El alba se alzó teñida de rojo. El ejército de Feralis, curtido por pérdidas y cicatrices, avanzaba a través de la niebla salobre de la costa de Corino. El aire olía a sangre y a magia rota. Las armaduras ennegrecidas por el fuego aún humeaban. Muchos guerreros cojeaban, vendados con urgencia, pero ni uno solo se había retirado. Sus ojos brillaban con la furia de quienes ya no temían a la muerte, porque la habían visto de frente… y habían seguido caminando. La tierra tembló cuando las trompetas de Feralis anunciaron el avance final. Los estandartes ondeaban con el emblema del dragón y la luna cruzada. Entre las filas marchaban hechiceros, guerreros, arqueros y curanderos, hombro con hombro. En cada uno, ardía el nombre de un amigo caído. Al otro lado del campo, el ejército oscuro espera

