La mañana siguiente desperté con mi celular sonando. Una llamada inesperada de Raffael me hizo levantarme de golpe. La luz del sol entraba plenamente por la ventana de mi habitación e hizo que entrecerrara mis ojos acostumbradome al resplandor. Las cortinas movidas eran mecidas por una leve brisa que recorría la calle del vecindario.
Mis ojos se dirigieron al techo y se quedaron ahí unos segundos. Luego llamó mi atención un bulto que yacía dormido en un colchón en el piso de mi habitación. Había olvidado que Annie se quedó a dormir esa noche. Sin mayor información solo pidió que la dejase dormir allí. No pude negarme y no fue necesario que diese explicaciones. Con solo ver sus ojos rojos por el llanto, supe que la cena familiar no había salido bien... otra vez.
Raffael me había llamado porque necesitaba verme en la oficina. De todas formas, yo iba a ir a verlo para contarle todo lo que había descubierto de Amanda y Samantha y su implicación con el accidente. También conversaría sobre mi visita nocturna a Henry, la cual podría prestarse para malos entendidos.
No escondería absolutamente nada a Raffael. Era un acuerdo nuestro para que la relación funcionase, el no guardarnos secretos. Así que yo cumpliría mi parte. Mi consciencia y corazón estarían tranquilos.
Cuando Annie fue despertada por la luz del sol que directamente impactó su rostro, entró en pánico. Observó a su alrededor, cayendo en cuenta que estaba en mi habitación. Hasta que habló aún procesando información.
— ¿Qué sucede?
Fue lo primero en preguntar. Estaba intentando recordar lo sucedido la noche anterior.
— ¿Ah?
Fue lo único que yo pude responderle con muchas dudas.
— ¿Qué hago aquí?
Su cuestionamiento empezaba a asustarme. Annie tendía a ser muy lúcida pero esta vez no lo estaba siendo. ¿Qué había ocurrido con ella?
— ¿En serio no te recuerdas?
Ella negó.
— Creí que estabas ofuscada después de la cena familiar. Por tus ojos rojizos noté que habías llorado.
— La cena con mi familia salió bien. Después de ello, quedé en verme con Philipp. Luego no recuerdo nada.
Ella golpeó su cabeza desesperada.
— ¡Tengo que recordar!
Gritó levantándose de golpe. Me levanté de la cama y me fui directamente a abrazarla para tranquilizarla.
— Me llamaste llorando. Dijiste que necesitabas quedarte acá. Cuando llegué, estabas como perdida.
— Creo que alguien me drogó.
— ¿Qué?
— Es la única explicación que encuentro a no recordar nada.
— ¿Viste a Philipp?
— No lo recuerdo.
— ¿Y si fue él?
— No lo creo. Confío plenamente en él. Philipp jamás me haría daño.
— Si tu confías es él, yo también. Mientras puedes quedarte aquí, yo tengo que ir de inmediato a la oficina de Raffael . Le contaré lo que descubrimos ayer. Después podría ser demasiado tarde.
— Ve con cuidado.
— Antes debo tomar un baño.
Annie quedó en el piso con la mente en mil pensamientos. Yo tomé una baño y bajé a desayunar. Mis padres había ido a chequeo médico. Así que la casa quedaría sola, a excepción de la presencia de Annie.
Tomé un taxi y me dirigí a la agencia de los Dunne. Cuando puse un pie en el edificio todas las miradas se posaron en mí. Hubo murmullos entre los empleados. No supe realmente lo que comentaban. Lo que sí sabía era que ser la prometida del jefe me ponía en esa situación inevitablemente.
Además con todo lo acontecido en la fiesta de compromiso con las fotografías de Raffael y Samantha, se había desencadenado una serie de chismes de pasillos. Así que solo me dediqué a caminar a la recepción. Algunos de ellos me saludaban con amabilidad fingida.
— Buenos días señorita Doyle.
Saludó la recepcionista quien recién había retocado su maquillaje. Lo pude notar en su delineado.
— Buenos días Diana.
Leí su nombre en el carné en su pecho.
— el señor Dunne la espera.
— Gracias.
Ella se quedó retocando su labial. Al ser la primera imagen de la agencia, ella debía lucir impecable. Entendí su preocupación por la perfección.
Entré al ascensor, apreté el número de piso y me dispuse a esperar. Sin embargo, antes de que este se cerrase, un hombre sonriente apareció ante mí.
— Menos mal. Casi no llegó.
Me sonrió.
— Gracias por esperarme.
El ascensor empezó a subir.
En realidad yo ni siquiera lo había visto. No obstante, me limité a aceptar su agradecimiento.
— Soy Michael.
Se presentó estrechando su mano. Estaba frío.
— Mi nombre es Lena.
Me presenté formalmente. Era un hombre que irradiaba luz. Con una amplia y agradable sonrisa. Sus ojos verdosos no se despegaban de mí.
