CELOS

1499 Palabras
CAPÍTULO 6 CAMILE Pasaron dos meses en los que la soledad se apoderó de mí. No más salidas, no más nada. Tomaba taxi para poder transportarme y mi casa parecía una mansión, ahora que era sólo para mí. Una vida patética para una persona patética. En el trabajo, todo parecía ir bien. Tina me ayudó mucho y gracias a ella logré esbozar algunas sonrisas honestas. Oscar también se volvió muy cercano, a veces nos juntábamos en casa para cenar y reír un poco. Por otra parte, Brian y yo de alguna manera comenzábamos a entablar una pequeña amistad, si es que se le podía llamar de aquella manera. Era extraño, pues él seguía comportándose reservado y con esa seriedad de los mil demonios, pero... ahora era agradable. ─¡Por fin, casita! ─Exclamó Oscar a mi lado cuando llegamos a L.A. Reí. ─ No seas exagerado. ─Cam, salimos desde ayer y no habíamos regresado. No sé tú, pero yo extraño a Gualá. ─Lo lamento, no puedo comprenderte. No tengo mascotas. ─¡Alguien regálele una mascota a esta pobre desamparada! ─Soltó Oscar en voz alta. ─¡Guarda silencio! ─Musité entre risas. ─¿Tomarás taxi? ─Me preguntó, cambiando el tema. Así era él, parecía un niño de cinco años. ─Sí. ─Un cansado suspiro apareció─ Prometo que ya compraré auto. Emprendí camino. Los taxis del aeropuerto cobraban una millonada, así es que caminaba cinco cuadras más allá para poder conseguir uno con tarifas humanas. Estaba a punto de llegar al sitio más cercano, cuando un auto a mi espalda hizo  cambio de luces, no presté mucha atención, pero pronto sonó el claxon. Giré por instinto y tuve que cubrir mis ojos, pues la luz cegadora de los faros me obligó a hacerlo. ─¿Gustas que te lleve a casa? ─Brian Mouque se encontraba  ya con medio cuerpo sobre la acera. Sonreí y asentí. ─ Gracias. Ambos subimos al auto y éste mismo inició la marcha. ─¿Sabes? Estoy hambriento. ¿Te molesta si nos detenemos a comer algo antes de ir a casa? ─Cuestionó. ─Para nada ─respondí amablemente. Cuando dijo eso, sinceramente imaginé que pasaríamos por el autoservicio de algún restaurante de comida rápida, o quizá, tan sólo pasar a un seven eleven por algún sándwich, pero no. Ese ocurrente y atrevido piloto me llevó a cenar a uno de los restaurantes más exclusivos en Los Ángeles. Sus precios eran extraordinarios. Un platillo, con su bebida, entrada y postre sencillo, podrían sobrepasar mi sueldo con facilidad. ─¿Qué ordenarás? ─Cuestionó, atento a su menú. ─Yo... creo que sólo algo para beber .─Sonreí. ─Vamos Camile, no hemos comido nada en todo el día. ─Tú no has comido ─aclaré con orgullo ─ Yo sí. Comí un par de barritas en el avión. ─Eso está prohibido, ¿Lo sabías? ─Cuestionó con una media sonrisa. ─Lo sé, pero confío en ti. Sé que no me delatarás. Él rió de vuelta. ─ Ordena algo, anda. ─¿Te soy honesta? ─Solté, viendo el menú aterrorizada─ Esto es demasiado costoso y, el agua es lo único que vale la pena pagar. ─La comida corre por mi cuenta, no te preocupes por eso ─advirtió. ─Gracias, pero no gracias. Estoy bien así. El mesero llegó y Brian ordenó rápidamente, sin preámbulos, sin  titubeos. Vaya que el pobre estaba desesperado por comer algo. ─¿Y para la señorita? ─Cuestionó con gracia el camarero. ─Un agua, por favor. ─¿Algo más? Estuve a punto de responder, pero Brian arrebató mi palabra. ─ Lo mismo que ordené para ella, por favor. ─Bien, ¿sería todo? ─Brian asintió─. En un momento regresamos─ dicho esto, desapareció. ─¿Por qué? ─Una divertida sonrisa brotó de mí. ─No permitiré que no comas. ─¿Qué tal si no me gusta lo que ordenaste? ─Camile, el tiempo que llevamos trabajando juntos me ha permitido contemplar que comes de todo, y en cualquier caso, por eso pedí lo mismo que yo. Si no te gusta, yo me lo puedo comer por ti. ─Eres inteligente, Mouque. Fue una agradable noche a su lado, debo admitir. Por primera vez, su papel de hombre serio y recatado cedió, permitiéndome conocer a un piloto feliz, risueño y amable. La siguiente jornada de trabajo pasó en un abrir y cerrar de ojos, pues el vuelo llegó temprano. Ya tenía mi plan hecho, regresaría a casa para descansar, hacer un bol de palomitas y tirarme sobre la alfombra de mi sala viendo una película de romance y drama que me hiciera llorar a mares, pero... la vida no permitió que fuera de esa manera. Ella quería dejarme claro lo miserable que era. En la entrada del aeropuerto se encontraba Sean, aguardaba por mí. ─¿Qué haces aquí? ─Pregunté, escéptica. ─Necesito hablar contigo. ─No creo que tú y yo tengamos algo por hablar, con permiso ─Dije, y traté de esquivarlo. ─Cometí un error ─Al escuchar aquello, logró captar mi atención. Mi cuerpo automáticamente