Dormir. Una forma de morir.
Muerte. Primer paso para el descanso eterno.
Entonces, si dormir es morir ¿por qué siguen atormentandome pesadillas? ¿No debería, simplemente, no ver ni sentir nada?
Y si morir es el primer paso para el descanso ¿Por qué sigo aferrandome a la vida? soportando el peso de todo lo que implica vivir, cuando siento que de algún modo estoy muerta pero no en paz
Hoy no desperté a mitad de la noche. Espera, si lo hice, sólo que esta vez no gritaba enloquecida. En esta ocasión simplemente abrí los ojos y algunas lágrimas rodaron libremente. No tuve una pesadilla, al menos no una de las comunes. Este era un recuerdo.
Normalmente suelo tener dos tipos de sueños: Las pesadillas y los recuerdos.
Y aún no decido cuál logra dañarme con mejor efecto.
Así que no he pegado ojo desde las cinco treinta de la madrugada.
Sigo en la cama y Tadaline duerme a mi lado, con la mitad de su cuerpo expuesta al frío de la mañana. La cobija está casi en el suelo.
Su cabeza reposa plácidamente sobre la almohada, tranquila y sin perturbaciones.
Que diferente era ella dormida. Lucía como el cuadro de un paisaje en calma. Si tan solo pudiese tenerla siempre así. Quieta y sólo con el ruido de su respirar pausado.
Era como ver mi reflejo. Pero totalmente invertido.
Tada...
Tada...
Guié la punta de mis dedos hasta su pómulo, huesudo y pálido, y deslicé sutilmente. Recorrí la curva bajo sus ojos, un mar oscuro sin orilla. Las ojeras casi podrían llegarle a las mejillas y besarlas. Y, en parte, sé que es mi culpa.
Continúo mi recorrido.
Su nariz. Sus cejas espesas. Sus pestañas. El contorno de sus labios rosados... El arco de su cuello...
Me lamo los labios y alejo mi mano al verla removerse. No debo despertarla, pues lo mínimo que recibiré será un zapato en la cara.
Acomodo la cobija y cubro su cuerpo completamente, y decido levantarme.
Nada como madrugar para iniciar una nueva vida. O al menos empezar a fingirla.
Subi las escaleras y entré a la cocina.
Las caderas de Esme se balanceaban sutilmente de un lado a otro.
La pequeña radio, situada sobre el marco de la ventana, exhalaba melodías a un volumen bajo. La música sonaba y Esme se dejaba arrastrar por ella.
Alguien había despertado de buen humor. Creo que nunca he visto a Esme enojada. Creo que ese era el trabajo de Tada.
—Quiero tú vitalidad —Ella dio un pequeño salto exaltada al ser sorprendida por mi voz. Pero rápidamente se recompuso y sonrió de forma maternal.
—Buenos días, Romy...¿madrugadora hoy? —sirvió una taza de café y la mezcló con leche para luego colocarla frente a mi.
—Gracias —Le di un pequeño sorbo —bueno, Tadaline casi me saca de la cama así que...—Mi intento de bromear es vago y seco pero la hace sonreír.
—Sus posturas al dormir son obras de arte ¿Quieres... —Señaló la sartén aún puesta al fuego con un cucharon. Dubitativa —desayunar?
Lo pense un segundo y asentí para su sorpresa. La alegría invadió su rostro.
Soy plenamente consciente de que Esme acostumbraba a tomar el desayuno sola cada mañana. A menos que Garret se quedése en casa, claro, pero eso era algo que sucedía muy pocas veces.
El resto del tiempo ella se limitaba a disfrutar de la soledad de su casa. A pesar de que ahora la compartía con dos personas.
Eso me hizo sentir culpable en algún lugar. Y mas porque yo sabía que eso era algo que la entristecía.
Además de que la dulce Esme necesitaba desesperadamente de alguien que pudiese depender de ella. Alguien a quien cuidar.
Ella tenía a Tada. Pero era como tener de mascota a algún gatito.
Tadaline es un alma libre e independiente. Y nada cariñosa. Un gatito con garras afiladas que prefería no usar.
Esme poseía la sutil característica que te hacía querer mantenerla con una sonrisa aunque tú no lo sintieras. El querer cuidar de alguien.
