Capítulo 20
Punto de vista de Gabriella
Tras terminar mi jornada laboral, regresé a mi apartamento, donde me esperaba una Ginevra visiblemente curiosa.
—¡Por fin me contarás historia! ¿Qué ocurrido?
— Bueno, ocurrió de la manera más sencilla. Adrián quería algo, y sólo podía conseguirlo disculpándose conmigo. No te preocupes, ese hombre no hace nada desinteresadamente. — Pude ver en su expresión que estaba ligeramente decepcionada.
—¿Tanto rollo y eso es todo? Esperaba una historia con susurros románticos, miradas intensas, como si el mundo entero desapareciera.
—No hubo susurros ni miradas. Apenas gruñidos silenciosos.
—Sea como sea, no te enfades tan rápido. Por cierto, si vieras lo furiosa que se ha paseado Beatriz todo el día… Ver su cara de asco ha sido miel para mi corazón.
—Me encantaría haberlo visto. Aún tiene que pagarme por su comportamiento, pero por ahora tengo cosas más importantes en la cabeza.
—¿Adrián?
—¡Deja de sonreír tan estúpidamente! No tengo tiempo para tus insinuaciones. Tengo que cambiarme porque voy a una cena de negocios.
—¿Con Adrián? — No la soporto.
—¿Por qué siempre tienes que mencionar su nombre? — bufé, cruzándome de brazos — Por favor, deja de mirarme así. Estoy harta de tus insinuaciones. Que sea guapo no significa que me voy a volver loca por él.
—Ajá… Claro. Porque cuando un tipo guapo y exitoso viene a rogarte que vuelvas a trabajar con él, tú solo piensas en lo profesional, ¿verdad?
—¡Exacto!
—¡Por favor! — rió —. ¡Es él quien debería estar detrás de ti! Y, de hecho, ya dio el primer paso: fue a buscarte. Ahora te toca a ti quedarte quieta y esperar el siguiente movimiento.
—¿No tienes nada que hacer?
—¡No cambies de tema! Además, cada vez que menciono su nombre, te sonrojas como una adolescente.
—¡Eso no es cierto! —protesté, pero al mirar de reojo el espejo, noté el color subiendo a mis mejillas. Me sonrojé… de pura rabia, obviamente.
—Anda, cámbiate o vas a llegar tarde, Peroooo, si le gustas, va a esperarte — gritó mientras le lanzaba un cojín. Fallé, como siempre.
—¡¡Te lo esquivéee!! — se burló ella entre risas mientras yo me encerraba en la habitación.
Porque aquí empezó mi drama en tres actos:
Primer acto: no tengo nada que ponerme.
Segundo acto: no sé cuál es la naturaleza de la cena.
Tercer acto: ni siquiera sé exactamente adónde vamos.
recibí un mensaje de Adrián diciendome que me recogería a las 7:30 pm, lo que me dejaba solo 2 horas y media para arreglarme.
Saqué todo del armario, esperando que eso me iluminara. Spoiler: no lo hizo. Solo conseguí ahogarme entre la ropa. Un rato después, oí golpes en la puerta.
—¡Pasa, o te retorcerás de curiosidad! — grité, y para mi sorpresa, no era una, sino dos las chismosas que aparecieron en la puerta.
—¿Qué te vas a poner? — preguntó Ginevra.
—Una mirada que mata — tartamudeé.
—Te pareces a los siete males. Muy bien, métete a la ducha. Ya se nos ocurrirá algo — ordenó.
—¿De verdad? — Una chispa de esperanza brotó en mi mente —. Vale, entonces corro. ¡Pensad en algo, por favor! Livia, te ruego que controles a Ginevra y su imaginación desbordada. Seguro querrá que vaya solo con ropa interior.
—Si salieras solo con ropa interior, dudo que siquiera llegaras a la cena — dijo Livia, riendo.
—¿Tú también, Bruja?
—Ve a bañarte de una vez, que lo único que haces es pasearte como alma en pena.
—A lo mejor tengo rabia… porque claramente el buen humor a ustedes no las abandona.
—¡Hay que vacunarla! ¡Y sé qué tipo de jeringa! Está en los pantalones de Adrián — soltó Ginevra con una risa pícara.
—¡Ginevra! Estás enferma. Tienes una fijación preocupante conmigo.
—Yo, a diferencia tuya, no tendría ningún problema en estar debajo o encima del jefe. De hecho, aceptaría ambas opciones.
La miré boquiabierta. A ella realmente le encantaría saltar a la cama con él.
