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Las dos mujeres del CEO

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Tras un noviazgo de tres años, Thomas está a punto de contraer matrimonio con Lucía, quien está perdidamente enamorada de él.

Sin embargo, Thomas no se siente seguro de la decisión tan importante que está a punto de tomar, pues en lo más profundo de él, sabe que su corazón le pertenece a otra mujer.

El tiempo se consumía, las preocupaciones llegaban, la familia de Lucía estaba entusiasmada por el suceso que en pocos días tendría lugar y él no contaba con el valor necesario para frenar aquella boda.

Se decía que una vez casado, el amor hacia ella nacería, pero el destino tenía preparado para él planes muy distintos, pues lo que menos imaginó Thomas, era que una persona que creía enterrada en su pasado, volvería, dispuesta a despertar todas aquellas emociones que él creyó alguna vez enterradas, dispuesta a emerger de entre los escombros de lo que todavía estaba vivo entre ambos. Entre los escombros de su pasado amor.

Créditos de la imagen: Foto de pareja elegante creado por halayalex - www.freepik.es

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Capítulo 1: Amber y Lucia.
Sabía que algo estaba mal en su interior. No estaba bien seguir enamorado de un recuerdo. No uno tan lejano. Ella era su primer pensamiento al despertar de un largo letargo y su último al caer rendido ante las garras de un seductor sueño, incluso, más de una vez la había nombrado en sus últimos momentos de lucidez. “Amber… Amber… ven conmigo, Amber, regresa a mí, Amber, esta vez nada nos separará al uno del otro, Amber… Amber… Amber…”, la llamaban sus labios con desesperación, deseosos de restregarse de nuevo contra los de aquella muchacha. Pero era mucho más complejo de ahí todo, pues, si solo estuviese cautivado ante la figura exquisita de Amber, las cosas no fuesen tan serias, mujeres hermosas habían por todas partes, pero él no estaba solo cautivado por su belleza, o por esos ojos de mirada felina que parecían alumbrar más que la luna misma, él estaba cautivado por su corazón, por su voz, por su olor… por lo que era ella… por lo que sentía en su pecho con el simple hecho de recordar los momentos que alguna vez ambos compartieron… Recordar… Recordar… Aquello ella lo único que podría hacer; recordar, pues momentos como aquellos no tenía probabilidad de volverse a repetir jamás. Por tantas razones que era exhaustivo buscar nombrarlas todas, pero las que más peso tenían, eran dos simples razones: la primera era, porque Amber se había ido de su vida hace muchos años, y la segunda, porque en muy poco tiempo iba a contraer matrimonio con la mujer que con intensidad y amor lo abrazaba en ese momento. Tan rico, y tan vacío. Había ciertas cosas que el dinero jamás podría comprar. Descendió su mirada, observando a Lucía, rendida ante el sueño, con su perfecto rostro, con su sedosa piel, y esos labios que tanto él había besado, con su cabello aglutinado en su rostro, con apenas una tela fina cubriéndole la desnudez exquisita que guardaba. Sabía que era no solo un pecador, sino también un estúpido por lo que hacía, pensar en Amber mientras a su lado tenía a Lucía, a su futura esposa, pero no era algo que él hiciera a propósito, tampoco era algo que él tuviese la capacidad de frenar. Deseaba tenerla, deseaba que existiera un botón en su cabeza, un botón que pudiera presionar cuando los pensamientos y los recuerdos se hicieran demasiado pesados para él, pero aquellas solo era ilusiones estúpidas, no era fácil sacar de la cabeza a aquello que no sale del corazón. No podía, simplemente no podía sacarse a Amber de la mente, incluso teniendo a otra mujer a su lado, otra mujer que lo amaba de verdad. Sonrió al ver como Lucia empezaba a abrir sus ojos con la lentitud que la caracterizaba, al principio de su relación le resultaba ciertamente desesperante que ella fuese tan calmada y parsimoniosa al momento de llevar a cabo cualquier actividad, pero con el tiempo había logrado acostumbrarse, e incluso le producía un poco de gracia. Ella se sentó sobre la gran cama, estiró su espalda, dejando escuchar el sonido de sus huesos desentumiéndose, se escuchó como ella respiró de manera ruidosa, y luego lo miró a él, dibujando en su rostro una sonrisa preciosa y reluciente. Se dejó caer de nuevo sobre la cama y lo abrazó, él también la abrazó, ocasionando que la sonrisa de ella se ensanchara todavía más, amaba la protección que aquellos brazos llenos de fuerza le brindaban. Unos minutos transcurrieron así, ambos abrazados, él con la cabeza perdida en otra mujer, y ella con la cabeza perdida en él. Una triste escena si se analizaba con la suficiente pausa. —Iré a lavarme los dientes —avisó ella, rompiendo con lentitud el abrazo. Si pudiera se quedara toda la vida entre aquellos fuertes brazos que tanto calor le brindaban en sus momentos más gélidos—. Luego prepararé el desayuno. —Iré contigo —dijo él, empezándose a poner de pie, la mirada curiosa que le dedicó su futura esposa lo detuvo—. Iré contigo a cepillarme los dientes —aclaró sonriéndose, ella se carcajeó un poco. —Por un momento creí que te ofrecías a preparar el desayuno conmigo —dijo entre risitas. —Sabes que la cocina no es mi fuerte. Jamás lo ha sido. —Desde que probé esos panqueques que hiciste para mí lo supe, no debes de decírmelo. —Ante aquel comentario ambos rieron, ella con más energía que su esposo, pues la mente de él seguía siendo presa de los tórridos recuerdos de un amor del pasado. «Debes de olvidarte de ella, en dos meses te casarás con una hermosa mujer que te ama, que no se irá así como se fue Amber», se decía, pero no tenía ningún caso, los recuerdos solo lo golpeaban con más fuerza. Él era el clavo, y la imagen de Amber sonriendo era el martillo. Miraba a su alrededor y veía posesiones costosas que la empresa de la que era CEO le habían dejado, pero nada era suficiente para llenar aquel vacío tan profundo del pecho. Nada era suficiente para sacarse el luminoso recuerdo de la única dueña de su corazón, pequeño, a diferencia de su fortuna. Ambos llegaron al baño, tomaron sus respectivos cepillos de dientes y empezaron con lo que era correspondiente hacer, durante el proceso, se dedicaban miradas coquetas, o caricias cortas. Solo era necesario mirar hacia los ojos de Lucía para saber que estaba perdida de amor por Thomas, pero no se podía decir lo mismo de él, y aquello era lo realmente triste de la situación, porque, él la quería, claro que la quería…, pero la quería como uno quiere a una hermana… le tenía, dicho de forma más precisa, aprecio, como un aprecio familiar, la veía como una mujer preciosa, cargada de un toque delicado en cada uno de sus actos, con una notable gentileza en cada uno de sus gestos… la veía de muchas formas, pero no como mujer… al menos no como la que amaba en realidad. Pero no había demasiado por hacer, tal vez sí, tal vez no, él no estaba dispuesto a averiguarlo, solo sabía que en pocas semanas se casaría con Lucia. Tal vez con el matrimonio el amor crezca más, se decía, no es que no la ame, solo es que amo a otra más que a ella, seguía cavilando, aunque era mentiras lo que se decía, no la amaba, en absoluto amaba a Lucía, solo la quería como se quiere a una amiga… ella era una buena muchacha, una que lo amaba, una que no se iría… ¿por qué no casarse con ella? No quería romper su corazón, no quería romper su corazón y cancelar el matrimonio a último minuto, no quería, no lo haría, continuaría todo como estaba, se casaría y tendría una vida tranquila al lado de Lucía, al menos eso creía Thomas, pues lo que él no imaginaba era el singular azar del destino que le esperaba. Jamás se había cuestionado demasiado su matrimonio, pero con la llegada de ella a su vida de nuevo… ¿cómo no hacerlo? ¿Cómo no cuestionarse? A Thomas le esperaba una sacudida fuerte de emociones, hechos que le llevarían a cuestionarse si era mejor actuar escuchando al sentido o al corazón… solo era cuestión de tiempo. Lo que creía enterrado, volvería, con más fuerza de la que alguna vez imaginó. Pero, ¿qué escogería Thomas? ¿Fortunas o amor?

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