19. Para siempre es demasiado tiempo.

984 Palabras
Corría subiendo las escaleras a la entrada del edificio gris mezclado con rojo. Una leve llovizna cayendo sobre mí cabello que lo humedecía cada vez más. Relámpagos iluminando el lado este de la ciudad. Me lamenté por no llevar conmigo un paraguas. Pero a decir verdad, no había indicios a que lloviera esa noche. Era una lluvia débil pero constante. Me dirigía con prisa al partamento de Henry. Había recibido una llamada suya, en la que dejaba al descubierto su vulnerabilidad en un mal momento. Annie, no pudo acompañarme porque su padre la necesitaba en una cena familiar. Así que solitaria, salí corriendo porque no quería dejarlo solo. Si había llamado sollozando es porque en realidad necesitaba a alguien y se encontraba mal. Cuando toqué a la puerta. Henry abrió en pijama y en una camiseta blanca. Abrió rápidamente y en segundos regresó a donde había estado solitario toda la noche. Bajo un sofá frente a una chimenea artificial. Sus brazos rodeando sus piernas. Sollozando y con lágrimas que humedecían todo su rostro. Cerré la puerta y caminé hacia él. La débil luz de la chimenea me permitió verle a los ojos. Y darme cuenta que no estaba actuando ni haciéndose la víctima. Henry me necesitaba. Absolutamente nadie, está listo para dejar ir a la mujer más importante de su vida: Su madre. Me acerqué con cierta duda a su reacción pero lo abracé sutilmente. Acaricié su espalda para tranquilizarlo. Aliviar el dolor y la tristeza era imposible pero al menos, mi compañía aportaría algo de medicina a su sufrimiento. — Gracias por venir. Sollozó. — Gracias por no cuestionar mi llamada ni mi petición. Agregó limpiando las lágrimas que habían bajado por sus mejillas. — Somos amigos. Jamás dejaría solo a un amigo que me necesite. Sé que tú harías lo mismo por mí. — En eso tienes razón. Yo haría todo por ti. Me vio a los ojos y luego de darse cuenta que yo no lo podía ver de la misma manera en la que él me veía, apartó su mirada y la colocó en la chimenea de nuevo. — Mi madre se irá de este mundo y no estoy preparado para dejarla ir. — Nadie lo está. Respondí separándome del abrazo. — Pero puedes hacerla sentir amada en estos días, puedes cumplirle sus deseos, llevarla a donde siempre quiso ir. — Sabes, ella siempre quiso verme llegar al altar. Hizo una pausa. Otra vez me vio a los ojos. Esta vez, brillaban en la semi oscuridad de la habitación. — Cuando te conocí, pensé que había conocido que la mujer de mi vida. Pero lastimosamente, ya Raffael había robado tu corazón. Sonreí ante su confesión. Pero sonreí más al recordar a Raffael. — A mamá le hubieras encantado como nuera. — Puedes presentarme ante ella como tu amiga. Nada nos impide hacerlo. — ¿Harías eso por mí? — Por ti y por tu madre. — En serio eres increíble. — Es más, esta noche aún es joven. La lluvia ya debió haber cesado ¿Vamos a caminar? ¿Ver la ciudad en algún mirador frente al mar? — ¿De esta manera? Henry vio su pijama. — De esta manera. Sonreí contagiandolo de mi entusiasmo. — Bien, vamos. Salimos del edificio a pie. Caminar era mi forma de terapia desde siempre. Había aprendido que no existía mejor medicina que aclarar tu mente mientras conversas contigo mismo o con alguien que sabe escuchar, mientras disfrutas de una hermosa vista. Por ello, llevaba a Henry a uno de mis lugares favoritos. — Vivimos tan encerrados en nosotros mismos que no vemos la verdadera belleza de la cosas. Por ejemplo, nunca me había detenido a observar esta parte de la ciudad. Es mágico este lugar. Frente a nosotros se encontraba la ciudad. A nuestros pies y para deleite de nuestros ojos. Las luces de los edificios iluminados contrastaban con el cielo oscuro y nublado. — Quiero quedarme de esta manera. Él me veía perdido. — Con una noche de lluvia, con la ciudad a nuestros pies y con tu compañía. No respondí a ello. Solo sonreí. En ese momento uno de los transeúntes sacó su teléfono y nos tomó una fotografía sin nuestro consentimiento. Me quedé extrañada al percibir el flash. Henry solo lo vio molesto. — ¡Ve a moslestar a otro sitio! Le gritó aún más enfadado. El chico se fue huyendo del enojo de Henry. Después de ello, nos quedamos en silencio viendo el espectáculo visual ante nosotros. — Mi madre siempre deseó nietos y ni mi hermana ni yo se los dimos. — ¿Tienes una hermana? — Sí, ella se alejó de la familia para buscar fama. — ¿Lo consiguió? — De hecho sí, ahora es una super modelo. — Debe ser muy hermosa. — Lo es. Lo supo aprovechar y ahora se ha olvidado de mamá. — ¿Sabe sobre el diagnóstico de tu madre? — Sí, solo que no ya hecho ni el mínimo esfuerzo por acercarse. — Lo siento. Fue lo único que pude decir. Mi teléfono empezó a vibrar. Era Annie que me estaba llamando. — ¿Lena, estás en casa? — Aún no. Respondí viendo a Henry que estiraba sus brazos. — ¿Puedo quedarme esta noche en tu casa? — Claro. — Nos vemos allá entonces. Ahí te contaré lo ocurrido. Colgó la llamada. Annie sonaba aterrada. ¿Qué había pasado en la cena de su familia? — Henry, yo tengo que llegar a casa pronto. Annie me quiere ver. — Regresemos al apartamento y te llevaré a tu casa en mi auto. Vi mi reloj, era tarde. Así que acepté su propuesta. Además no podía ir sola por ahí. Lo que no sabía era que las acciones de esa noche traerían grandes consecuencias a mi vida. Tampoco que todo estaba por cambiar en cuanto a mi relación con Raffael.
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