23 | Atentado letal

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El primero de los perros traspasó el umbral que Lionetta preparó para ellos. Ella los observó desde la azotea de la mansión, mirándolos por los pequeños binoculares. Primero fue uno, luego cien. Lionetta arrojó los binoculares a un lado y bajó por una cuerda hasta el lugar donde su hermano se encontraba. —Están aquí —comunicó. Maurizio movió sus labios en una mueca, soltó el humo de su tabaco y lo arrojó al suelo. Esa vez no se acercó. Maurizio parecía intuir que a ella no le agradaba cuando él la tocaba. —Bien hecho, mi Águila. —Le guiñó—. Nos veremos al final. Ella obedeció lo que era el último mandato de la persona que la convertía en la mujer más miserable de la mansión Battaglia. Y mientras ella bajaba las escaleras hasta la puerta principal donde los soldados estaban preparados,

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