Capitulo 18

1169 Palabras
Capítulo 18 Punto de vista de Gabriella Adrián Lombardi, alias mi peor enemigo, se ha tumbado en el sofá del salón como una rana sobre una hoja y me mira como el gato de Shrek. ¿De verdad cree que soy tan ingenua como para hacer lo que él quiera solo por mirarme con esos ojos llenos de esperanza? Creo que se ha equivocado de dirección. —¿En serio crees que esto funcionará conmigo? —pregunté, cruzándome de brazos—. Pruébalo con señoras cuyo coeficiente intelectual solo les permita mantenerse erguidas y respirar. —No sé de qué me hablas —fingió sorpresa, y mi presión arterial subía más y más por momentos. —Si no sabes de lo que hablo, significa que tu coeficiente intelectual está al mismo nivel... o incluso por debajo. Sal de este piso y déjame olvidar que existes. —No podrías olvidarme ni aunque lo intentaras con todas tus fuerzas. —Tienes razón, ¿y sabes por qué? ¡Porque eres la perdición de mi vida! ¿Vas a quedarte ahí sentado mirándome? ¿No tienes nada más interesante que hacer? —Créeme que lo he hecho, pero ahora mismo tú eres mi prioridad. Me sorprendió tanto que sentí que los ojos se me salían de las órbitas. ¿Está borracho? ¿A estas horas? —¿Tienes problemas con el alcohol y buscas ayuda? —me senté en el sofá frente a él y lo miré con atención. Parecía tan abatido como yo tras esa declaración. —¿Qué? ¡No! Escucha, realmente quiero que me escuches. No vas a morir por esto. Yo no estaría tan segura. Me estoy muriendo por dentro con su estúpida charla. Este estúpido todavía no se ha disculpado y ya está pidiendo cosas. —No voy a hacerte caso. Porque, si no recuerdo mal, y créeme que mi memoria es estupenda, la situación solía ser al revés. Yo quería que me prestaras atención y no lo hiciste. Así que ahora dame la santa paz y vete de mi apartamento. Suspiró, pero no se levantó del sofá. Simplemente siguió sentado ahí, mirándome como si yo tuviera las respuestas a todas las preguntas del universo. —Mira, sé que empezamos mal, y que ambos somos demasiado orgullosos para admitir cuando nos equivocamos, pero sé que juntos, con un poco de voluntad, podríamos trabajar en equipo. —¿A qué te refieres? —A que tenemos que aprender a trabajar juntos. Al fin y al cabo, vamos a hacerlo de todas formas, porque la empresa también te pertenece. Así que te pido que cooperes. —¿Así que regreso a mis prácticas y me pedirás disculpas públicamente por acusarme falsamente de algo que no hice? —¿Todavía sigues con eso? —bufó —. Te daré un nuevo puesto y prometo hacer todo lo posible para que nuestra cooperación funcione sin problemas. Pero también tengo que preguntarte algo... —El problema es que ya no necesito nada. Fui despedida, ¿recuerdas? Tú quieres algo de mí y estás exigiendo. Eso es insolente. Está claro que quieres que regrese por alguna razón, así que ahora soy yo quien reparte las cartas. No he cometido ningún error, y lo admitirás públicamente. De lo contrario, no hay posibilidad alguna de que considere tu petición. ¿Lo entiendes? —Genial. En ese caso, vístete. Vamos a la empresa. Estaba claramente molesto, pero esta vez me importaba un bledo. Yo dictaba las condiciones y no iba a dejar que nadie me manipulara. Fui a cambiarme y, diez minutos después, estaba lista. Estuve tentada a hacerlo esperar una hora entera, pero no podía aguantar las ganas de escuchar una disculpa pública. Cuando llegamos a la empresa, sentí las miradas del resto del personal clavarse en mí. Por supuesto, toda la oficina sabía de la espectacular forma en que me habían despedido. —Aurora, convoca a todos. Tengo un anuncio importante —dijo en tono áspero. Supongo que al señor presidente le cuesta aceptar que tiene que disculparse por algo. Debe importarle mucho este favor, y ahora empezaba a arrepentirme de no haberle sacado más información antes sobre qué quería realmente. Aurora reunió a tanta gente como pudo. No era un número asombroso, pero considerando lo rápido que circulan los cotilleos en esta empresa, era suficiente. Beatriz también llegó. Ese mono con patas aún tiene el descaro de mirarme por encima del hombro. ¡Ya lo veremos! —OK, ¡atención a todos! —empezó Adrián—. Quiero decir que ha habido un error y Gabriella ha vuelto al trabajo. ¿Es eso? ¿En serio? ¡¿Qué?! —¿Y quién se equivocó? —pregunté con tono infantil, ya que él se comportaba como un niño. Me miró como si quisiera estrangularme ahí mismo, con testigos o sin ellos. —Reaccioné precipitadamente. Hubo un malentendido, y por lo tanto, me disculpo por mi comportamiento. Espero que no haya más equivocaciones. Se volvió hacia mí y susurró para que solo yo lo escuchara: —¿Satisfecha? ¿Hago otra reverencia? Estaba tan cabreado que resultaba cómico. No pude ocultar mi sonrisa triunfal, que actuó como diana directa: las chispas de rabia brillaban en sus ojos. —Me alegraría que eso no volviera a ocurrir —dije. —Créeme que yo también. Nuestro discreto intercambio fue interrumpido por un fuerte gruñido. Aunque, pensándolo bien, no fue tan discreto como creíamos. Todos nos miraban fijamente. Ginevra se reía tanto que evitaba mi mirada, y Beatriz por fin perdió esa sonrisita idiota de triunfo. —Puedes volver al trabajo. Eso es todo lo que quería anunciar —dijo Adrián. Todos comenzaron a dispersarse. Me dirigí hacia mis amigos, pero Adrián me tomó de la mano y me llevó al ascensor. —¡Eh, no! Ya cumplí mi parte del trato. Ahora vas a escucharme. Suspiré y lo seguí. Algo me dice que lo que está a punto de decirme no me va a gustar. Llegamos al último piso y Lucrecia nos recibió con cara de perplejidad. —¡Ya he vuelto! —le grité, y ella me sonrió radiante. —Me alegra. Te eché mucho de menos en la empresa. —No me sorprende. Don amargado probablemente te dirigió en modo frenesí —dije, señalando a Adrián. Él puso los ojos en blanco, y aunque Lucrecia no tuvo el valor de admitir que tenía razón, sabía que sí. Yo estaba de muy buen humor. Había conseguido lo que quería, y me paseaba satisfecha como un pavo real. Hay que admitirlo: la disculpa no fue sincera, la hizo solo para obtener algo, pero aún así la disfruté. Lo seguí hasta el despacho y me senté cómodamente en el sillón de enfrente, esperando nuevas revelaciones. A juzgar por su expresión, este favor me va a costar tragármelo... pero en el peor de los casos me negaré y me volverán a despedir. Quizás incluso me pongan un nuevo apodo: "boomerang", porque me despiden... y vuelvo como uno.
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