Capítulo 19
Punto de vista de Gabriella
Era su silencio lo que empezaba a incomodarme. Me pregunto si tiene miedo de mi reacción a todo este “favor” o si simplemente le cuesta demasiado decirlo. Voy a enloquecer en un minuto si no dice lo que quiere decir.
—¿Me dirás cuál es el favor o debo esperar aquí a morir?
—Desafortunadamente, no tengo tanto tiempo. Solo prométeme que al menos considerarás lo que voy a decirte, ¿de acuerdo?
—No te prometo nada hasta que me digas qué pasa. Estaba de buen humor hace un momento y me estás estresando, ¡así que habla antes de que me vuelva loca!
—Vale... quiero que vayas a una cena de negocios conmigo —dijo, y sentí que se me iba todo el aire.
—¿Cena? ¿Y eso es todo? Tu acecho me hizo pensar que tenías planeado al menos un asesinato.
—¿Para qué iba a necesitarte entonces? —me miró, desconcertado.
—Obviamente, para echarme la culpa a mí.
—La única persona a la que suelo querer asesinar es a ti, así que sería difícil no culparte.
—Veo que compartimos fantasías similares… Pero ahora en serio: ¿me estás diciendo que te tragaste tu orgullo y me pediste disculpas en público solo para que fuera a una cena contigo?
—Sí —dijo, y yo me reí.
—De acuerdo —respondí, y me levanté. Empecé a echar un vistazo a su despacho; nunca me había fijado en la decoración, pero había que decir que estaba ambientado con la misma rigidez con la que se comportaba su dueño. No ocultó su sorpresa ante mi respuesta.
—¿"De acuerdo"? ¿Quieres decir que aceptas? ¿Así, sin más? ¿Sin condiciones ni ganas de estrangularme con tus propias manos o al menos envenenarme?
Supongo que la información le llega un poco más despacio de lo normal.
—¿A qué hora debo estar preparada?
—¿No vas a preguntar con quién es la cena o con qué propósito se te invita?
—Supongo que me invitas porque la empresa también es mía y se supone que ambos la representamos. Seguramente se trata de conseguir algún tipo de contrato, ¿no?
—Se trata de establecer cooperación. Pero sí, ese es más o menos el punto.
—¿Lo ves? No estoy tan perdida como crees.
—Nunca he dicho nada parecido. Eres tú quien se empeña en demostrar que, después de todo, es inteligente. Pero yo nunca afirmé lo contrario, así que no sé de dónde sacaste esa obsesión.
Me dejó perpleja. ¿Qué demonios quiere decir? ¡No estoy obsesionada!
—Puede que no hayas dicho nada, pero sé perfectamente lo que estás pensando —suspiró.
—Tienes muchos talentos, pero leer la mente no es uno de ellos. Si lo tuvieras, al menos sabrías que no miento. Pero dejemos eso. Ven, déjame mostrarte tu nueva estación de trabajo.
—¿Un nuevo puesto de trabajo? Creí que iba a volver como practicante.
—Te dije que tenía un nuevo puesto para ti. ¿Me estás escuchando siquiera? —dijo exasperado, sin dejar de juguetear con unos papeles inútiles en su escritorio
— ¿Qué sentido tiene guardar cosas así si solo acumulan polvo?
—¿Quieres dejar de pensar en otras cosas y centrarte en lo que digo?
—Te estoy escuchando. Hoy estás un poco susceptible... ¿Será porque tuviste que tragarte el "lo siento"? —Mi buen humor regresó, y su ceño fruncido también. Era una delicia.
—No te acostumbres. Esto fue cosa de una vez. Y si ya terminaste de celebrar tu triunfo, ven, te mostraré tu nuevo puesto de trabajo.
Esta vez no hice ningún comentario. Solo lo seguí, aunque con una sonrisa de oreja a oreja. Estaba curiosa por ver lo que me había preparado. Entramos en el ascensor y, sorprendentemente, solo bajamos un piso.
—Alguien aquí es un vago y no le gusta usar las escaleras. No sé cómo estás tan en forma... seguro que te inyectas algo para verte mejor —estaba de buen humor y no podía ocultar que pincharlo con sarcasmos después de todo me daba alegría.
—Ahorro tiempo, por eso vamos en ascensor. Por cierto, parece que hoy te pusiste los tacones de aguja más altos que tenías en casa.
—Estos son mis alfileres de la victoria.
—¿Qué? —Ahora fue él quien se echó a reír.
—¡No te rías de mí! ¡Realmente me hacen feliz!
—Entonces, ¿por qué no los usas todos los días?
Le seguí a través del elegante conjunto de escritorios, mientras él no paraba de burlarse.
—Porque me mataría con ellos. ¡Ya viste lo altos que son!
—Entonces, ¿después de todo no traen tanta felicidad?
—Tengo una nueva resolución: ¡no hablaré contigo mientras te sigas burlando de mí! —dije, a lo que él se rió aún más fuerte.
—Alguien parece estar de buen humor hoy —comentó un hombre de unos treinta años que se acercó y estrechó la mano de Adrián a modo de saludo.
—Justo llegamos a ti. Permíteme presentarlos. Christopher, ella es Gabriella. Gabriella, él es Christopher, tu nuevo supervisor.
El hombre me estrechó la mano con una sonrisa cálida.
—Espero que le expliques sus nuevas responsabilidades. Yo me voy a casa; de todos modos, ya perdí medio día.
—Como siempre, un adicto al trabajo. Y yo que esperaba que al fin te comportaras como un ser humano y no como un robot —dijo Chris, girándose hacia mí—. Por cierto, soy Chris, no Christopher. Él insiste en llamarme así, ya sabes... el típico formalista.
—Me cae bien —dije, mirando a Adrián. Algo me dice que Chris y yo nos vamos a entender muy bien.
—No he pensado esto lo suficiente... —murmuró Adrián, en voz no tan baja como creyó. Lo escuché perfectamente.
—Te enviaré los detalles de la reunión más tarde —añadió.
—No tienes mi número.
—Tengo todos tus datos en la empresa.
—¡Típico acosador! —le grité mientras se alejaba, y juro que pude sentir, incluso a la distancia, cómo ponía los ojos en blanco.