— ¿Trabajas acá o eres nueva? Nunca te había visto en la agencia.
— No, yo solo vengo a reunirme con alguien.
No quise brindarle más información. No lo conocía. Así que preferí mantenerme a raya. También me pareció extraño que no supiese quién era yo. A ese momento, todo la empresa ya me conocía.
— ¿Y tú eres nuevo?
— No y sí.
— No entiendo.
— Trabajo acá pero acabo de regresar de los Estados Unidos. Eran mis vacaciones anuales.
— Ahora entiendo. Ha sido un gusto Michael.
— Igualmente Lena.
Salimos del ascensor. Cada quien siguió su camino. Su mirada quedó en mi mente pero esta desapareció en cuanto entré a la oficina de Raffael. Él parecía ocupado con su computador. Cuando notó mi presencia se levantó inmediatamente y se dirigió a besarme sin previo aviso.
— ¿Cómo ha estado la mujer más hermosa del mundo?
Se separó un momento para preguntar y luego siguió besándome apasionadamente. Coloqué mis manos en su pecho firme. Él me rodeó sosteniendo con fuerza mi cintura y me atrajó hacia él. Pude sentir lo que se escondía en su entrepierna.
— ¿Lo hacemos aquí?
Preguntó seductoramente. Yo tomé aire porque me faltaba en ese instante. Había mucho calor en el ambiente.
— No creo que sea el lugar indicado.
Jugué con su corbata.
— Soy el jefe, nadie puede decirme nada aquí.
Su voz y su propuesta eran tan tentadoras pero era más importante lo que tenía que decirle. Así que detuve nuestra fantasía de oficina.
Me miraba a los ojos esperando mi respuesta. Sonreí de lado.
— Mejor invitame a tu apartamento esta noche. Prometo que valdrá la pena.
Coloqué mis dedos en sus labios.
— Es una propuesta que me agrada.
— Entonces hoy en tu apartamento.
— Bien.
Tomamos asiento ya más relajados.
— Te pedí que vieneras porque quería verte. Soy adicto a tus besos.
— Me halaga señor Dunne. Debo admitir que también soy adicta a lo suyos.
— Me gusta escucharlo porque los guardo solo para ti.
— Eso espero.
Bromeé.
— También te pedí que vieneras porque mi padre nos ha invitado a cenar con él esta noche.
— Me encanta la idea. Después nos vamos a tu apartamento.
— Creí que sólo yo esperaba con ansias lo de esta noche.
— Pues te equivocas, yo también.
Mordí mis labios. El sonrió complacido.
— Hay algo que quiero contarte.
Dejé de lado nuestra complicidad seductora y me dediqué a narrarle lo que había descubierto el día anterior.
— Descubrí que Amanda fue quien me arrolló el día del accidente.
— ¿Qué?
Su rostro se tensó, lo giró y se quedó estático viendo a la pared.
— Antes de ser embestida pude ver el auto, era un modelo rojo. No te lo conté porque no quería preocuparte a ti ni a mis padres. Pero todo se esclareció en mi mente cuando Amanda y George llegaron a mi casa con tu padre para visitarme. Amanda se fue de mi casa en el mismo auto que vi antes de ser arrollada.
— ¿Por qué no me lo dijiste ese día?
Preguntó girando a verme.
— Porque quería estar completamente segura. Y fue hasta ayer que Annie y yo fuimos al centro comercial. Vimos a Amanda y Samantha, ambas parecían sospechosas. Así que las seguimos y llegamos hasta una agencia de renta de autos. Y comprobamos que Amanda había rentado ese auto. Lo hizo solo para desaparecerme.
— Si esto es cierto. Sería suficiente prueba para demostrarle a mi padre la clase de mujer que es. Así saldría de nuestras vidas para siempre. Y en cuanto a Samantha, se veía venir. Estaba obsesionada conmigo.
Se acercó a mí. Se arrodilló tomando mis manos.
— Me encargaré de buscar la información verificada que pruebe su crimen. Dejamelo a mí.
Besó mis manos.
— Lena, perdóname por todo lo que has pasado al estar junto a mí. Prometo cuidarte más y hacerla pagar por lo que hizo.
— Tú no tienes la culpa.
— Escucha, iremos a cenar con mi padre. No diremos nada por el momento a nadie. Si se enteran que nosotros sabemos. Harían lo imposible por borrar las pruebas.
— Tienes razón.
Cuando salí de su oficina, me sentí más tranquila porque había contando lo que me preocupaba. Además me emocionaba más la cita de esa noche en su apartamento. Sin embargo, mi sonrisa se borró cuando en uno de los solitarios pasillos me encontré cara a cara con George.
— Vaya, vaya. ¿A quién tenemos aquí?
Sonrió de lado de manera divertida.