se giró en su dirección ─ Me equivoqué, y lo lamento. ─Debo irme. ─Intenté caminar de nuevo, quería huir de él, pero me tomó suavemente del brazo, impidiéndolo─ Suéltame Sean, por favor. ─Escúchame ─acongojado, rogó─. Te amo, Cami, te amo como jamás he amado a nadie más y... en este tiempo que estuvimos separados, lo comprendí. Perdóname por ser un completo idiota. Suspiré. ─ Sean, por favor... ─Te lo suplico, Cami. Dame una oportunidad. No quiero estar sin ti. ─Lo siento, yo... no puedo. ─Te lo ruego. ─Sean... ─Fui el mayor idiota sobre la faz de la tierra, eso lo sé. Pero ─suspiró─, no puedo vivir sin ti. Quise hablarte antes, pero no me atreví, me avergonzaba por lo mal que te traté y... ahora, yo tan sólo... ─Sean...─insistí. Tenía miedo, no quería caer rendida a sus pies. ─Me di cuenta de que si no actuaba rápido, el tiempo se agotaría, y te perdería para siempre. Por favor, dime que aún no es tarde ─Sujetó mis manos con aquel cariño que hace mucho se había esfumado entre nosotros. No tenía palabras para responder, no quería estar ahí, pero al mismo tiempo comenzaba a llenarme de esperanza. ─Por favor, Cam. Eres lo único que tengo en la maldita vida. No sabes lo miserable que han sido estas semanas para mí, ¡Perdóname! ─Esperó un momento mi respuesta, pero no la recibió─ Te extraño demasiado. Me mantuve en silencio solo unos segundos. ─...Yo también. ─Sé que me comporté como un patán. Pero todos cometemos errores, te pido sólo una oportunidad más...¡Una! Una sonrisa inundó mi rostro. Era Sean, maldición. Ese hombre que siempre había estado ahí para mí, al que amaba con todo el corazón. El que tanto había sufrido, el que convertía mis días lluviosos en preciosos arcoíris. Compartíamos un par de miradas, cuando el paso de Brian Mouque a mi lado logró distraer mi atención por un momento, aunque él ni siquiera me miró. No le tomé mucha importancia, me encontraba entusiasmada por la inesperada aparición de Sean. Si él en verdad estaba arrepentido, probablemente había oportunidad para que nuestra relación se enmendara. Mis sentimientos por él eran fuertes y reales. Al final se había comportado como la peor escoria, pero no siempre fue así, y tenía esperanza de reencontrarme con el Sean que solía ser. Esa noche fuimos a cenar a unos de esos restaurantes que logran marcar la historia de tu feliz y romántico noviazgo. Tan sólo platicamos, reímos y pasamos un bonito momento, de aquellos que hace varios meses no teníamos, mientras revivíamos hermosos recuerdos que habían sido ya guardados en el fondo del baúl. Sean volvió a ser el hombre del que me enamoré, y me encontraba feliz por ello. Llegué al aeropuerto con una radiante sonrisa en mi rostro a la mañana siguiente. Oh, la felicidad que sentía lograba opacar cualquier buen sentimiento en el lugar. Mi chispa era grande, entusiasta, pero sobre todo, enamoradiza. ─Hey, ¿Qué sucedió anoche? ─Preguntó Oscar con curiosidad al notar mi extraña felicidad. Asomé una sonrisa baja. ─ Nada. Me miró por un momento, achicando la mirada. ─Sólo aclararé que eso no me lo creo. Pude divisar a Mouque a unos cuántos metros de distancia en ese momento. Sonreí e intenté levantar mi mano para saludarle, pero tomó otro camino antes de poder hacerlo. Subimos al avión. Comenzamos  nuestro trabajo hasta que la presencia del copiloto se hizo presente, y eso sólo significaba una cosa, Mouque estaba por entrar. ─Hola, Chad ─ saludé con una amplia sonrisa. ─Hola, Camile. Buenos días ─respondió amablemente, como de costumbre─ Oscar ─Asintió acompañado de una sonrisa y entró a la cabina. Sonreí y dirigí la mirada hacía Mouque, quien recién entraba. Por supuesto, me miraba con esa hórrida seriedad, pero no era aquella de todos los días. Esta era aún más sería que de costumbre, ¿Acaso eso era posible? ─Hola, Brian. ─¿Ya está lista la cabina? No quiero entrar y ver el empaque de galletas que Chad se comió ayer. ─¿Qué? ─Solté sin querer, confundida y fuera de órbita. Puso sus ojos en blanco y entró a la cabina. ¿Qué rayos le sucedía a este hombre? A parte de sus escasos modales, se imaginó que yo sería su sirvienta. Quizá era un mal día para él, pero eso no le daba derecho a irradiar su malestar al resto. Ya no lo volví a ver durante el vuelo, pero cuando llegamos a San Diego, hicimos una corta escala, en la que bajamos del avión. Él al parecer me ignoró, pero estaba decidida a hacerme notar. Lo miré a lo lejos, me acerqué para ofrecerle un café. Tan sólo me miró, alzando una de sus pronunciadas cejas, se levantó y sin más, se retiró. ¿Qué le había hecho a este sujeto? 
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR