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โอกาสครั้งที่สอง
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ดราม่า
จากศัตรูกลายเป็นคู่รัก
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Dicen que el amor verdadero no se olvida. Pero el rencor... tampoco.

Sun-Hee Larsen regresó a Estocolmo tres años después de que el hombre que amaba destrozara su compromiso sin explicación. Lo que debía ser un simple viaje de trabajo se convirtió en una herida que volvió a abrirse en carne viva cuando la figura imponente y autoritaria de Axel Dahlgreen la alcanzó entre los fríos pasillos de aquel hospital. El amor que alguna vez los consumió se había transformado en resentimiento puro. Y él… él llevaba un brillante anillo de compromiso en el dedo anular: estaba a punto de casarse con otra. Con alguien que no lo lastimaría como ella lo hizo.

Axel solo necesitaba sobrevivir cinco meses. El tiempo justo para que esa mujer recogiera sus cosas y abordara un vuelo de regreso a Copenhague. Convivir con su ex prometida no debería representar ningún problema para un neurocirujano tan centrado como él. Pero Sun-Hee siempre había sido soberbia, dominante… e implacable. ¿Qué podía salir mal?

Todo.

Lo que comenzó como un cruce de miradas cargadas de tensión se transformó en un juego peligroso de proximidad: un cóctel explosivo de ilusiones prohibidas, rencor no resuelto y deseo que nunca terminó de apagarse.

Una historia sobre heridas que se niegan a cerrar, pasiones que no entienden de voluntad… y un amor que quizás jamás llegó a morir.

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CAPITULO 1| LEY DE MURPHY
Ley de Murphy «Si algo puede salir mal, saldrá mal.» Ser creyente de dichas leyes nunca había sido mi fuerte. Me consideraba una persona lo suficientemente lógica y objetiva como para usar una jerga social y cubrir los resultados de mis actos. Sin embargo, en este momento, me vi cayendo en picada hacia mi propia negativa. ¿Cuál era la maldita probabilidad de que fuera Suecia entre los otros cien países? Era un uno por ciento. No era la Murphy. Era la probabilidad que, en este momento, parecía haber confabulado en mi contra. Leí el correo por decimoquinta ocasión esperando que fuera un error, pero el nombre estaba más que claro. Debía quedarme cinco meses más en Estocolmo. Fue inevitable. Cerré la computadora de golpe y pasé las manos por mi cabello. Estos meses habían sido tensos, pero todo se mantuvo a raya, sobre todo porque él no estaba en el país. Desvié la mirada hacia mis maletas, que casi permanecían en la puerta. Cualquiera que no conociera mi carácter previsor pensaría que las tenía listas para salir huyendo en cuanto Dahlgreen apareciera. No pensaba mentirme: fue un alivio cumplir con mi deber sin tener que verle la cara durante todo este tiempo. No tenía problemas con hacerlo, pero si ese momento podía evitarse, era lo mejor para ambos. Tomé aire. Tenía que calmarme y pensar qué camino debía tomar ahora. Estaba en Estocolmo. Había recibido una llamada de Estados Unidos cinco meses atrás. ¿La razón? Un niño con un cáncer en la sangre muy agresivo. Ser acreedor a un ensayo clínico podía parecer algo complicado, y lograrlo en Suecia era casi una promesa de vida que no cualquiera podía obtener con facilidad. Fue un favor, uno que decidí brindar por recuerdos del pasado. Sufrir una enfermedad así no era sencillo, especialmente cuando se era un niño con muchas preguntas. ¿Por qué se cae mi cabello? ¿Por qué me siento mareado? ¿Por qué duele así? ¿Fue por haber sido desobediente? Muchas preguntas inocentes cruzaban por la cabeza de esos seres desvalidos, mientras muchos de sus padres darían la vida por estar en su lugar y evitar el sufrimiento de sus