Sé que Esme sigue, de algún modo, esperando alguna reacción de parte de Tada.
Que larga y amarga ha de ser su espera.
Yo nunca tuve la oportunidad de dar mi amor a alguno de mis padres. Mi padre a pesar de nunca haber sido malo conmigo, nunca estaba. Y mi madre... Bueno, ya sabemos como era. También como terminó.
—Esme yo... — ella me miró sólo un segundo antes de regresar su atención a la cocina y revolver el contenido en la sartén —Quiero salir.
Sus movimientos se detuvieron.
—¿De verdad? —Asentí.
Me miro por encima del hombro y una sonrisita asomó a su rostro. Apagó la cocina y empezó a servir el desayuno.
—¿Estás... —Empezó, pero sacudió la cabeza y pensó nuevamente —Segura? Cariño, nadie te presiona, está bien si prefieres estar en la habitación. Lo que necesites...
—Estoy segura —la determinación debió asomar a mi rostro —No puedo seguir escondiendome.
Aunque eso era lo que deseaba. Sabía que no podía seguir así. Además, las mejores sonrisas son las que se fingen ¿no es así?
Puedes hacerlo... tú puedes. Y si no puedes entonces fingelo. Dañate si eso te mantiene a flote. Pero sal.
—¿Irás al Instituto, entonces?
Comí un poco de pan tostado y café.
—Me dieron un mes de luto —Miré la orilla de la encimera y limpie con mi dedo polvo invisible. ¿Quería volver al instituto? No, la verdad no. En ese lugar todo se sabía, y por ende las miradas pesaban aún más. Pero no ir no era parte del plan de superación ¿cierto?
Además, me sentía curiosa de mi misma. Quería saber que tan bien podría manejar la situación.
—Pero ya he tenido suficiente —Susurré, sobre todo para mi.
—Ay, cariño. Te apoyo en lo quieras —Mascullo, aún con la boca llena, comprensiva.
—¿Por qué? —pregunté de pronto.
—¿Que cosa?
—¿Por qué eres tan comprensiva... Por qué me ayudas tanto? —sentía el nudo formarse en mi garganta.
Ella pensó solo un poco.
—Porque veo en ti el reflejo de alguien más. Y yo hubiese deseado hacer más por ese alguien desde el inicio —Sonrió con tristeza, sumida en algún recuerdo. Me limité sólo a observarla. —Y, cariño, yo no puedo tener hijos. —arrugo la nariz y soltó una risita, muy propia de ella —Pero ahora tengo tres. Adrien incluido.
Una sonrisa débil tiró de mis labios y Esme me miró con aire cómplice.
—Aunque, tu no quieres a Adrien para hermano ¿cierto?
Mis ojos se abrieron de par en par y rápidamente fui por mi taza de café, para fingir demencia y eso sólo hizo que Esme se carcajeara.
—Ay, cariño.
Y terminamos de comer en silencio.
(... )
—Bueno, aquí está tu parada —Miré a través de la ventana del auto y luego a ella. Sus dedos presionaban con fuerza el volante. Se encontraba nerviosa. Lo notaba por la forma en la que sus nudillos se decoloraban al empuñar tanto sus manos.
—Gracias, Esme.
Se llevó una mano al cuello y subió hasta hundir los dedos en su cabello.
—¿Estás segura, linda? Sabes que a Garret no le molesta en los mas mínimo... —Miro por encima de mi en dirección al local de McDonald's frente a nosotras.
—Está bien... Pero no estoy segura de querer ir al Instituto... —Dejé caer, pero mi expresión me delató. Sonrió con dulzura.
—Si, buen intento. Regresarás al Instituto —Me apuntó con su dedo índice y frunció las cejas juguetonamente —Bueno, en realidad bromeó. No irás si no quieres.
Negué divertida y bajé del auto y ella me imitó.
El repiqueteo de sus tacones se alzó a mi lado, chocaban contra el piso y hacían eco dentro de mi cabeza. Aún así me mantuve inmutable. Me molestaba, pero preferí ignorar la sensación de vértigo que me ocasionaba y sólo caminar.
Recuerdo cuanto odiaba que mamá usará tacones y más porque al no saber caminar con ellos, era el doble de tortura para mis oídos.
Había pocas personas alrededor y dentro del local. No obstante, se sentía extraño ver caras nuevas.
¿cuanto tiempo había pasado en la oscuridad? Se que sólo fueron unos días, pero justo ahora se siente como si hubiesen sido años.
—Buenos días, que desea ordenar —Rebecca, una joven delgada y pálida, cuyo cabello rubio te hacía imposible, aveces, distinguir dónde terminaba su cara y empezaba su pelo, nos miraba con una enorme sonrisa que no llegaba a sus ojos.
Un gesto automático.
Ella era linda. Y diría que con aire angelical... Si no pudiese notar esa chispa de dureza en sus ojos, aun cuando sonreía. Me pregunto si yo era la única que notaba la diferencia.
—Oh, nada, cariño —Esme le sonrió dócil—Busco a Garret ¿está?
—Oh, me temo que no. El señor está de viaje... —Ladeó la cabeza a medida que hablaba.
—Ah, es verdad —Esme se llevó una mano a la frente. Luego me miró, de la misma forma a la que mirarías a un niño para darle la noticia de que su pez había muerto —Está en Alemania. No regresará hasta el viernes.
Explicó y sonriendo a Rebecca una ultima vez se dio la vuelta para alejarse. Me encargué de seguirla.
—¿Alemania? —Pregunté, anonada.
—Allá está su hijo. Se fue un tiempo allá porque alguien lo recomendó. Es psicólogo, Linda —Abre la puerta del local para nosotras y la brisa de la mañana nos golpea con suavidad —Garret tiene familia allá también. Así que supongo que regresarán ambos.
—¿Garret tiene un hijo? —Fue lo único que pude preguntar antes de subir al auto.
—Asi es. Tiene 24 años.
Asentí con lentitud viendo como sus manos buscaban las llaves del auto.
—Espera! —Pedí cuando las metió en la ranura. Me miró extrañada —Quiero quedarme.
—¿A trabajar?
Asentí. Esme me miró segundos que me parecieron eternos, dudando. Dudando mucho.
Comprendía porqué se negaba tanto a dejarme ir.
Ella escuchaba mis gritos por las noches aún cuando no lo mencionaba. Notaba mi renuencia a salir de casa. El caos mental en el que podía sumarme si pasaba demasiado tiempo en silencio.
—Claro —Finalmente cedió —Es... Es... Maravilloso.
Sonrió forzada, pero no agregó nada mas. Se inclinó sobre su asiento y me obsequió un breve abrazo. Uno que respondí gustosa. Imaginando que ella era mi madre, no la que murió, sino mi madre y ya. Un ser lleno de alegría y amor.
Y sentí un nudo en la garganta al separarme de ella y sin mas bajé del auto.
Voy a estar bien. Nada de pánico ni gritos dentro de mi cabeza. Todo estaba perfectamente controlado.
Eso pensé mientras la veía alejarse. Batí mi mano en su dirección aun cuando el auto se había alejado lo suficiente como para ya no poder verme. Era una reacción mecánica y vacía.
Era como simplemente estar dormida, pero sintiendo como si algo se fuera de mi.
(...)
—Ah... —La chica detrás del mostrador me observó con los labios entre abiertos. Confundida. Creo que su nombre era Alisson. Ya Rebecca no se veía por ningún lado.
Cambio el peso de su cuerpo de un lugar a otro y regresó la vista un segundo a la pantalla del computador.
Comprendía que ella sintiese que me faltaba un tornillo. Quizá si, pero hoy no es día de confesiones. Probablemente no pensé bien lo de "Quiero quedarme" cuando Esme se iba.
La chica no entendía por qué, si de la nada había desaparecido, suponiendo que Garret no haya dado mayores explicaciones por respeto, de repente yo llegaba con una coleta desordenada y sin uniforme a decir, como si fuese la dueña del lugar "he venido a trabajar". Si ella sintiese ganas de reirse de mi y luego echarme, no la juzgaría.
Y, por supuesto, me gustaría aclarar que yo me veía, mas o menos, como Tadaline. Mis pantalones eran negros, me venían algo holgados pero me quedaban perfectos en la cintura. Unas zapatillas del mismo color y una sudadera morado oscuro. Agregando como pizca de sal mi aspecto triste y ojeras.
