación. —¡Lexie, espera! —grita Paul desde la entrada, mi pareja de baile en Romeo y Julieta. Lo espero en la acera y él se acerca trotando hasta mí. Paul ha sido muy amable conmigo desde que llegué, es uno de los mejores bailarines con quien he compartido escenario y parece un buen hombre, pero no puedo verlo como algo más que un compañero de baile. No me he sentido atraída por nadie de esa manera en mucho tiempo, no puedo ni imaginarlo. —Sé que estás concentrada en los ensayos, pero me preguntaba si quisieras ir conmigo mañana al cumpleaños de Itzel, será algo íntimo, no más de diez personas —me invita, sin importar las veces que le he dicho que no. ¿Cuándo va a dejar de insistir? Hay otras bailarinas en la compañía que estaría encantadas de salir con él. Es atractivo, talentoso, gentil y educado. Si no estuviera dañada, diría que sí sin pensarlo dos veces. —Yo, he… tengo planes para esa noche. Pero gracias por invitarme —respondo nerviosa, esto siempre me pone incómoda. —Está bien —murmura él sin ocultar su desilusión. Espero que desista de querer salir conmigo y se fije en alguien más. Apenas Paul se aleja, verifico que mi arma de defensa personal esté en el bolsillo externo de mi chaqueta y comienzo mi camino hacia mi apartamento, aunque haré una parada antes. Soy una adicta confesa al café de Starbucks y que haya uno a una cuadra de mi edificio ha empeorado mi adicción. En las mañanas lo tomo oscuro para espabilar y en las noches me compro un mocaccino con crema. Entro al establecimiento y me ubico en la fila para pedir. Hay al menos cinco personas delante de mí, mucho menos que en las mañanas. —Vale la pena la espera. —pronuncia una voz masculina detrás de mí, tratando de ponerme conversación, pero no hablo con extraños. Cuando llega mi turno, pronuncio mi nombre bajito para que el entrometido no escuche, pero el cajero me nombra mientras lo escribe en el vaso y él descocido detrás de mí no pierde oportunidad de volver a hablarme. —Lexie, lindo nombre. Me gusta. —No sea impertinente, señor —le riño enfrentándolo, y me consigo con un hombre alto, apuesto, con rasgos varoniles muy marcados y los ojos azules más hermosos que vi alguna vez. —Disculpe, no quería molestarla —pronuncia mirándome con extraña intensidad, como si deseara conocer mis pensamientos, y no puedo evitar pensar que es alguien peligroso de quien debo protegerme—. Señorita, está dejando su café —enuncia el desconocido cuando estoy por cruzar la puerta. Pero no me detengo, no importa el café, todo lo que quiero es volver a mi apartamento, donde me siento segura. Salgo y camino a toda prisa hasta la entrada de mi edificio. Las manos me tiemblan mientras busco el juego de llaves en mi bolso, estoy tan nerviosa que me toma más de lo normal. Un momento después, un auto n***o se detiene a dos metros de mí, de donde se baja el hombre desconocido y camina hacia mí. —Perdóname, Lexie. No quería asustarte, soy… —No espero a que termine de hablar para girarme y rociarle la cara con gas pimienta. El sujeto grita y se lleva las manos a los ojos, dándome la ventaja que esperaba para poder entrar y ponerme a salvo. Una vez que cruzo la puerta, cierro y subo por las escaleras en largas zancadas y me encierro en mi apartamento con el corazón desbocado y el miedo corriendo por mis venas como un río bravo. Cierro los ojos veo la cara de ese hombre tan guapo como inquietante. Grabé su rostro en mi memoria como una fotografía. Juré jamás olvidar un rostro, es vital para identificar a un agresor. En ese momento, Final Masquerade[3] se reproduce en mi teléfono móvil anunciando una llamada entrante de Less. —¿Lo sentiste? —pregunto apenas le contesto. —Sí. ¿Estás bien?, ¿qué sucede. —Sí, sí. Por suerte sí —contesto nerviosa—. Un hombre me siguió, me encontraba en Starbucks y me estaba molestando. Lo enfrenté y me fui, entonces me siguió y corrí asustada. Cuando llegué al edificio, él salió de un auto y, cuando se acercó, le vacié el gas pimienta en la cara. —¿Qué quería?, ¿qué te dijo?, ¿qué aspecto tenía? —pregunta curiosa, queriendo saber todos los detalles. —Solo me pedía que me detuviera. Después se disculpó diciendo que no quería asustarme y no lo dejé decir más. Era muy alto, casi del tamaño de papá. Cabello castaño, ojos celestes, mandíbula cuadrada, de contextura ancha y usaba un traje formal, como si fuera un ejecutivo o alguien importante. Conducía un deportivo n***o y me miraba de una manera demasiado intensa, como