Encuentro.
POV DE TESSA
HACE SEMANAS ATRÁS.
No era un día cualquiera, era la oportunidad que estaba esperando desde hacía mucho tiempo.
Siempre yendo a entrevistas comunes, consiguiendo trabajos simples.
Ahora que había culminado la universidad, ahora que podía codearme con cualquier otro titulado, podía conseguir más que un trabajo de mesera o camarera en hoteles.
Estaba frente a la empresa Altamirano. Iba a conseguir ese trabajo. Iba a ser la secretaria de presidencia, costara lo que costara.
Me acerqué a recepción y saludé.
—Buenos días, tengo una entrevista de trabajo.
—Suba a la última planta. Ahí la atenderán.
Me dio un número y, al verlo, la sangre se me heló.
—¿Soy la aspirante número 40?
La recepcionista asintió sin importancia.
Soltando un suspiro, me dirigí al elevador. Subí con decepción, sintiendo que debía competir con cientos de mujeres, las cuales supuse que eran hermosas. Y lo confirmé al momento de ingresar a la sala de espera.
Mordiendo mi labio, me recosté contra la pared, a la espera de que todas esas bellezas que aspiraban al mismo puesto de trabajo que yo pasaran primero.
Fui la última en ser llamada. Mientras caminaba en dirección a esa oficina, mis piernas temblaban. Más aún cuando traspasé el umbral de la puerta y vi a ese hombre sentado en el escritorio.
Aún no me veía la cara, pues estaba revisando unos papeles, los cuales supuse que eran mi currículum. Vi cómo una curva asomaba en sus labios y, cuando levantó la mirada, mi corazón se detuvo para, al segundo siguiente, saltar con fuerza.
—Tessa Ramírez.
Su voz sonaba gruesa, pero tenía el mismo tono. Era él. Era ese amor de juventud. Era mi primer novio. El niño (bueno, ya hombre) que tanto extrañé. Estaba más maduro, más atractivo, más serio que cuando era adolescente.
—Nicolas —musité suavemente.
Su mirada intensa me traspasó, me congeló.
¿Me odia? ¿Me desprecia por haberlo abandonado?
—Qué ironía, ¿no?
Inhalé profundo. Tenía ganas de correr, de abandonar esa oficina y marcharme sin mirar atrás. Porque era evidente que no conseguiría el trabajo. No obstante, tenía los pies clavados en el suelo, los cuales no podía ni mover.
—Tome asiento, señorita Ramírez. ¿O señora? —Hizo una pausa mientras me miraba fijamente—. Supongo que… ya te casaste, ¿no?
Negué. Él sonrió apenas y me indicó la silla.
Cuando me senté, no preguntó lo habitual de una entrevista.
—¿Y qué ha sido de ti en… estos diez años?
Diez años. Diez años desde que no lo veía, desde que me marché sin mirar atrás.
—Yo… acabo de graduarme… de la universidad.
Él era solo dos años mayor que yo, pero ya estaba sentado en una gran oficina, donde supuse que era el asistente de presidencia, por algo estaba realizando las entrevistas.
—Y con excelentes calificaciones —comentó, echándole una mirada a mi currículum—. Veo que… te esforzaste mucho.
—Así es… señor.
—¿Señor? —sonrió, y se levantó de su asiento para acomodarse a mi lado, recostando su trasero en el escritorio.
Madre mía. Sentí que se me quemaba esa parte del rostro.
—¿Ya no soy… Nic? ¿Tu Nikolo?
Mordí el labio al recordar ese apodo que le puse, porque me encantaba tanto como el chocolate Nikolo.
Dirigí la mirada hacia él, sintiendo que la respiración se me cortaba. Nos miramos intensamente por unos largos segundos que parecían horas, sin decir nada, sin respirar.
—Yo… necesito el… trabajo —dije, con un nudo en la garganta.
Nicolas se levantó y caminó de regreso detrás de su escritorio.
—¿La hija de un importante militar necesita trabajar de secretaria? —sonrió con esa sonrisa que tanto me encantaba.
Mi pecho latía con fuerza mientras me miraba. Parecía que quisiera salirse de su órbita.
Nicolas volvió a mirar la carpeta y, de pronto, la cerró.
—Le estaremos llamando.
Con un nudo en la garganta, me levanté. Las piernas aún me temblaban, la respiración aún era pesada y el pecho me dolía por dentro.
—Estaré esperando su llamada… señor… Williams.
—Por supuesto que la llamaremos —dijo, pero no sé si eran ideas mías, sus palabras sonaron irónicas, como si se estuviera burlando, asegurándome algo que nunca llegaría.
Salí de la oficina bajo esa mirada que me quemaba. Sentía la espalda arder, pero no me volteé.
Ya afuera de la empresa, me permití sentarme en uno de los bancos del parque y dejé caer unas cuantas lágrimas.
La ilusión y la esperanza que tenía de encontrar trabajo en esa gran empresa se evaporaron.
Sabía que Nicolás no me lo daría. Sentía que esta sería su venganza por haberlo abandonado hace diez años, por no haber aceptado su propuesta.
Solo tenía quince años. Solo era una adolescente que no tomaba decisiones, hacía lo que su padre le ordenaba.
«Nicolás, no fue mi culpa. No quise abandonarte. No quería dejarte».
Musité con dolor.
Mi celular sonó. Sequé las lágrimas y contesté sin ver qué número era. Lo primero que pensé al escuchar del otro lado fue la voz de Luca, queriendo saber si me había ido bien en la entrevista. No obstante, era una voz extraña.
—Señorita Ramírez, debe presentarse mañana a primera hora. El trabajo es suyo.
Me quedé sin aliento al escuchar lo que decía.
Me había dado el trabajo.
NOTA DE AUTOR.
Esta no es una historia de romance dulce y perfecto, ni de una heroína de moral intachable.
Tessa no es una protagonista idealizada. Es una mujer real, con defectos, errores y una reputación cuestionable. Alguien común y corriente que, como muchos de nosotros, ha tropezado más de una vez. Pero también es una mujer dispuesta a enfrentar sus equivocaciones.
Si buscas una novela rosa donde la protagonista sea pura, inocente y sin mácula, este no es tu libro. Aquí los personajes no son perfectos, cometen errores y cargan con las consecuencias. Y precisamente por eso, su historia es tan cruda, honesta y humana.