He usado, duranta las dos ultimas semanas, la ropa de Tadaline. Ella es mas alta, asi que las botas de sus pantalones se arrastran a veces. También tiene mas busto. En cuanto a la ropa interior Esme me regaló algunas prendas. Fue lo unico de Tada que no me permití usar.
En resumen. No he ido a casa. No planeo ir, tampoco. No quiero.
Es como dar un paso al vacío... dejarme arrastrar por sus finas y afiladas garras y, posteriormente, dejarme caer. Quizá estaba haciendo un esfuerzo para salir y al menos ir al instituto, aunque no he ido, y a trabajar, pero no estoy segura de querer pisar, siquiera el marco de la puerta. Serían demasiados recuerdos y fantasmas.
—No llevas la ropa... ¿Rosa? —Masculló la chica, tímida y apenada. Ese papel debería estar interpretandolo yo. No ella.
—Romina —Me pasé la lengua por el labio inferior. Empezaba a frustrarme —Puedo quedarme en la cocina. Freir papas o preparar helados.
No es por alardear pero freir papas se me daba bastante bien.
—No sé... —Dudó.
—¿Algún problema?
—Rebecca —La Pelirroja detrás del mostrador suspiró con alivió y casi se oculto detrás de la recien llegada —Ella dice que vino a trabajar pero...
Ambas me dieron un ojeada. Rebecca levantó una ceja y me sentí un poco cohibida. Sentía que su mirada me quemaba con intensidad.
—¿Segura? —Inquierió la Rubia.
Asentí firme.
—Bueno. Estamos esperando a que traigan carne para hamburguesas y otras cosas. Somos solo tres. Una debe estar en el mostrador, una atender y la otra recibir la mercancía. Asi que está bien, necesitabamos alguien en la cocina.
Alisson la miró un segundo y luego a mi. Finalmente frunció las cejas.
—Es cierto.
—Entonces está decidido —Dijo Rebecca —Quedate en la cocina. Te daremos una camiseta y delantal. Lavate las manos y estás lista.
Sonreí solo con mis labios. Al menos había ganado esa.
(....)
La cocina del local era pequeña. Bueno, mas bien era un espacio para solo dos personas. y estaba dividido en dos secciones.
Postres.
Grasas.
Me gustaba servir helados. Pero como mencione anteriormente mi área son las papas.
Las ultimas tres horas he permanecido aquí. En medio de la estufa y la máquina de helado que volteba a mirar cada diez minutos. ¿la gente desayunaba helados o qué era?
Me pregunto ¿si le pido a Esme que me deje desayunar helado todos los días, con un buen mohin de niña pequeña, me lo permitiría?
Si, creo que probablemente si.
—¿Necesitas ayuda en algo, Romina?
Carla, la tercera empleada, estaba recostada sobre el marco de la puerta. Tenía los brazos cruzados y una sonrisa dulce y sincera en el rostro. Ella debía de ser de esas chicas que no podrían mentir ni para decir que ya había sacado la basura, cuando en realidad había estado ocultandola bajo la alfombra.
Ella me caía bien. Y era menos tímina y mas conversadora que Rebecca y Alisson. Aunque ¿quién demonios era yo para hablar?
No seas hipócrita, Romina.
Negué con la cabeza y volví la mirada a las papas que bailoteaban en el aceite y empecé a sacarlas. ¿Me pregunté si con las personas en el infierno era igual? Solo que esas personas jamas salían de ese lugar.
—Carla —Escuché la voz de Rebecca y voltee a mirar, pero ya Carla estaba de espaladas. Ella tenía una cintura pequeña, pero sus hombros eran demasiado anchos —Un helado de oreo, extra chocolate.
Me volví a la máquina de helados sin esperar a que me lo pidiera.
—¿Andy? —Preguntó Carla con una mota divertida en su voz.
—Ya sabes como es —La voz de Rebecca se me antojó un poco cansada. Pero no del tipo de cansancio que te ganas al durar cinco días sin dormir. Era el tipo de cansancio que obtenías cuando algo o alguien no te dejaba en paz. Algo así como un mosquito.
