—Su Excelencia —mi relación con Axel Dorset no era nada cordial. Años atrás habíamos tenido roces que nos habían costado una amistad; sin embargo, la relación estrictamente laboral con su padre no se había visto afectada. Un duque siempre debía mantener contacto con los administradores de los condados bajo su dominio, y para mi padre mi desacuerdo personal no tuvo importancia alguna.
Solía decir: Que las relaciones personales no afecten los negocios; de ser así, estarías siendo inmaduro.
—Lord Dorset —para todos resultó imperceptible el tono cortante de mis palabras. Además, la manera en que sus ojos miraban a Lady Campbell lo convertía en mi rival. Nadie podría interponerse en mis planes; debía ser lo más determinante posible para vengarme de esa mujer a como diera lugar.
Cuando aquel hombre de presencia poco grata se marchó, aproveché la oportunidad. Intenté sonreír de la manera más cordial posible ante la señorita Campbell.
—Mi lord, le presento a mi hija, Ellenor —la joven me dedicó una reverencia tomando ambos lados de su pomposo y costoso vestido. Tenía muy buen gusto para la ropa y, como Timotti había mencionado en algún momento, era alguien que se vería preciosa del brazo de cualquier Lord.
Durante toda mi vida había sido un hombre sumamente neutral. Sentía resentimiento, eso era cierto, pero eso no significaba que fuera a negar o hacerme el ciego ante lo que tenía delante. Eso era justamente lo que ocurría ahora: Ellenor poseía una belleza innegable. Algo similar pasaba con ciertos animales; por fuera exhibían colores vivos y deslumbrantes, pero al tocarlos resultaban tan tóxicos que causaban la muerte.
—Un placer, Su Excelencia —ese tono de voz era peculiar. No demasiado agudo como era usual en las mujeres de sociedad, pero tampoco excesivamente grave; era el equilibrio perfecto. Intentaba encontrar defectos en ella, algo que, más allá de lo que ya sabía, me llevara a descubrir algún rasgo que la desacreditara a simple vista. Fue imposible. Parecía la perfección hecha mujer, por mucho que lo intentara.
—El placer es mío. No había conocido a una dama tan hermosa en todo Londres —ella bajó la mirada, avergonzada ante mi cumplido, pero la levantó con rapidez mientras intentaba ahogar una sonrisa cargada de lo que parecía ser genuina inocencia.
—Permítame decirle, Excelencia, que en una mujer no es solamente necesaria la belleza —cuando alzó los ojos, esos iris azules me observaron con firmeza. Parecía ser una mujer que decía lo que pensaba sin importarle las consecuencias—. "No hay ningún encanto que iguale la ternura del corazón." Creo que Jane Austen tenía una excelente razón para pensar eso. ¿No lo cree, mi lord?
No pude evitar sonreír con sinceridad. Su comentario me había arrancado una risa genuina a pesar de las circunstancias, pues aquella mujer poseía una inteligencia sin igual y una perspicacia que me sorprendió.
—Al parecer es amante de la literatura inglesa y devota seguidora de las novelas románticas de la señorita Austen —asintió con la cabeza.
—Leer es mi pasatiempo favorito.
Por el breve instante en que aparté los ojos de ella pude percatarme de la infinidad de miradas clavadas en nosotros, la mayoría de manera descortés y sin disimulo alguno. Amante de la lectura: un atributo valioso en una mujer, pues los libros enriquecían la mente, y para un hombre como Arthur la inteligencia pesaba enormemente a la hora de juzgar a una persona.
—Si me lo permite, señorita Campbell, quisiera que me concediera una pieza —ella me miró por unos segundos para después pronunciar un sí cargado de seguridad. Sin perder tiempo la conduje al centro del salón, donde varias parejas bailaban pausadamente mientras susurraban palabras que muchos habrían interpretado como declaraciones de amor o frases de cortejo.
Su cintura era estrecha. Pensé que al colocar mi mano en esa parte de su cuerpo podría causarle incomodidad, pero ocurrió todo lo contrario: parecía completamente segura de su bailar, y su porte al moverse era lo más refinado que había visto en una dama londinense.
—Ahora te entiendo, hermano —pensé. Comprendía ahora el porqué del amor tan pasional y profundo de Arthur hacia ella. Tal vez, si las cosas hubieran sido distintas y me la hubiera cruzado en alguno de mis viajes a Londres, la historia que estaba por comenzar sería otra. La primera parte de mi plan era ganarme su confianza para después definir el segundo paso.
—Excelencia —su melodiosa voz me sacó de mis pensamientos—. Después de este baile regresaré a casa.
Su comentario me desconcertó, pues hacía apenas unos minutos que habíamos comenzado la danza. Parecía cómoda, por lo que me resultó imposible haberla intimidado de alguna manera.
—Mi madre posiblemente piense que sus intenciones son otras si sigo conversando con usted. No quiero que ella sea otra de esas mujeres que buscan casar a sus hijas usando métodos hostiles, así que será mejor que la llevemos a casa antes de que me imagine siendo la próxima duquesa y ponga a mi padre en una situación comprometida —dijo con tono divertido, provocando que su sonrisa resultara contagiosa. Debía admitir que era una mujer sincera. No sería extraño que su madre comenzara a comportarse de manera inusual de un momento a otro; desde que asumí el título, esas situaciones se habían vuelto habituales.
—¿Y si no fueran solo suposiciones de su madre? —Era el momento de jugar mis cartas. Ella entrecerró los ojos y negó levemente con la cabeza—. Le encuentro una belleza y una sagacidad poco comunes.
—No tengo intención de casarme con un duque —¡¿Qué?! Mi cara de asombro no fue de esperarse. Acababa de rechazarme sin que yo siquiera lo hubiera propuesto—. No me mire de esa manera. Nunca me ha gustado ser el centro de atención; ese gusto lo tiene mi hermana gemela, pero no es mi caso.
—¿Qué quiere decir? —pregunté de inmediato, procurando seguir bailando para no llamar la atención de nadie. Ella tardó unos segundos en responder.
—Siendo sincera, Excelencia, los hombres y mujeres que asisten a este baile lo hacen con el objetivo de encontrar pareja cuanto antes. Si me solicitó un baile es porque de cierta manera considera que puedo ser una buena esposa para usted —jamás en mi vida había conocido a una mujer que hablara de esa manera; parecía ir directamente al fondo del asunto sin importarle que sus palabras pudieran escandalizar a quien fuera—. Pero no estoy interesada en convertirme en la próxima duquesa de Edimburgo.
Cuando terminó de susurrar aquellas últimas palabras me dedicó la reverencia característica del final del baile y se perdió entre el mar de gente, dejándome con la cabeza hecha un caos. La sorpresa no cabía en mí. Sus palabras habrían espantado a cualquier caballero; fue completamente distinta a todo lo que hubiera podido anticipar. Pensaba que se lanzaría sobre mí al igual que la mayoría de las mujeres, pero no ocurrió así. Fue quien mejor se comportó y quien más directa resultó ser.