Capítulo 34

1617 Palabras
Narra Roberto  ¡POR LA RECHUCHA! ¡Estoy cabreado! ¡EMPUTECIDO! ¿Por qué cresta Andrea siempre me trata como las hueas? ¡Soy un puto perro de la calle para ella! ¡Cuando se le da la puta gana me alimenta o me agarra a patadas! Subí las escaleras de dos en dos, tomé mi billetera con los documentos, las llaves del auto y una chaqueta de mezclilla, bajé las escaleras al igual como subí y al llegar al último escalón, mi hermano aparece de la nada con Selenita en sus brazos, quise escaparme sin decir nada, pero me hace una pregunta hueona: - ¿Vas a salir? – tengo rabia, estoy chato, así que le contesté con sarcasmo. - ¡No! ¡Solo me gusta pasearme por la casa con una chaqueta en la mano! – Rex me miró con suficiencia, dio un suspiro y volvió a preguntar: - ¿Y a dónde vas? – el enojo no se me pasa y con una rabia que se desborda de apoco le respondo: - ¡A la mierda! ¡Me voy a la mierda! ¡Voy a visitar a todos los hueones que mandé para allá! – No sé cuál es la tonalidad de mi voz, pero al parecer asusté a mi sobrina, abrió mucho los ojos cuando me escuchó y enseguida empezó a llorar. Rex acomodó a su hija en su pecho y con su voz suave comenzó a susurrarle, de pronto me miró con ojos de asesino y me dice: - Cuando llegues allá, dúchate con agua fría y no vuelvas hasta que se te pase la hueá. – Siguió su camino subiendo las escaleras, la verdad si me sentí un poco mal cuando vi a mi sobrinita asustada, pero eso no me quita el enojo, solo me hace recordar el por qué comenzó. Salí de la casa dando un portazo y me subí al auto sin saber a dónde ir. Cuando me alejé lo suficiente de la casa de los Dossmar, se me ocurrió ir a buscar al Martín, necesito pasar este trago amargo con un par de cervezas y un amigo. Cuando llegué al departamento de mi amigo, pensé en que debí llamarlo primero, pero da igual, no creo que esté muy ocupado, por esa razón toqué la puerta con toda confianza. Toqué varias veces, talvez no hay nadie, vine por las puras, insistí una vez más y esta vez escuché un grito lleno de enojo. - ¡¿QUIÉN CHUCHA ES?! ¡¿QUÉ MIERDA QUIERE?! – Parece que llegué en un mal momento. - ¡Martín! ¡Soy yo, Rob! ¡Pero, tranquilo! ¡Me voy! – de pronto siento como si algo se cayera y un grito más ameno intenta detenerme: - ¡No! ¡Espera, hueón! – escuché más ruido y de pronto se abre la puerta. - ¡Rob! ¡Hola poh, culiao! ¿Qué mierda estay haciendo aquí? Ni avisay que vení. Me saludó dándome la mano y un abrazo, el hueón de Martín salió sin polera a recibirme y todo sopeado. - Se me olvidó llamar, ni siquiera yo sabía que iba a venir para acá. – Martín puso una expresión de preocupación. - ¿Te pasó algo, hueón? – sin querer miré sobre el hombro de Martín y vi a la Pauli caminando hacia una pieza, con la polera de mi amigo. - Aaamh… mejor voy donde el Braulio, parece que tú estás ocupado. – Soy un hueón, debí llamar primero, ¿cómo no se me ocurrió que estos dos podían estar culeando? - No, tranquilo, pasa. - No, no pasa nada, mejor voy a pasar el rato en la vulca. – esta vez voy a llamar, pero voy a tener que buscar un teléfono público, porque me tinca que se me quedó el celular en el velador. - ¡A ver hueón! ¡Espérate un rato! ¿Voh viniste a tomar? - ¿Soy tan predecible? - Aaaamh… - Martín se pasó la mano por el pelo y me dijo. - ¡Ya caché! Tú no viniste a verme, viniste a buscarme. – No alcancé a decir nada cuando este hueón me toma de un ala y me sienta en el sillón. – espérame un rato, hablo con la Pauli, me pego un duchazo y salimos. Al parecer no tengo otra opción, tendré que esperarlo. Me quedé quieto apoyado en el respaldo del sillón mirando el techo hasta que de pronto escucho una conversación que me parece algo incómoda, ya que no cerraron la puerta de su pieza para hablar. - ¿Y a qué vino Rob? – le pregunta la Pauli a Martín. - Ni idea, pero estoy seguro de que le pasó alguna hueá que lo deprimió, así qué tal vez no llegue en la noche. - Entonces ¿No vamos a salir mañana? - Flaquita, tranquila, aunque sea como “Zombie”, me voy contigo a la playa. – escucho el sonido de un beso y eso me hace sentir más mal que la cresta ¿Por qué cuentan plata delante de los pobres? - Bueno, al fin y al cabo, ya está pagado el arriendo de la cabaña por una semana y los pasajes de bus también. - ¡Sí! Y no soy tan hueón, le puse alarma a mi reloj y le puedo pedir a uno de esos dos hueones que me traiga en auto. – volví a oír como se besaban y la Pauli le dice: - ¡Ya! Anda a bañarte para que Rob no te espere tanto rato. – el golpe de una palmada y unas risas cómplices me llenaron de envidia. Mientras que Martín se fue al baño, la Pauli sale de la pieza y se sienta en un sofá que está al lado de donde yo estoy. - Hola, Rob ¿Cómo estás? - Bien, estoy bien ¿Y tú? - También estoy bien ¿Y cómo esta tu polola? – por un impulso involuntario gruñí, pero fingiendo demencia le respondí con una falsa sonrisa. - Ella también está bien. - ¿Seguro? Todavía es tu polola ¿Verdad? - ¿Qué mierda? ¿Cuál es la idea con poner el dedo en la llaga? ¿Acaso adivinó que tengo problemas con ella? Apreté los dientes y conteniendo mi rabia, le respondí: - Sí, ella todavía es mi polola. – Y espero que lo siga siendo cuando vuelva, ya que mañana se va a ver con este hueón ¿Por qué aceptó salir con ese mierda si ni lo conoce? ¡Agh! - ¡Ya! Estoy listo. – me paré como si me hubieran puesto un petardo en el poto y dije apretando los puños. - Ok, vamos, quiero llegar luego dónde el Braulio. - Bueno. - mientras caminaba hacia la puerta, mi amigo se despidió dándole un tremendo calugazo a su polola. - Chao flaquita, cualquier cosa te llamo. - Chao, gordito. – Estaba por cruzar la puerta cuando la Pauli dice: - Chao, Rob, mándale saludos a tu polola. Tomé mucho aire por la nariz y le dije de mala gana. - Claro, le daré tus saludos. – en este momento ni siquiera quiero recordar que tengo una polola y ella insiste en recordármela, como si supiera que tuve un problema con Andrea. Cuando salimos del edificio, Martín me pregunta: - ¿Qué micro tomamos? Una pasa por el paradero de aquí enfrente y nos deja a dos cuadras de la vulca y la otra hay que ir a tomarla a vicuña, esa nos deja justo al lado del Braulio. – ¡Mierda! Al parecer no he hablado hace mucho con los cabros, se me olvidó decirles que no ando a pata. - Vine en auto. - ¿Cómo? ¿Tienes auto? - Rex me pasó uno. – Me acerqué al Mercedes que está estacionado en la calle, le quité la alarma y el Martín silbó al verlo. - ¡Oye! Tienes un Mercedes del año, si vendiera esta máquina podría comprarme una casa. - Sí, bueno, Rex solo me lo prestó para ir al colegio y salir a algunas partes. – él se ve muy cautivado por el auto, como si nunca hubiera visto uno. - ¡Wau! ¿Tú hermano es rico o qué? – miré a Martín con desdén ¿Cómo puede ser tan hueón? Cuando me vio observándolo con cara de poto, se dio cuenta de lo que dijo y me contestó: - Perdón, me puse hueón, se me olvidó que tu hermano tiene plata. - ¡Como sea! Vámonos. – Apenas subimos al auto y me puse en marcha, mi amigo me pregunta: - Entonces ¿Qué chucha te pasó? – No sé si Martín me conoce muy bien o soy muy obvio con mi forma de actuar, pero al parecer él sabe que quiero vomitar toda esta hueá que me tiene mal. - Pues… - Tuve que tomar mucho aire para desahogarme. Comencé a contarle todo lo que pasó está tarde, en los momentos que más me enojaba aceleraba la marcha y cuando paraba en cada semáforo le daba golpes al manubrio, estaba harto de esta situación y a la vez tengo claro que la vieja de mi polola está buscando la forma de emparejarla con cualquier hueón que le muestre un cartón universitario junto con una cuenta corriente con varios ceros a la derecha. Mientras hablo, mi mente divaga en un pensamiento recurrente, tengo la idea de que estoy en un laberinto sin salida donde Andrea y yo nos perdemos sin poder encontrarnos, llevo como tres meses pololeando con ella, pero estoy tan cansado de algunas cosas como si hubiera pasado una década.
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