NARRA MELISA
Me había quedado de piedra. Esa pregunta no me la esperaba para nada. Podría decirse que era el fantasma que me seguía toda mi vida y las consecuencias de ella misma me arrastrarían hasta acá.
Pude notar que Adilene no estaba en casa. Lo que sí escuchaba era el teléfono que estaba sonando, pero no lo podía tomar porque Wade estaba muy inquieto.
—No te pongas así, te lo pregunto porque noto que el pequeño tiene la misma marca que tengo yo en mi espalda —se levanta la camisa y parece una copia perfecta de la mancha negra que tiene mi bebé. Las cosas se ponían peor. Jamás pensé que eso era algo que él también podía tener. Solo pensé que el niño había sacado esa mancha por cosas de la vida, pero me equivoqué.
—Es mejor que dejemos las cosas así, ¿no crees? —le digo, tomando la temperatura de mi hijo.
—No puedo dejar las cosas así sabiendo que ahora hay un niño que puede ser mío —estaba cerca de mí, de nuevo poniéndome nerviosa—. Es justo que lo sepa, ¿no?
Wade no dejaba de moverse y busqué un poco de medicamento que tenía para niños, porque antes ya le había dado esto y se lo controlé. No quería contestar su pregunta. No sabía qué reacción tomaría.
Noah me siguió hasta los cajones de la cocina y me tomó del brazo.
—Te he hecho una pregunta y no me la has respondido.
Me zafé de su agarre. Lo miré a los ojos con furia.
—¡Sí! ¡Wade es tu hijo! ¿Ya estás contento? —seguí buscando entre los cajones hasta que encontré el jarabe. Me fui hasta donde estaba Wade y, con dificultad, se lo di.
Lo bueno es que se estaba calmando un poco. Necesitaba llevarlo hasta su cama.
—Espera —dijo interrumpiéndome.
—No, ahora eres tú quien me esperarás. El niño no está bien, espera al menos que pueda terminar con él y, con gusto, podemos hablar.
Noah asintió. Llevé a mi pequeño hasta la cama, puse el abanico de forma indirecta y lo cubrí con una sábana de edredón. Quería que le bajara la temperatura. No quería pasar la noche en un hospital.
Estaba cerrando sus ojos nuevamente cuando le canté su canción de cuna.
Una vez que se durmió, bajé las escaleras y encontré a un Noah que estaba sentado en el sofá con las manos en su cabeza. La noticia le había caído como un balde de agua fría. Pero si él quería saberlo, ahí lo tenía.
—¿Cómo sigue? —me preguntó.
—Gracias a Dios, se quedó dormido, pero no me gusta para nada su reacción. Ya hemos tenido estos problemas y siempre termino en un hospital —me senté frente a él. Tomé de la botella de agua porque tenía que enfrentar la verdad, quisiera o no.
—Entonces… —se quedó dudando.
—¿Entonces qué? —lo cuestioné. Parece que el simple hecho de pronunciar esas palabras le costaba.
—¿Entonces ese pequeño es mi hijo? —Aún seguía dudando, por lo que veo.
—Ya te lo dije, sí. Es tu hijo, ¿por qué? —Lo miré a los ojos. Parecía dudoso, pero cuando abrió la boca fue para decir una estupidez:
—No lo sé, es un poco extraño. ¿Por qué entonces hasta ahora apareces? —Se rascó el mentón—. Dime si lo que quieres es dinero y así lo arreglaremos más rápido.
Me levanté acercándome hacia él.
—¿Sabes qué? —le pregunté. Él me miró y luego le volteé la cara de una cachetada—. Eres un completo estúpido, ¿crees que soy una zorra? Tu asqueroso dinero no me interesa. Si fuera así, desde que supe te hubiera buscado, ¿y qué hice? Lo crié sola. Y si piensas que te estoy buscando, te equivocas. Yo solo miré el anuncio de trabajo y pensé en la oportunidad de poder trabajar con un mejor salario, pero no estoy interesada en ti ni en tu fortuna.
—No lo sé —dijo levantándose—. Muchas mujeres pueden hacerme lo mismo, así que es mejor salir de dudas. Podríamos hacernos una prueba —dijo, y le volteé la cara hacia el otro lado.
¿Cómo se atrevía a decirme eso? Estaba muy furiosa. Quería que se fuera y muy lejos.
Me dirigí a la cocina para tomar el palo de la escoba.
—Es mejor que salgas por donde entraste o me conocerás de la peor forma, y créeme que no te gustará —lo amenacé. Estaba muy segura de que le quebraría el palo en la cabeza—. No quiero hacer un espectáculo acá y agradece que no está Adilene, porque también te daría con el del trapeador.
Lo empujé a patadas. No solo me habían dolido sus palabras, sino que también estaba muy furiosa de que todavía dudara que mi pequeño Wade fuera suyo.
*
NARRA NOAH
Estaba confundido, más de lo que creí. Al inicio pensé que era una especie de broma, pero cuando miré sus expresiones y vi que estaba muy seria, las cosas cambiaron. ¿Soy padre? ¿Tengo un hijo? No quise seguir hablando con ella porque, evidentemente, no podíamos. Ambos estábamos mal, aunque más ella por lo que acababa de decir. ¿Soy un estúpido?
Salí de su casa totalmente alterado. Necesitaba hablar y la única persona que me podría aconsejar era Priscila.
Aceleré el coche después de haber hablado con ella por el celular.