pequeños. Otros simplemente evadían esa responsabilidad. Hablaba por experiencia propia. El elegante departamento me pareció asfixiante de repente. Era muy bello, pero pequeño para mis siempre ostentosos gustos. Lo elegí por la ubicación: distante del centro y, sobre todo, silencioso. La ciudad era colorida, pero la detestaba recorrerla. Sus calles y paredes parecían albergar con recelo los recuerdos de mi pasado; uno que, cada vez que observaba por la ventana, venía a mí provocándome una miseria sorda. Mierda. Habían pasado tres años. ¿Pero por qué se sentía así? Me acerqué a la cocina y me serví una copa de vino. Era justo lo que necesitaba para enfocar mis pensamientos. La noticia de que debía quedarme más tiempo no me había sentado bien, y recordar las fechorías de mi padre me perturbaba aún menos. Ser una Larsen era motivo de orgullo en Copenhague, ya fuera porque el apellido aparecía entre los primeros diez más ricos del país o porque éramos una distinguida familia de médicos cuyo afecto por la labor social quedaba marcado en las más prestigiosas subastas altruistas. Dinero. Siempre me había sobrado, y como si el destino me colocara el sol con su calidez únicamente para mí, cargaba además con dos apellidos de considerable peso. Klaus Larsen era mi padre. Prestigioso médico, heredero de un gran imperio en el área de salud privada de Dinamarca, pero una mierda de persona. No fue el hecho de que se casara con mi madre —una destacada doctora coreana que se enamoró de sus gestos y atenciones en lugar de su cartera— para luego engañarla con una cazafortunas de baja ralea. Pasó de estar en lo más alto a caer en lo más bajo. Mi madre provenía de una familia chaebol (grandes conglomerados empresariales familiares de Corea del Sur), como se conocía en Seúl. Mis abuelos maternos eran destacados inversores en los complejos médicos privados del país y en las mejores empresas que innovaban año con año en tecnología médica mundial. Klaus, sin duda, fue un idiota. Pero si había sido mal esposo, ¿no podía al menos ser mejor padre? Muchos decían que eran dos cosas separadas, pero no para él. El tema del divorcio fue complicado. No tenía más de cinco años cuando todo ese desastre ocurrió y, por si no fuera suficiente escucharlos discutir cada noche, meses más tarde llegó la muerte de mi madre. Un golpe brutal para una niña acostumbrada a estar siempre a su lado. Murió joven y yo quedé a expensas de lo que mi padre decidiera para mí. La incógnita de lo que pudo ser me consumió durante años. No tardó en embarazar a su nueva esposa y en tener hijos que insistía debía llamar hermanos. Por mí, sus bastardos podían irse a la mierda. Fiona y Eric: vástagos de su amor incondicional y sanguijuelas detrás de mi herencia. No los quería respirando mi mismo aire. Seres despreciables, igual que su insípida madre. Como si ese lapso de mi infancia no hubiera sido suficientemente traumático, el cáncer, con toda su horda de dolencias, llegó a mi vida a una edad temprana. Esos recuerdos fueron los que me llevaron a intervenir para que Matthew Lane formara parte del ensayo clínico que ahora me tenía en Suecia. El pequeño era hermano de la esposa de un reconocido político americano que no reparó en gastos para intentar salvar a su joven cuñado. Yo tenía los contactos y él, los recursos suficientes para costear el viaje. Dudé, no pensaba mentir al respecto. Venir garantizaba que el pequeño fuera atendido, y mi presencia era el contrapeso necesario para que le permitieran formar parte del ensayo, gracias a las conexiones que tenía en el país. ¿Qué tenía de malo Suecia? Nada. Únicamente que mi ex prometido era el director del hospital donde se desarrollaría el ensayo clínico que yo había estado esperando desde