Cuando Gabriel conducía rumbo a su domicilio, no dejaba de pensar en ella, seguía sin poder aceptar que, lo que estaba viviendo fuera cierto, no podía apartar de su mente aquel rostro hermoso, aquellos labios preciosos que se unieron a los suyos en una tierna caricia que duró el tiempo suficiente para que él confirmara que la amaba, no estaba seguro de que ella sintiera lo mismo, aunque había esa posibilidad. A partir de ese día y durante los siguientes tres, se veían por la madrugada, él la iba a recoger, pasaban a comer algo, ya que, aunque era muy poco lo que ella bebía, el licor le despertaba el hambre y él quería complacerla en todo, así que la llevaba a que comiera lo que se le antojara a esas horas. El conocía muchos lugares que abrían toda la noche, por varios años había trabajad

