Nicole
Suspiré con cierto hartazgo antes de salir del probador de aquella lujosa tienda de vestidos de novia. Beatrice, la amable y elegante señora que nos atendía personalmente, me ayudó cerrando el cierre de la espalda.
—Nicole… por Dios, es… precioso —habló mamá como si aquél vestido le quitara el aliento, recorriendo hasta el más pequeño detalle con sus brillantes ojos verdes, dejando a un lado su copa con champagne.
Eso no significaba mucho, prácticamente había dicho lo mismo de los últimos siete que me había probado.
—Listo —anunció Beatrice.
—Mírate, cielo —. Caminé hacia la pequeña plataforma frente a un enorme espejo de cuerpo entero, observandolo por encima sin mucho interés. Sí, era precioso, pero el significado que tendría lo volvía el vestido más horrible de todos—. Es… perfecto.
—Bien, nos llevamos este —afirmé dándole una mirada a mamá y luego a Beatrice, sin ganas de pasar un solo segundo más allí.
Mamá evidentemente lo disfrutaba, pero yo no. Además sentía los senos sensibles y el que Beatrice tirara de la parte trasera del vestido, haciendo que el escote me apretara aun más, me sacó una mueca.
—Debemos ajustar unos detalles en la espalda y ceñirlo más en la cintura, pero quédense tranquilas que estará perfecto para el día de la boda —aseguró Beatrice—. Es un diseño exclusivo asi que no muchas tendrán la suerte de llevar la misma pieza que tu —agregó con una radiante sonrisa.
Claro, ese vestido llevaba incrustaciones de pequeños diamantes que costaban miles de dólares, ¿cómo no sonreiría luego de venderlo?
—Bien —dije en lugar de un Como sea para no sonar maleducada y levanté la falda, regresando al cambiador, escuchando a Beatrice hablarle a mamá sobre buscar un velo a juego y Elena respondiendo con emoción.
En mi interior le pedí a Dios para que todo ese teatro terminara rápido.
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La noche cayó en Sicilia y luego de cenar en mi habitación, porque al menos eso se me permitía cuando los hombres de la casa se ocupaban de asuntos importantes, decidí darme una larga ducha.
Cuando salí, mientras secaba mi cabello con una toalla, mis ojos cayeron en la televisión que se encontraba prendida aunque sin sonido, no le prestaba atención a nada en particular hasta que aquella imagen apareció y mi cuerpo entero se tensó.
—¿Dónde estás? —susurré entre dientes hablando en voz alta, refiriéndome al bendito control de la televisión que no lo veía por ningún sitio, hasta que lo hallé y pude escuchar de qué hablaba la presentadora de un canal de noticias americano.
—En las últimas horas se ha confirmado el ataque al empresario multimillonario Madden Van Hessen.
Mi mano cubrió mi boca sin poder creer lo que escuchaba, en la televisión mostraban una imagen de Madden en traje que alguien había tomado mientras salía de un edificio y otra del mismo momento mientras se subía a una camioneta negra, rodeada de hombres de su seguridad, para luego pasar a una reportera a las afueras de un hospital privado en Los Ángeles.
—...Se confirmó que el empresario habría recibido el impacto de dos balas, uno en una zona que pondría en un estado delicado la vida del joven alemán —hablaba la mujer frente al hospital, al menos eso llegué a escuchar cuando pude salir del impacto de aquella noticia—. Por el momento los doctores decidieron no brindarnos más información al respecto de su delicado estado, al igual que la policía de Los Ángeles que se encarga de lo ocurrido puesto que las recientes teorías afirmarían un ataque planeado de alguna banda criminal aunque…
No se me hizo difícil unir cabos y rápidamente entender de quién se trataba, quién estaba detrás de aquello y apreté mi mandíbula con fuerza, sintiendo la rabia haciendo ebullición en mis venas, cegandome por completo mientras salía disparada de mi habitación directo a la oficina de aquél bastardo.
Estando frente a la puerta de madera oscura de la oficina de Vincenzo, entré sin tocar, sintiendo mis nudillos ponerse blancos por la fuerza con la que sostenía el picaporte.
Vincenzo, quien se encontraba de pie a un lado de su escritorio con las manos en los bolsillos de su pantalón, y dos de sus hombres con los que se encontraba hablando, pusieron su atención en mí y me crucé de brazos.