hacía más de cinco años. Ex prometido sonaba un poco intenso, pero era la verdad. Habíamos estado a punto de casarnos y, aunque mi ego hubiera deseado gritar que fui yo quien terminó con todo, la realidad era completamente diferente. Durante toda mi vida me consideré alguien dura y exigente. Observaba mucho a los hombres y la mayoría de las veces terminaban siendo descartados al primer encuentro: demasiado intensos, irresponsables y, los peores, estúpidos. Mi abuela solía decir que buscaba algo inexistente. Una vana ilusión. Los hombres perfectos no existían, porque si lo hicieran, no podrían llamarse hombres. Estaba por darme por vencida cuando, en el momento menos esperado, él apareció. Era justo lo que había imaginado para una pareja. Dahlgreen tenía un hermoso cabello rubio, tez clara y unos ojos tan azules como la luz líquida de una aurora boreal detenida en el silencio durante los crudos inviernos nórdicos. Altura prominente, cuerpo atlético y un magnetismo sublimemente varonil, pero su atractivo era apenas un complemento a su destacada inteligencia y absoluta confianza en sí mismo. Era neurocirujano, uno dotado de muchas destrezas congénitas y otras forjadas con práctica incansable. Se exigía a sí mismo como ningún otro ser humano sobre la tierra y era tan disciplinado, que usó esa disciplina para construirse a sí mismo. Cuando hablaba, lo hacía con tanta claridad y convicción que embelesaba. Ese hombre sabía de lo que hablaba y, cuando existía algo que lo superaba —porque al final del día seguía siendo humano—, callaba y escuchaba con una prudencia admirable. Siempre estaba impoluto: prendas sin ninguna arruga, cabello perfectamente peinado, barba corta y rubia oscura de bordes bien definidos. Y sus manos. Eran las manos más suaves, varoniles y perfectas que había visto en toda mi vida. Claro, ¿cómo no iba a cuidarlas si estaban aseguradas por cuarenta millones de dólares? Tenían escasamente desarrollado el temblor fisiológico natural (movimiento involuntario y casi imperceptible presente en todas las personas, pero que en él era mínimo, otorgándole una precisión quirúrgica excepcional), lo que le confería un pulso casi inhumano que además pulió con dedicación incansable —y siendo más específica, desde que supo qué especialidad perseguiría. Era un líder natural: destacado, autoritario pero respetuoso, cuya presencia me cautivó desde el primer momento. Si algún día iba a casarme, tendría que ser con él. Eso fue lo que pensé. Y, a la vez, lo que terminé arruinando. No podía quedarme en Estocolmo. Debía volver. Matthew regresaría a Estados Unidos en tres semanas. Su progreso había sido sumamente positivo después de todos estos meses y era momento de que continuara la siguiente fase del tratamiento en su país. Acompañarlo en este camino fue una experiencia refrescante; era un niño muy alegre que iluminaba toda la habitación con su sonrisa. Sería traspasado a nuevas manos que, en esta etapa, podrían ayudarlo más que yo. Todo durante el proceso fue perfecto. Axel no estaba en Estocolmo: se había marchado varios meses a Charité, en Alemania, probablemente para actualizar sus conocimientos, porque, aunque era joven, ese ímpetu constante de renovarse fue lo que le brindó casi la misma experiencia que médicos con el doble de su edad. No tenía idea de cuándo volvería y tampoco quería saberlo. No habíamos cruzado miradas en tres años y debía continuar así, pero ese correo en mi buzón dictaba lo contrario. Mi trabajo con Matt concluía, pero desde hacía más de cinco años esperaba un ensayo clínico muy esperanzador del que mi familia había sido promotora e inversora. Uno que, luego de mucho papeleo y permisos, estaba en sus fases finales para poder llevarse a cabo. SPINE-NBL1 (Spinal Neuroblastoma Innovative Trial – Phase 1). Ese era el nombre del ambicioso proyecto donde participarían médicos de cinco países, buscando una combinación de tratamientos que ayudaran efectivamente a pacientes pediátricos que padecieran esta enfermedad. Esperaba que diera buenos resultados. Llevaba años estudiando el tema y estaba muy satisfecha de que al fin pudiera llevarse a cabo. Mi teléfono sonó. Observé el remitente y respondí de inmediato. —¿Recibiste el correo? —Sí. —¿Sí? ¿No dirás nada más? —preguntó Freja, amiga y colega. Llevaba años trabajando en el hospital de mi familia en Copenhague y, cuando me moví a Suecia durante estos meses, quedó a cargo de la dirección. Era una mujer sumamente capaz y, entre ella o mis hermanos, la elegiría diez mil veces para ocupar el asiento de liderazgo en mi ausencia. Era reconfortante poder desatenderme de todo eso luego de varios años al frente. Caminé hasta el sofá y tomé asiento. —Sun… —Pediré un cambio. —¿Pedirás un cambio? —preguntó alterada—. No puedes. —Claro que puedo. Además, a nadie le parecerían extrañas mis razones y creo que es lo más sensato. No he leído más que el encabezado, pero me iría mejor en Italia o en Noruega que aquí. Es un proyecto que me hace mucha ilusión y no quiero arruinarlo ocupando mi cabeza en cosas sin sentido. Matt Lane regresará a Estados Unidos en tres semanas y yo iré a verle en unos meses para saber su evolución. Los resultados han sido buenos, pero creo que la parte final del tratamiento será mucho más cómoda para él en su país. Tenía planeado volver en cuanto se marchara, pero esta noticia me ha tomado por sorpresa y mi primera impresión no es buena. Freja suspiró. —¿No te sientes lista para verlo? —Podría hacerlo, pero somos peor que extraños, Freja. Él tiene su vida y yo la mía. Su nueva prometida tampoco ha estado aquí y, siendo sincera, no me entusiasma verla en lo más mínimo. Era inevitable que terminara con ella. Pasé varios meses intentando devolver mi vida a su curso y creo que lo mejor es que no estemos en el mismo hospital. Si no estuvo aquí durante estos meses, sería una completa tontería quedarme sabiendo que ahora, irremediablemente, estará de regreso. Paz mental. Me conocía. Sabía lo que vendría y no era una estúpida. Tenía muy claro lo que pasaría cuando le viera. Todo lo que tardé meses en recomponer se volvería caótico. Ese hombre me gustaba demasiado y ni la distancia ni el tiempo parecían haberlo destruido. Si quería seguir en paz, debía evitarlo a toda costa y hacer caso a la objetividad. Él me odiaba. Todavía recordaba sus ojos azules cargados de ira y reproche. Fue la primera vez que me arrepentí de algo. No usé las palabras correctas y la mentira fue palpable. —Te han elegido para estar en Suecia porque eres una de las mejores y es la sede de coordinación del ensayo. La experiencia que ganarías allí vale totalmente la pena. —Nadie dijo que Suecia sería la sede… —Está en el correo y escuché comentarios de algunos colegas. Dicen que Dahlgreen está firmemente comprometido con diversos proyectos médicos y ha invertido muchísimo dinero en convertir su hospital en el más avanzado tecnológicamente de Europa. Su estancia en Charité fue para negociar con empresas farmacéuticas y tecnológicas alemanas. Soltará una enorme cantidad de capital para elevar el prestigio de su imperio médico. Ya sabes cómo es de decidido. Sonreí, orgullosa a mi pesar. Jugué con mis dedos. Claro que era en eso en lo que trabajaba. Dahlgreen y yo compartíamos muchas semejanzas. Yo era heredera del apellido Larsen en Dinamarca. Nuestras familias tenían nexos porque pertenecíamos al mismo rubro: ambos poseíamos hospitales privados de renombre. El Larsen International Hospital en Copenhague. El