CHRISTOPHER
En diversas ocasiones me había preguntado si el destino influía en el curso de las cosas. La gente solía atribuir su felicidad a un destino afortunado; yo no tenía claro si era eso o simplemente que las circunstancias habían caído por su propio peso, pero el camino para comenzar mi venganza se había abierto solo, como por arte de magia.
—Mi señor, el compromiso de Ellenor Campbell ha sido cancelado a causa de un escándalo que involucró a su prometido. No conozco los detalles, solamente que fue a causa de otra mujer —aquellas palabras de Timotti bastaron para que una idea para nada descabellada surcara mi mente. Era por ello que me encontraba ahora aquí. Después de sacar mis propias conclusiones, me di cuenta de que era más que probable que la gemela asesina asistiera a esta velada; era lo usual en una mujer libre y casadera en busca de un nuevo prometido.
Sabía a lo que me enfrentaba. Dado que era imposible que hubiera un mejor partido en todo el evento, las madres de mujeres en edad núbil se lanzarían sobre mí de manera voraz; sin embargo, esperaba que fueran más inteligentes que eso. Mi único objetivo era esa mujer: Ellenor Campbell.
Después de un rato colmado de formalidades y saludos de parte de los invitados de mayor rango, me di a la tarea de pedirle a mi mayordomo que me señalara a la mujer culpable de la desgracia que había provocado al involucrarse con Arthur.
—Es ella, la señorita Campbell —susurró de manera discreta, haciéndome llevar instintivamente la mirada al mismo lugar que él. La dama estaba de espaldas, conversaba animadamente con un grupo de jóvenes de edad similar; una de ellas captó mi mirada sostenida y murmuró algo ininteligible para mí, haciendo que la mujer que permanecía de espaldas se diera la vuelta.
¡Maldita sea!
Sus ojos azules me dejaron helado por un instante. Tenía un rostro hermoso; lo que más impactaba era esa mirada de un azul profundo que formaba un dúo perfecto con su cabello rubio. Poseía una nariz pequeña y levemente respingada, y unas mejillas sonrosadas que le otorgaban un aire tierno e inocente. Ahora comprendía por qué mi hermano había caído en aquellas garras llenas de sensualidad, pues ese bello semblante era acompañado de un cuerpo fenomenal. Una cintura estrecha que el corsé acentuaba con precisión, y unos labios carnosos de un rosa suave y completamente natural que contrastaba con lo blanco de su piel.
—Si mi señor lo desea, puede ir a pedirle una pieza —a un lado observé al pianista quien, con sus dedos largos y diestros, entonaba A Farewell Melody, una composición delicada pero con un toque melancólico que la hacía perfecta para bailar de manera pausada, al ritmo lento de un vaivén.
—¿No crees que sería demasiado pronto? —Uno de los sirvientes trajo consigo una copa de vino; a juzgar por el aroma y el sabor, Lord de Bedfordshire había abierto el más fino de su bodega—. Tal vez debería concederle el primer baile a la hija del anfitrión.
Timotti esbozó una sonrisa casi imperceptible.
—Dada la posición de Su Excelencia, puede hacer lo que desee —opinó de manera tajante, como era su costumbre. Sin embargo, cuando me disponía a marcharme, susurró unas últimas palabras—. Si desea conocer a Lady Campbell será mejor que actúe ahora, pues dada su generosa dote y deslumbrante belleza es posible que, después de este evento, la casa de Lord Campbell esté llena de pretendientes que busquen su mano.
Las palabras de mi mayordomo no estaban de más, pues había observado a más de un joven mirarla con intenciones claramente más formales que las de un simple baile. Estaba seguro de que no era el único que se había enterado de la cancelación de su compromiso.
—Su Excelencia, me presento ante usted: Tedros Campbell —antes de darme cuenta estaba frente a un hombre de porte excepcional. Portaba un traje confeccionado en finas telas y una diversa indumentaria adornada con metales preciosos que llamaron mucho mi atención. Si bien no era un conde ni un marqués, parecía ser una persona de alta posición aristocrática. Era un hombre de unos cincuenta años, excelentemente conservado y de mirada serena; me dedicó una leve reverencia para después presentar a su esposa—. Ella es mi esposa, Elizabeth.
La sorpresa en mi rostro no pudo evitarse al darme cuenta de que los Campbell habían llegado a mí sin que yo lo esperara siquiera. Al parecer las cosas serían mucho más sencillas de lo que había anticipado. Como muchas otras familias, habían corrido a presentar sus respetos, pero en el fondo sabía que su objetivo principal era traer a su hija ante mí.
—Un placer conocerlos.
La pareja parecía genuinamente cordial. Sacaron con rapidez temas de fácil conversación en los que participé con respuestas breves pero educadas. Para mi sorpresa, en ningún momento intentaron enaltecer a su hija para llamar mi atención, algo que no esperaba en absoluto; usualmente cualquier otra pareja habría apresurado la presentación de manera descortés.
Pero ellos no parecían tener esos objetivos, o al menos no los demostraban aún.
—Sería más cómodo para mí que me llamara Lord Maxwell en lugar de Su Excelencia —la mujer pareció sonrojarse ante mi cortesía. Al parecer no fingía su comportamiento afable; era demasiado hábil leyendo personas, y ambos parecían ser seres decentes y con clase a pesar de todo. Al parecer la única despreciable de esa familia era su hija.
—Lord Campbell, ha sido un honor bailar con la señorita Ellenor —vaya. No tenía idea de que el hijo de Lord Dorset había regresado de su largo viaje por Francia. Aquel hombre venía muy bien acompañado: a su lado estaba ella, Ellenor Campbell. Su cabello rubio estaba recogido en un moño deliberadamente desenfadado que le daba un aire de despreocupación encantadora. De cerca era considerablemente más hermosa. Su boca dibujaba una sonrisa perfecta; al parecer alguien se había divertido buscando a su próxima víctima.
Era una belleza traicionera. Eso pudo notarse con la primera mirada.