—¿Y bien? —me preguntó. Ambos estábamos sentados en la sala. Quise tomar alcohol, pero ella no me lo permitió.
—¿Qué? —le dije, aún preocupado o, mejor dicho, confundido.
—¿Cómo te sientes ahora que eres padre?
Ah, se refería a eso.
—Pues no lo sé, supongo que debo hacerme a la idea, pero a la vez me siento mal porque pasaron algunos años y sé que ese niño estuvo solo. Fui un padre ausente y me he perdido de muchas etapas de él. Aunque no sé cómo hubiera actuado en ese momento, tú sabes… —ella me miró con el ceño fruncido—, quién sabe si estaba preparado.
—Bueno, las cosas no se pueden revertir. A usted le gustaba hacerlo sin condón y ahora mira las consecuencias —tragué grueso—. Pero… ¿ella cómo actuó cuando te dijo que eras su padre?
Me quedé pensativo porque sabía que me regañaría.
—Muy mal porque le insinué que me buscó porque quería mi dinero.
Ella resopló. Estaba más enojada que la misma Melisa.
—En serio, no puedo creer que manejes tantas personas y una empresa, pero no puedas manejar tu boca y tu cerebro cuando se trata de hablar con una mujer, y más con la madre de tu pequeño —negó con la cabeza—. Es evidente que no quiere tu dinero. De lo contrario, te hubiera buscado en cuanto salió embarazada. Tampoco por el trabajo, ella solo actuó como toda una madre: protectora y a la defensiva con sus derechos. Eres una bestia.
Bajé la mirada. Esta vez, ella tenía razón en todo.
—Lo más evidente es que el niño sí se parece a mí. Por eso me quedé viéndolo y luego me fui de chismoso a f*******:, donde tenía fotos de él, y sí, se parece mucho a mí. Más por la mancha que tiene en la espalda, igual que todos los Richie.
Priscila abrió los ojos de par en par.
—¿En serio? Enséñame a ver.
Saqué mi celular y le enseñé las fotos de Wade.
—¡Dios! Sí es tu copia en versión niño. ¿Y todavía dudabas de esta mujer? —chisteó—. Ahora entiendo por qué estaba enojada contigo. Este niño es idéntico a ti en todas sus facciones. ¿Cómo no te diste cuenta? —me preguntó.
—No sé, estaba tan distraído en otras cosas que no me detuve a verlo.
Priscila me puso una mano en el hombro.
—Te comprendo. Tienes tus temores, no es casual que de la noche a la mañana te digan que eres padre, pero ahora lo que tienes que hacer es disculparte con ella. Te lo digo como mujer: ella está muy herida. No sabes cuántas cosas tuvo que pasar esa mujer sola y cuántas dificultades enfrentó.
Me sentía triste. Incluso una lágrima se había escapado de mis ojos.
—¿Quieres estar en la vida de ese pequeño?
No me lo había planteado.
—Supongo que sí, tendré que conocerlo mejor. Se ve un niño tierno, también merece tener un padre como todo niño. —Respiré—. Ahora el reto será mi madre. Seguro que se va a enojar porque he dejado a una chica embarazada antes y no cumplí con el papel de padre.
—Y no solo eso —me dijo. Hice una comisura con mis labios—, tu madre es muy complicada y seguro que no será de su agrado la situación ni tampoco Melisa. Pero no te preocupes, para eso estamos. Ya verás que de todo esto puede salir algo bonito. Los niños son una bendición.
Le sonreí porque quizás tenía razón. No tenía idea de cómo haría, pero Wade sí tendría a su padre.
—Muchas gracias, en realidad no sé qué hubiera hecho sin tu ayuda. Te llamé porque necesitaba hablar con alguien, desahogarme o, de lo contrario, moriría.
Ella me dedicó una sonrisa.
—Ahora parece que también sirvo de psicóloga. Creo que tendrás que duplicarme el salario.
Los dos nos reímos.
—Está bien, tómalo como horas extras.
Ella me fulminó con la mirada.
—Son bromas. Tengo que irme. Buenas noches, adiós.
—Adiós —se despidió.
*
Al día siguiente me desperté temprano. Tenía muchas cosas en la cabeza, pero la primera era pedirle disculpas a Melisa. Me comporté como un idiota y ella es una buena mujer. Por eso pasé por un restaurante para pedir un poco de comida para los tres.
Además, pasé por una juguetería.
—Le podemos ofrecer un nuevo modelo de avión —me dijo la chica de la tienda—. Este se controla por medio de control remoto y puede volar a una altura de diez metros.
Era hermoso. Era de color celeste y me pareció un regalo perfecto para el pequeño Wade.
—Me lo llevaré. Además, me gustaría algunos peluches y autos de carreras.
La chica me llevó a otra sección. Había peluches grandes. Pensé que podrían servir para adornar la camita de Wade.
No sé cuántas compras hice, pero creo que esto solo era el comienzo de todo lo que le daría a mi hijo.
Además, pasé comprando un ramo de flores rojas y amarillas. Las rosas siempre son efectivas con las mujeres. No era mi estilo, pero yo tenía la culpa.
Con la ilusión de que todo saliera bien, tomé rumbo a la casa de Melisa. Bien dicen que cuando las cosas están en tus manos, puedes enmendarlas antes de que se echen a perder.
Pensaba lo mismo. Nunca es tarde para empezar a ser un buen padre. No sé cómo se hacen todas las cosas, pero tenía la esperanza de que hoy todo pudiera salir como quería.