Dahlgreen Internationella Specialistsjukhus en Estocolmo. Ambos con enfoques distintos, pero dos proyectos ambiciosos que alcanzaron la cima en calidad y prestigio dentro de sus respectivos países. Las dos familias habían tomado la medicina como proyecto de vida, aunque los Dahlgreen incursionaron además en la política, lo que facilitaba su ascenso en temas empresariales y financieros. —Claro que trabaja en eso. Siempre ha sido dedicado; no es sorpresa que su abuelo le quiera y se sienta tan orgulloso. Sea como sea, lo consideraré. La comodidad es indispensable en proyectos como este, Freja. Te llamaré en cuanto decida. No tenía nada que decidir realmente: quería marcharme y ser reubicada. El SPINE-NBL1 se llevaría a cabo en cinco países y SIOPEN (Society of Paediatric Oncology Europe and Neuroblastoma, la organización sin fines de lucro más grande de Europa especializada en oncología pediátrica) estaba encargado de coordinar todo, incluyendo los protocolos de investigación. Ellos decidían quién iba a qué equipo. Su presidente, Gustave Ormond, era conocido de mi familia. Invertir capital y participar en los ensayos clínicos era una decisión personal; estaba muy interesada en proyectos que buscaban soluciones dignas para los pacientes y, sobre todo, cuando se trataba de niños. Entre menos sufrieran, mejor. Me acerqué a la computadora y la abrí de nuevo. Leí el correo de principio a fin y, efectivamente, Freja no se equivocaba. Estocolmo sería la sede y el Hospital Dahlgreen la cuna del ensayo clínico propiciado por SIOPEN. No fue una sorpresa. Suecia era el mejor de los cinco países participantes, entre los que destacaban Noruega, Finlandia, Países Bajos e Italia. Aquello solo pudo darse gracias a la enorme inversión de Axel Dahlgreen. ¿Por qué no me enviaron a Italia o a Finlandia? Había una larga lista de oncólogos pediatras participando. ¿Por qué precisamente yo en Estocolmo? No era momento de lamentos. Decidí responder al correo con una disculpa y una solicitud de cambio, pero cuando estaba a la mitad, mi dedo apretó automáticamente el botón de borrar. Una voz diminuta en mi cabeza me gritó que me detuviera. ¿Acaso estás huyendo? Tarde o temprano Axel se enteraría de que solicité el cambio y eso demostraría una debilidad que mi orgullo se negó a aceptar. Tomé aire y cerré la computadora. Si ya había permanecido varios meses aquí, ¿por qué no aguantar unos pocos más? El hospital era enorme. Que nos topáramos sería una casualidad que tarde o temprano debía enfrentar, pero no iría más lejos. Tres años habían pasado; tiempo más que suficiente para que las viejas heridas hubieran cicatrizado. (…) —¿Estás triste? —Claro que estoy triste —respondí. —Pero estás sonriendo —dijo Matt con una expresión confundida. Y lo estaba. Su mejoría era notoria y, aunque la victoria parecía lejana todavía, la respuesta que se estaba dando en ese momento mejoraba considerablemente el escenario con el que llegó al país. Nos habíamos hecho buenos amigos y su espíritu aguerrido fue contagioso. —Me siento contenta. Estarás con tu hermana en un país que extrañas y tu tratamiento irá mucho mejor. Aunque no lo parezca, el estado de ánimo ayuda enormemente a que todo este proceso cobre sentido. El ánimo lo es todo, así que asegúrate de mantenerte feliz o de buscar en la vida las cosas que te causen esa felicidad. La familia, los amigos, tus pasiones. Todo, Matt. Acaricié su cabello y me puse de pie. En mis manos tenía los resultados de sus últimos estudios y el pronóstico era mucho más alentador que la vez anterior. Lo dejaría en manos de su hematóloga y de sus enfermeras para que recibiera los últimos medicamentos del programa. Físicamente se veía animado. Era muy interesante observar la mecánica