—¿Romina, puedes...? —Carla dejó la frase a medio camino. Sonrió alegre y tomó el helado de Oreo con doble chocolate que yo le tendía.
Me guiñó un ojo y salió fuera. La seguí, pero me detuve en el marco de la puerta, cuya ubicación estaba estratégicamente colocada. No podías ver mucho desde fuera, pero si todo desde dentro. Perfecto para vigilar o espiar.
Seguí a Carla dejando que mis ojos se convirtieran en una pelota. Mi atención rebotaba de un lugar a otro. Ella le entregó el helado a Rebecca y esta le sonrió sin ánimo. Le dejó el mostrador a Alisson y Carla y zigzagueo entre algunas mesas vacías hasta llegar a una situada junto a la ventana.
En ella estaba sentado un niño rubio. Llevaba bufanda y zapatis rojos. Sonrió con alegría a ver a Rebecca. No supe si era por ella o el helado. Probablemente fuese lo segundo opción.
El pequeño balanceo sus pies y cogió el helado entre sus manos. Empezó a comer sin pensarlo dos veces.
Ella le dijo algo y el solo asintió en respuesta.
Quizá el pequeño estaba perdido y ella le preguntaba por eso. Pero, ella había dicho que era para Andy. Ella claramente sabía quien era el pequeño.
Y claramente yo deduje que ese pequeño era el causante del fastidio en su voz.
El local estaba casi vacío. Faltaba poco para cerrar y a esta hora la gente buscaba un buen lugar para almorzar.
Ella y el niño intercambiaron algunas palabras mas, hasta que la puerta de entrada se abrió, y un chico alto, guapo y con el cabello como la canela entró al lugar. Sentí un chillido de emoción y voltee rapidamente a ver a Alisson. Se mordía el labio y Carla sonreía casi hipnotizada.
—Vinieron a ver a Rebecca —cuchichearon ambas. Volví mi atención al chico y como este se acercaba a Rebecca y el niño
Vaya.
Tomo al niño en sus brazos cuando este corrió hacia él, y miró con el ceño fruncido el helado que la rubia sostenía en su mano.
—Lo pagaré —Mascullo rápidamente.
—Dios! Que voz mas... —Alisson seguía mordiendo su labio. Rodé los ojos.
—Está bien. La casa invita —Lo tranquilizó Rebecca.
—¿Todos los días? De verdad yo...
—Dereck no me molesta —Sonrió.
—Becca me dijo que no puede ir a mi fiesta de cumpleaños —el pequeño hizo un mohin, pero Becca (Rebecca) le ofreció el helado a medio comer rapidamente.
—Lo siento —Se excusó la rubia. Pero algo me decía que en realidad no lo sentía.
—¿Vienes a ver a Rebecca, Dereck?— preguntó Andy de los más tranquilo mientras comía de su helado.
Observo a Rebecca sonreir. Totalmente complacida y a Dereck reír con nerviosismo.
—Enano, tengo que llevarte de vuelta con tu madre. Llegaré tarde al trabajo. Nos vemos luego, Rebecca.
—Cuando quieras.
Andy le pidió a Dereck que lo acercara a Rebecca para, tiernamente, dejar un beso en la mejilla de ella.
Y luego sin mas salieron del local.
—Aaah, es taaaan hermoso el amor. Y ese niño es tan adorable—Cantureo soñadora Carla dando media vuelta para ordenar facturas, y Alisson se concentró en la pareja que deseaba ser atendida.
Por esa razón, ellas no se percataron de la mueca de desagrado en la cara de la angelical rubia de pie junto a la mesa de la ventana.
Tampoco de como Rebecca se llevó a la mano a la mejilla y acarició, o mas bien, limpió el lugar donde el niño Andy le había dejado aquel tierno beso.
Ella se dió la vuelta y nuestros ojos chocaron, y por primera vez no se forzó a sonreir para cubrir su fachada. Me observo solo un segundo mas y se alejó en dirección al baño.
Una sonrisa casi imperceptible se apoderó de mis labios.
Nadie puede verse tan dulce por fuera y no sentir que se asfixia por dentro. Buena fachada Rebecca.
Pero ¿quién era yo para hablar?
Me di vuelta y entre a la cocina. La pareja estaba ordenando una cajita feliz con extra papas.