NARRA MELISA
La situación con el hermano de Noah era complicada, empezando por su mirada acusadora. Noah me había dejado sola por un momento y dos mujeres se acercaron mientras estaba preparando la comida.
—Veo que se te da muy bien lo que haces —comentó una—. Me llamo Tamara.
—Cierto, y sabemos que Noah no contrataría a cualquiera para preparar sus bocadillos —me dedicó una sonrisa—. Soy Gretha.
Quería que este evento terminara. No sé por qué, pero me sentía arrinconada entre las tres personas.
—Es muy hermosa, ¿cierto? —comentó Beck viendo a las chicas—. Ya le dije a mi hermano que si la llega a despedir, cosa que no creo, me la envíe.
Las chicas empezaron a reír. Seguro sabían lo que era Beck por sus insinuaciones.
Afortunadamente, la señora Monet y Noah aparecieron nuevamente.
—Esta vez sí te luciste con su chef, Noah —dijo Tamara—. Se ve que cocina bien y, además, es muy hermosa.
—¿La encontraste en alguna academia? —preguntó Gretha—. ¿O te la recomendaron?
Noah me miró y no dijo nada.
—Estuve un tiempo estudiando, pero tuve un altercado que no quiero recordar y por eso no terminé. Después de eso, me dediqué a la cocina. Es una pasión que me encanta.
FLASHBACK
Fue un lunes. Todo empezó por salvarle el pellejo a mi mejor amiga, Johana. Ella era la más enamoradiza del grupo, pero en gustos de hombres era pésima. Siempre buscaba parejas que eran infieles, que solo la buscaban por placer, y así fue como empezó su relación con el apuesto jugador de baloncesto: Trevor.
Todos en la universidad sabíamos que Trevor podría ser muy guapo por fuera, pero por dentro estaba podrido, y mucho.
—No puede ser —dijo Johana entre llantos—. Soy una estúpida. ¡Que la tierra me trague!
—¿Qué pasa? —le pregunté, sorprendida por lo nerviosa que estaba. Lloraba sobre el pupitre.
—¡Eso me pasa por siempre creer en las personas! —seguía quejándose hasta que me coloqué de cuclillas y le levanté la cara.
—¿De qué estás hablando? —sus ojos estaban rojos de tanto llorar.
—Trevor —jadeó—. Ese maldito lo hizo de nuevo —siguió llorando.
—¿Pero qué fue lo que hizo esta vez? —No era la primera estupidez que le hacía a mi amiga. Ya los rumores habían corrido de que estaba saliendo con una animadora del equipo, pero Johana, como siempre, creía en todo lo que Trevor le decía.
—El muy grande imbécil me grabó teniendo sexo con él. Era una apuesta y ahora me ha terminado. Lo peor es que las imágenes van a circular por toda la universidad —lloró a moco tendido.
No había otra alternativa que ayudarla. Me enfrentaría a ese patán. Si no lo hacía yo, las cosas quedarían así.
Salí del aula y subí al segundo piso. Ahí estaba con sus compañeros de clase. Era una manada de hienas.
—¡Trevor! —espeté, caminando entre sus amigos—. Eres un cobarde, poco hombre y un completo imbécil.
Trevor abrió los ojos como platos.
—¿Qué quieres, Lisa? —presumió de su estatus en la universidad—. Si quieres diversión, podemos ir al coche. ¿Qué dices? —Era un tipo extremadamente asqueroso.
—Quiero que borres todo lo que grabaste de mi amiga.
Él empezó a carcajearse.
—¿Quién lo dice, tú? —bufó.
Y eso fue suficiente para intentar quitarle el celular.
En medio del forcejeo, por accidente lo empujé y su cuerpo cayó desde el segundo piso, sufriendo una rotura en el cuello.
Ese día me llevaron a la dirección y me dieron dos opciones: salir de la universidad o ir presa por intento de homicidio.