que aplicaba Axel en sus hospitales, especialmente en el área pediátrica. No existía día en que los niños no recibieran regalos, juguetes y entretenimiento. Visitas constantes. Era como si buscara hacerlos olvidar lo mal que lo estaban pasando. No solo era inteligente; cuando hablaba de lo que soñaba para sus proyectos, siempre lo hacía con ambición, pero sin perder de vista su objetivo principal. Era humano. Profundamente humano. Tenía un corazón profundamente altruista y una extensa lista de proyectos sociales y de investigación que financiaba con el afán de mejorar la calidad de vida de quienes dependían de ellos. Una cabeza brillante y un corazón generoso. Me despedí de Matt anunciándole que volvería en los próximos días y que estaría al pendiente de sus resultados. Aún tenía que pensar en mudarme a algo más céntrico y revisar mi documentación migratoria para extender mi permiso de trabajo en Suecia. Los pasillos del hospital eran largos y muy concurridos en algunas zonas. A través de los cristales, noté que llovía. Era otoño, así que el clima sueco azotaba con toda su rebeldía. Las tormentas eran fuertes, especialmente en esa época del año. Detuve mi andar para observar cómo las gotas rebeldes impactaban en el techo transparente. Había mucha gente recorriendo los corredores y aquellas zonas verdes que brindaban un ambiente mucho más agradable entre las paredes blancas. El diseño era elegante y distinguido. No existía ni una mancha en los suelos ni rastro del tiempo. Todo parecía nuevo, muy al estilo del perfeccionista que era Axel. Fue inevitable que mi cabeza evocara el recuerdo de la primera vez que conocí esa obra arquitectónica. Axel me tomaba de la mano mientras me conducía por los pasillos y hablaba de cada zona con un conocimiento que rozaba lo abrumador. Conocía cada detalle, cada nimiedad, de una manera sorprendente y, sobre todo, tenía muy claro qué seguía. Quería que su hospital —ese imperio familiar— estuviera en la cima de los mejores de Europa. Y lo estaba logrando. Me dirigí hacia la salida. Era un poco tarde, pero la noche anterior apenas había conciliado el sueño pensando en revocar el correo. La decisión estaba tomada. Tarde o temprano nos encontraríamos y era hora de atravesar ese amargo momento. Tenía entendido que estaba por casarse. Elin Holm era una residente de neurocirugía que siempre estuvo a su lado. Era más que obvio que llevaba años enamorada de él y, cuando su relación conmigo terminó, tuvo su oportunidad. Sus modales educados, su rostro amable y su humildad parecieron ser mucho más cautivadores que mi soberbia, mi orgullo y mi egocentrismo. Yo no usé esas palabras para describirme; las usó él, cargado de rabia, cuando decidió que todo debía terminar. Ahora iba a casarse con una mujer cuya nobleza nunca tendría nada que ver conmigo. Era cuestión de tiempo para que la fecha se confirmara a la prensa y la noticia que medio hospital esperaba recorriera sus pasillos. Desde que llegué, tuve que escuchar los comentarios sobre la amable y querida señorita Holm. Como si todos los empleados de ese hospital hubieran decidido que yo estaba allí para arruinar la historia de Cenicienta de una mujer que, según ellos, merecía su final feliz. Imbéciles. No tenía la menor intención de compararme, porque no fuimos ni seríamos iguales. Podía quedarse con su nobleza y sus amables pensamientos; yo no tenía por qué copiarla ni aspirar a ser como ella. Mi vida no se parecía en nada a la suya, y si hubiera sido noble y agradable desde siempre, hace mucho que estaría sin nada, viendo cómo mi padre derrochaba la fortuna del imperio de mis abuelos en su esposa de quinta y sus bastardos con complejo de sanguijuelas. Los rumores estaban muy lejos de mis objetivos. Por