Maki y Fyodor avanzaban en la penumbra del bosque costero, su andar silencioso y atento. El aire olía a sal y a peligro, el rumor del mar cercano se mezclaba con los crujidos de las ramas. La Torre del Cuervo aún no era visible, pero sabían que estaban cerca. Las raíces de los árboles parecían manos que se aferraban al suelo oscuro. Fue entonces que lo sintieron. Una vibración en el aire, un escalofrío bajo la piel. —Detente —dijo Fyodor, alzando una mano. Maki ya tenía su arma desenfundada. Del otro lado del sendero, entre las sombras deformadas de los árboles, surgió una figura. —¿Pensaron que podrían acercarse sin que yo lo supiera? —la voz gutural era inconfundible. Narmoth. El alquimista de almas, el hechicero de sangre, con su túnica compuesta de pieles cosidas entre sí y una más