—¡Ginevra, cálmate!
discutir con ellas es como patear una roca.
—Voy a darme un baño. Cuando vuelva, espero que hayan vuelto a la tierra.
El agua caliente me ayudó a relajarme. Me maquillé ligeramente, me rizé el cabello, me puse la bata y regresé a mi habitación. Moría por ver qué se les había ocurrido a estas dos genias.
Para mi sorpresa, estaban sentadas en mi cama con sonrisas pícaras. Ya podía imaginarme el nivel de su idea.
—Promete que no vas a decir nada hasta probártelo —dijo Livia.
Detrás de ellas, sobre la cama, vi un vestido rojo extendido.
—¡Estáis locas! Hace tres años que no me pongo ese vestido. Ni siquiera sé si me entra. ¡desde entonces he subido de peso!
—Sí, porque te han crecido las tetas y por fin tienes con qué rellenarlo — soltó Ginevra sin filtro.
—¿No podían decirlo de forma más elegante?
—¿Para qué? has sacado curvas en los lugares correctos, así que deja de pelear y pruébatelo —me apuró.
Miré el reloj. No había tiempo para discutir. Cogí el vestido y fui a probármelo.
Sorprendentemente, me quedaba perfecto. El único inconveniente era que me apretaba tanto que no podía usar ropa interior.
—Chicas… creo que tengo que buscar otra cosa. No hay manera de ponerme ropa interior con esto. ¡Se marca todo!
—¿Y para qué necesitas ropa interior? — replicó Ginevra.
—Ginevra, sé que tus bragas se caen al ver a Adrián, ¡pero las mías no! Además, el vestido es tan corto que si me agacho, ¡todo el mundo verá por allá!
—No exageres, y no hay tiempo para cambiarte. ¡Zapatos y a correr! —me lanzó unos tacones dorados altísimos—. Te los presto para que tengas algo prestado. Quizá te dé suerte.
—¡No me voy a casar, Ginevra! ¡Voy a una cena de negocios! Y me voy a matar con estos zapatos.
—Oh, deja de quejarte. No te vas a morir… espero. Bueno, prepárate, mujer de negocios —dijo mientras me empujaba fuera de la habitación, no sin antes darme el bolso.
Si muero con estos zapatos, juro que la perseguiré por las noches. Conseguí salir y, sorprendentemente, no iba tan mal. Lo importante es mirar al frente y quizá sobreviva.
Junto al coche ya familiar, Adrián estaba de pie escribiendo en su móvil. A juzgar por el sonido que salía de mi bolso, probablemente me estaba avisando que ya había llegado.
Al oír el "mensaje enviado", levantó la cabeza y me vio. Por la forma en que sus ojos se agrandaron y se irguió de golpe, supe que el vestido rojo no fue una mala idea después de todo.
—Te ves increíble —murmuró. ¡Un cumplido de Adrián! Casi no me lo creo.
—Dime algo que no sepa —respondí con una mueca. Él pareció volver a la realidad, como si saliera de un trance.
—Te vas a matar con esos zapatos —espetó con tono divertido.
—Lo sé —gruñí. Justo entonces, irónicamente, tropecé. ¡Maldita sea! Y él, claro, me sujetó de la cintura.
—¿Qué te dije? Para alguien que dice odiarme, caes en mis brazos bastante seguido — se burló.
—¡No te acostumbres! Y además, ¡nadie te pidió que me sacaras tan rápido del apartamento! — protesté, zafándome de su agarre.
—Era una broma. ¿Por qué llevas esos zapatos? Tienen unos tacones que harían envidiar a muchas prostitutas.
Le lancé una mirada.
—Veo que habla con conocimiento de causa. El maestro debe frecuentar esos lugares, midiendo tacones con centímetro y todo.
—No es eso lo que quise decir —replicó con calma.
—Obvio que no. Solo mides los tacones por entretenimiento. Un pasatiempo muy… jodido, por cierto. Pero bueno, cada quien.
—Deja de provocarme y sube al coche o llegaremos tarde —dijo, molesto. Juraría que le salía humo de las orejas. Creo que su cerebro está hirviendo.
Esta va a ser una noche larga.
Escuché que murmuró algo más mientras cerraba la puerta tras de mí. Sonreí involuntariamente. Burlarme de él ha sido lo mejor de mi día. Y verlo luchar por no explotar es como miel sobre hojuelas. Estoy segura de que le importa mucho la reunión de esta noche. Está haciendo lo imposible por no perder el control.