Me rompieron mis sueños, mis esperanzas y mis metas.
FIN DEL FLASHBACK
—Pero no tiene caso seguir hablando de eso —los demás asintieron.
De pronto, siento vibraciones en mi celular. Era Janice.
—Permiso —les dije, alejándome un poco.
—Melisa —escuché la voz de Janice, preocupada—. ¿Estás muy ocupada?
Mi corazón se aceleró pensando lo peor.
—¿Pasa algo con Wade? —fue lo primero que se me vino a la mente.
—Sí, ha estado un poco caliente. Le he tomado la temperatura y creo que le está entrando fiebre. ¿Ya vas a terminar?
Miré el reloj y me faltaba al menos una hora. ¿Qué podría hacer en esta situación?
—Me falta una hora, pero podemos hacer algo. Trataré de acelerar todo para salir antes. Si pasa algo, por favor llámame.
Noah estaba viéndome a lo lejos.
—Está bien —cortó la llamada.
—¿Pasa algo? —preguntó Noah. En sus ojos había un rastro de preocupación.
—No, no es nada. Solo querían saber a qué hora llegaba —mentí. No quería perder el trabajo. No era momento de poner una excusa, aun sabiendo que era válida.
Pero de ahora en adelante no podría trabajar bien teniendo mi mente en Wade.
QUINCE MINUTOS DESPUÉS
La llamada de Janice me sobresaltó. Por poco tiro los cubiertos y los demás utensilios.
—Melisa, Wade está empeorando y no para de llorar. Ya te ha llamado varias veces —escuché la tos de mi pequeño al fondo de la llamada y me destrozó el corazón.
—Está bien, haré lo posible por estar ahí —en estos momentos no me importaba si me despedían. Mi pequeño estaba mal y quería estar con él.
Noah estaba hablando con unas personas y lo interrumpí.
—Dime —dijo con su copa de vino.
—Señor, discúlpeme, pero quiero pedirle permiso para irme. Mi hijo está enfermo y necesito pasar por él donde mi hermana.
Noah, sin dudarlo, dijo:
—Claro que sí, su pequeño es más importante. ¿Tiene en qué irse? Si quiere, puedo llevarla yo mismo.
Negué con la cabeza.
—No se preocupe, no quiero quitarle su tiempo. Voy a buscar en qué irme, quizás un autobús o un taxi.
Noah sonrió.
—No sea así. Desde acá sería muy difícil que encuentre algo en qué irse. No sea terca y vamos.
Desapareció. Seguro iba por las llaves del coche. Luego apareció y me indicó que lo siguiera.
Entramos al coche flameante y salimos. Durante el camino no dijimos nada.
Al menos de mi parte, no diría nada. No quería decir algo de lo que me arrepentiría.
—No hace falta que hagas que no me conoces —me dijo—. Sabemos lo que pasó entre nosotros.
—Preferiría no hablar de eso —ignoré sus comentarios que me ponían incómoda.
—¿Sabías que trabajarías para mí? —preguntó, y yo negué con la cabeza.
—No, al inicio pensé que trabajaría para alguien más. La señora Monet no me dijo nada al respecto hasta que lo miré por segunda vez, señor.
Noah se rió mientras conducía.
—Espero que sea así —me miró de reojo—. De todos modos, creo que lo que pasó entre nosotros ya no es ningún problema para trabajar.
—Nunca lo ha sido —lo secundé—. Tampoco he hablado con nadie al respecto, señor…
Me interrumpió.
—Dime solo Noah. Creo que entre nosotros hay más confianza de la que debería.
Me sentía avergonzada. No dije nada. Tener a un hombre como Noah tan cerca era motivo de mucho nervio.
—Está bien, Noah —enfaticé.
Después de cierto tiempo, habíamos llegado a casa de Janice. Salí del coche y le agradecí a Noah.
En cuanto entré en la casa de Janice, busqué a Wade, que estaba tumbado en la cama. Estaba dormido.
—Hice todo lo posible —dijo Janice. Estaba agotada, lo podía ver.
—No te preocupes, te agradezco mucho —lo tomé en brazos.
—Creo que lo mejor sería que lo lleves al médico para ver qué es lo que tiene, porque no paró de llorar.
Wade estaba profundamente dormido. De vez en cuando fruncía el ceño, como si estuviera teniendo una pesadilla.
—Sí, pero mientras tanto voy a tratar de darle medicamentos naturales. No tengo suficiente dinero para llevarlo a una consulta que cuesta el ojo de la cara, y los medicamentos… —Janice me miró, y sabía lo que significaba esa mirada—. Y no quiero pedir prestado.
Tomé a Wade y salí de casa, no sin antes agradecerle.
Lo que me sorprendió fue que, cuando salí, Noah estaba en el auto esperándome.
—Pensé que se había ido.
Noah me abrió la puerta del copiloto.
—Me educaron bien como para dejar a una madre desprotegida. Por favor, suba al coche —me dijo, y no tenía opción.
Mi pequeño guerrero seguía durmiendo, y me partía el corazón al ver su pelo mojado de sudor.
Es lo peor que le puede pasar a una madre.
*
NARRA NOAH
—¿Qué es lo que tiene el pequeño? —quería saber. No sé por qué, pero me dolía verlo en ese estado. Era la primera vez que sentía algo así dentro de mi corazón. Aún no logro distinguir qué es.
—Parece que es una pequeña fiebre. Si sigue así para mañana, creo que lo tendré que llevar al médico —su voz no me convencía del todo. Dudaba, y lo podía sentir.
—Si quiere, puedo hacerle un adelanto —me ofrecí, pero ella negó con la cabeza rápidamente.
—No hace falta. Ahora, por favor, solo lléveme a casa —me indicó.
La distancia no era mucha.
Mis ojos se dirigieron al rostro del pequeño Wade. Era muy hermoso. Sus facciones no eran comunes. Seguro que el padre era de buen parecer.
*
—Puede dejarme por acá —me dijo, como siempre, de terca.
No la iba a dejar sola por ningún motivo. Ella llevaba su bolso, al igual que las cosas del pequeño.
—Cómo crees, te ayudaré hasta llevarte a tu sala por lo menos.
Salí del coche tomando sus pertenencias.
Estaba todo oscuro y no podía ver bien. Su hijo seguía durmiendo.
Subimos unos escalones. Abrió la puerta, encendió las luces y eso despertó al pequeño. Se levantó en llanto y hacía gestos de que le picaba la espalda.
—Te recomiendo que le quites la camisa si quieres que se sienta mejor.
Ella me escudriñó el rostro. No soy un experto con niños, nunca me he relacionado con uno, pero supongo que es más fresco quitarle la camisa.
Melisa le quitó la camisa a Wade, y ahí fue donde noté algo que me llamó la atención.
Era una pequeña marca en la espalda baja.
Esa misma marca la teníamos todos los descendientes Richie. Desde mi abuelo, mi padre, y hasta yo.
Wade la tenía, y era idéntica.
No era una marca cualquiera.
Hice un poco de memoria y recordé un detalle muy importante: ese día que estuve con Melisa, no recuerdo haber usado condón al momento de tener relaciones.
¿Acaso…?
Me di la vuelta. No quería saberlo.
—Muchas gracias —me dijo.
Tomé la puerta, iba a salir, pero algo no me lo permitía.
Tomé el marco de la puerta.
—Espera —le dije.
Ella se quedó viéndome.
—Te quiero hacer una pregunta. No sé cómo la vayas a tomar, pero… ¿podría saber quién es el padre de tu pequeño? Bueno, si es que no tienes problema en decírmelo.
Mi pregunta más bien parecía una confesión de muerte, porque se había quedado de piedra frente a mí.