si quisiera mirar dentro de mi alma, Less. —¡Oh, pero Acabas de describir a un hombre de ensueño! ¿Por qué lo atacaste? —Te acabo de decir que me siguió, Less. ¿O tengo que repetirlo todo de nuevo? —Y yo te escuché, Lexie, pero que un hombre se interese en ti no tiene que significar que quiera hacerte daño. —Pues para mí sí, Less. Para mí todos los hombres quieren hacerme daño —le grito sintiéndome frustrada. Ella no lo entiende, nadie lo entiende. —Ay, Lexie. No sabes cuánto me duele que te sientas así y lo mucho que deseo que puedas enamorarte de alguien que te corresponda, alguien que te trate como al tesoro que eres —pronuncia con desaliento. —No creo que pueda enamorarme de nadie, Less. Apenas soporto que me toquen los bailarines de la compañía, ¿cómo podría tener una relación con alguien así? Es imposible. —Nada es imposible cuando amas a alguien —comenta encendiendo una alerta en mi cabeza. —Habló la experta en amor —comento con ironía. Mi hermana es una enamoradiza sin remedio. —No seas mala, Less. Esta vez va en serio. Adam no es como los otros. Me gusta de verdad. Es tierno, romántico, decidido y está más bueno que comer con los dedos. —Pobre Adam, ya siento pena por él —¡Oye! —Es la verdad, Less. Tu lista de corazones rotos no ha parado desde que tienes dieciséis. —Mejor los de ellos que el mío, ¿no? —responde riéndose—. Pero no, hablando en serio, Lexie. No quiero que te cierres al amor, no todos los hombres son como aquel. —Lo sé —murmuro con un nudo en la garganta—. Gracias por estar para mí, no sé qué haría sin ti, Lees. —Nunca tendrás que saberlo —promete con una sonrisa melancólica. —Eso espero —suspiro—. No le digas a nuestros padres de esto, no quiero preocuparlos. —Está bien, promesa de gemela. Te quiero, Lexie. —Yo más, Less. Nos despedimos y dejo mi teléfono móvil sobre mi cama. Menos de un minuto después, escucho que tocan la puerta. ¿Quién será? Nerviosa, alcanzo mi gas pimienta y me acerco a la puerta. Verifico por la mirilla y veo que es Joyce, mi compañera de piso. —No puedo creer que perdieras tus llaves otra vez —le riño apenas abro. —Pues creelo, mariposita. No sé dónde las he dejado. Me toca hacer juego nuevo. ¿Me extrañaste? —No, apenas me enteré de que no estabas —respondo sarcástica y miro con malos ojos que haya dejado sus maletas en medio de la sala. ¿Por qué tiene que ser tan desordenada? Si no le hubiera cogido cariño, ya la había mandado a irse. Ella es más el tipo de amiga que escogería Less, me recuerda a ella todo el tiempo, quizás por eso le tengo tanto aprecio. Es segura, desinhibida, alocada y una verdadera fanática del rock. Es fácil notarlo por su aspecto, su personalidad y hasta la horrenda música que escucha. —¿Nuevo color? —pregunto haciendo referencia a su cabello n***o azabache. Antes lo tenía rojo pasión. —Sí. Y nuevo tatuaje. —Levanta su playera negra, con las letras Slipknot[4] escritas en blanco, y me muestra su abdomen. Pequeños cuervos elevando el vuelo surcan su piel, desde su cadera hasta el inicio de sus costillas. —Es hermoso, me gusta. —Gracias, mariposita. —Desde que la conocí, me puso ese apodo por mi apariencia delicada y hermosa. —¿Y cómo va todo con tu científico? —En realidad no es científico, solo lo llamo así por su nombre. —¿Thomas? Lo dejé en Madrid con el corazón hecho mierda —responde quitándose las botas. —¿Y lo dices así tan fresca? —Pues no sé de qué otra manera decirlo. —Hace un gesto con los hombros y luego se levanta del sofá—. Pide una pizza de maíz mientras vuelvo del baño. —Pídela tú, vaga —replico bromeando. Alcanzo el teléfono fijo, llamo a la pizzería favorita de Joy y pido su pizza. Y como soy una obsesionada de la limpieza y no soporto ver la sala echa un desastre, llevo sus maletas a su habitación. Mientras llega la pizza, me doy una ducha y me pongo un pijama rosa de pantalón largo con una camiseta blanca que dice al frente Read Books Not T-shirts[5]. Es mi favorito. Salgo a la sala mirando distraída un mensaje que me escribió Less y, al alzar la vista, veo al tipo del Starbucks sentado en el sofá de mi sala. —¿Qué hace usted aquí? —pregunto exaltada y temblando desde los pies hasta la cabeza. [1] Paso de Ballet [2] La conclusión de un paso cuando la pierna de trabajo se pone en la tierra con un movimiento suave y gradual. [3] Canción de la agrupación musical Linkin Park. [4] Banda musical. [5] Lee libros, no camisetas.

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