suerte, la afable Cenicienta tampoco andaba por aquí. Tenía su zapatilla de cristal en forma de anillo en el dedo y estaba a una firma de abandonar su bajo estatus social para tocar la cima. Un sueño para cualquier mujer, una realidad para Elin Holm. —No, no, estará aquí a más tardar la próxima semana —dijo una voz conocida que se aproximaba en mi dirección—. En cuanto pueda recibirte te lo comunico. No te preocupes. Estará interesado en la conversación. Nos vemos pronto. Mis tacones dejaron de resonar cuando el hombre detuvo su andar de golpe. Venía justo frente a mí, mirando unos papeles y equilibrando con cierta dificultad el teléfono y su tablilla. Sus ojos verdosos parecieron un poco sorprendidos. Revisó el reloj. —Un poco tarde, ¿no lo crees, Larsen? —preguntó Oskar Olsson, quien actualmente tenía la dirección interina del hospital y, para variar, era el mejor amigo de Axel. Un hombre serio y responsable que aceptaba cualquier reto. Negué con la cabeza. —Voy justo a tiempo, doctor Olsson. —Solo Oskar. —No. En el pasado podía llamarte así, pero creo que es mejor volver a las costumbres formales. La gente de este hospital me considera una especie de villana que busca interrumpir la historia de amor que acontece aquí… —¿Has escuchado los rumores? —Todo el tiempo. Desde que llegué, de hecho, pero últimamente resuenan más de la cuenta. No me molesta. La gente con pocas ocupaciones siempre necesita observar la vida de los demás. No tengo problema en ser su foco de atención. Que tengas una linda tarde. Los comentarios eran inquietantes, pero no lo suficientemente agresivos como para tomarse en cuenta. Sagaces y pasivos, pero a mí siempre me había ido mejor con lo directamente agresivo. Incliné la cabeza en dirección de Olsson como despedida —ese gesto arraigado de la educación coreana que llevaba en la sangre—. Era un superior y debía tratarlo como tal. Pasé a su lado, pero mi apellido en sus labios detuvo el suave resonar de mis tacones. —Larsen… Estás en la lista del SPINE. —¿Ya tienes la información? —Así es. Llegó al mismo tiempo que el correo entró a tu buzón. Tenía entendido que te marchabas en unas semanas, pero esto cambia todo. No tuvimos nada que ver; fue elección y coordinación de SIOPEN. Consideran que tu perfil se adapta perfectamente a la sede. No contempla asuntos personales. Bufé con diversión. —¿Qué? ¿Piensas que yo sí? —Creí que… —No. No tengo problemas. He estado esperando este proyecto durante años. Hay mucha inversión de mi familia de por medio y considero que es una gran oportunidad para mi crecimiento como oncóloga. Si SIOPEN, a través de Ormond, considera que soy la indicada para estar en Suecia, aquí me quedo —expliqué, notando que mi respuesta no le convencía—. ¿Qué pasa? ¿Axel quiere que solicite un cambio? Si es así, dile que no pienso hacerlo. No tiene absolutamente nada que ver con este proyecto y el hospital es demasiado grande como para que ninguno de los dos se note. Era la primera vez que pronunciaba su nombre desde que llegué. Había estado haciendo mi trabajo y sin concentrarme en nimiedades, pero esta conversación era algo que Olsson parecía tener pendiente conmigo. Lo consideraba incómodo, pero no se atrevía a decirlo en voz alta porque Holm le caía muy bien. Dio un paso al frente y se acercó un poco más. —Axel ni siquiera ha mencionado tu nombre en tres años, Sun-Hee. Está por casarse y pronto darán fecha de la boda. Ha estado ocupado con sus proyectos, pero antes de que termine el año habrá una linda boda. Es agradable saber que ambos han pasado la página y continúan con sus vidas. Quisiera que tuvieras razón al respecto, pero me siento en la obligación de mencionarte que Axel estará en el SPINE como neurocirujano consultor. Inevitablemente tendrán relación en las reuniones para verificar resultados y avances. Diablos. Fingí que eso no me sorprendía, pero lo hacía. —No tengo problemas con eso, Olsson. No dije nada más. Me di la vuelta dando por terminada la conversación y me dirigí al estacionamiento. Sin darme cuenta terminé lanzando mi bolso al asiento del copiloto y cerrando la puerta de golpe. Suspiré y aferré la mano al volante. Claro. Debí haberlo supuesto. Iba a estar aquí y, en un tema tan delicado como la cirugía de médula espinal, buscarían al mejor neurocirujano como consultor. Mi dedo golpeó el volante. Eso cambiaba muchas cosas, pero ya no podía recular. Le dije a Olsson que me quedaba y era exactamente lo que haría. Solo eran cinco meses. Cinco malditos meses. Encendí el auto y me dispuse a marcharme. Tenía que encontrar un departamento más céntrico; odiaba conducir y entre más corto el trayecto, mejor. Estaba a casi cinco minutos de llegar, luego de cuarenta y cinco de trayecto, cuando un semáforo me dio tiempo de revisar mi bolso. ¡Mierda! Había olvidado mi pasaporte en el consultorio. No podía esperar hasta mañana: tenía cita con el abogado migratorio para revisar mi estancia y registro en el sistema laboral sueco. Aún tenía tiempo. Giré en el primer retorno posible y agradecí que el tráfico no fuera tan agresivo. Debía regresar. Estacioné en el lugar más cercano y, con únicamente las llaves del auto en la mano, crucé las puertas de cristal. A esa hora todo estaba menos concurrido. La lluvia que cesó mientras me marchaba regresó con mucha más fuerza. Sonreí cuando vi que mi pasaporte me esperaba sobre la mesa del consultorio. Lo tomé, con alivio, porque lo último que deseaba era perderlo. Relajé el paso. Ya estaba. Revisé que la tarjeta con la dirección del abogado permaneciera dentro y por un instante distraje la atención. Sonreí sintiéndome victoriosa hasta que mis ojos regresaron al frente. Los tacones detuvieron su andar de golpe y la tarjeta cayó al suelo con un suave desliz que fui incapaz de seguir. El pasaporte sufrió entre mis manos cuando mis dedos lo apretaron más de la cuenta, buscando mitigar con desesperación el temblor nervioso que se apoderó de ellos. No estaba lista, pero acababa de suceder. La lluvia que caía sin tregua pareció detenerse junto con mi respiración cuando hice contacto con una mirada azulada que me observaba a menos de cinco metros. Siempre me dije que estaba preparada, porque tarde o temprano sería inevitable, pero eso fue una cruel mentira. Mis ojos ardieron y una batalla se desató en mi interior buscando evitar que una lágrima traicionera resbalara por mi mejilla. Estaba allí, vistiendo una elegante gabardina color camel. Parpadeé y tragué saliva. Su cabello estaba un poco más largo que en el pasado, muy diferente a su estilo de años atrás, pero que le sentaba bien; esos mechones rubios caían sobre su frente con una rebeldía seductora. Sus ojos, cálidos y amables en otro tiempo, habían sido reemplazados por una mirada fría que sentí merecer. Le había lastimado sin saber que la daga en su pecho traspasaría el mío con la misma violencia. Mi mirada fue a sus manos. Llevaba un brillante anillo de compromiso, simple y masculino en el dedo anular de la mano izquierda —como dictaba la tradición sueca—, uno que pronto cambiaría por el de matrimonio. Deseé poder decir que no me importaba. Que verlo no causaba nada. Que el pasado ya no quemaba. Pero no era una mentirosa, y sentí que me asfixiaba. Sin embargo, mi orgullo me permitió respirar de nuevo. No pensaba perder el primer encuentro, aunque mi alma estuviera por colapsar. Yo no definía mis sentimientos, pero Axel Dahlgreen parecía odiarme.

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