—¿Quieres malditamente decirme qué diablos acabas de hacer? ¿acaso estás jodido? —escupí conteniendo mi furia, dando unos pasos hacia él, hasta que uno de sus hombres se puso en mi camino y traté de empujarlo totalmente en vano porque su figura no se compraba con la mía.
Vincenzo suspiró como si no estuviera de humor para el alborto que armaría. Maldito idiota. Pero finalmente les hizo una seña, —Salgan.
Los dos tipos enormes acataron la órden sin pensarlo dos veces, dejandonos solos. Mi mirada no abandonaba la expresión impasible en el rostro de Vincenzo.
—Habla —ordenó y fué como si le echara más leña al fuego. ¿Quién rayos se creía para ordenarme a mí?
—Sé que has sido tú quién ha enviado a esos tipos a atacar a Madden.
Él se sentó en su escritorio con los brazos cruzados, demasiado tranquilo.
—¿Y?
Ni siquiera se esforzó en negarlo, simplemente se encogió de hombros con tranquilidad y sentí mi ira incrementando por su actitud.
¿Y? ¿¡Y!?
—¿Qué es lo que te molesta? ¿acaso es tan importante como para atreverte a interrumpir en mi oficina como lo hiciste y faltarme el respeto frente a mis hombres? —pronunció seriamente— Agradece que no maté al hijo de perra.
—Eres un…
Vincenzo avanzó hacia mí pero no retrocedí, no esa vez. Al contrario, traté de empujarlo pero en un movimiento que no ví venir atrapó mis muñecas entre las suyas y la otra la ubicó en mi nuca, tirando de mi cabello lo suficiente como para hacerme levantar el rostro y enfrentar el suyo.
—Cuida tus malditas palabras, Nicole, ¿qué más debo hacer para que entiendas que conmigo no se juega? —enfatizó las últimas tres palabras con un tono bajo y amenazador.
En un movimiento abrupto, impulsada por la rabia y la impotencia, escupí su mejilla. Y el verlo cerrar sus ojos e inhalar profundamente por la naríz, como si estuviera perdiendo la calma, me hizo darme cuenta de que había cometido el acto más imprudente de toda mi corta vida.
Si a eso se lo podía llamar vida.
Entonces sentí sus dedos tirando de mi cabello, haciendome soltar un quejido, me llevó hacia adelante, empujandome contra su escritorio y su pecho se pegó a mi espalda, traté de empujarlo pero tomó mis muñecas por detrás, inmovilizandome.
—¡Sueltame, animal! ¡me lastimas! —me quejé y me sacudí pero solo lograba que mis hombros dolieran y que sujetara más fuerte mis muñecas entonces, simplemente me dejé de mover, dejé de pelear, sintiendo mis ojos humedecerse.
—Tú sola te has buscado todo esto, Nicole —habló con voz firme y grave, acercando su rostro al mío. Mi corazón iba a mil y sentía como si me asfixiara—. Disfrutaste follandote a ese imbécil como una cualquiera, pero ahora serás mi esposa y a las buenas o a las malas entenderás lo que eso implica, y voy a hacer que faltarme el respeto como lo hiciste ni siquiera vuelva a cruzar por tu mente, ¿entiendes?
Mi labio inferior tembló pero tensé mi mandibula, mi mirada perdida en un punto invisible en el librero en la pared frente a mí.
—Ahora, saldrás por esa puerta y pensarás en cómo vas a comportarte de ahora en adelante o cada vez que vuelvas a ser una estupidez como esta, pasarás la noche en el cuarto de torturas.
Pasé saliva sintiendo el nudo en mi garganta.
—Decisiones, Nicole.
Entonces me soltó.
Caminé hacia la puerta sintiendo mi corazón martilleando contra mi pecho. Antes de salir me volví hacia él, quien ocupaba sitio detrás de su escritorio como si nada hubiera pasado.
—Espero que te pudras en el Infierno.
Salí de allí dando un portazo, y finalmente las lágrimas comenzaron a deslizarse silenciosamente por mis mejillas en el camino hacia mi habitación.
Me recosté en mi cama sin poder controlar lo que me pasaba, no sentía ira, ni impotencia, me sentía derrotada, sola. ¿Acaso había perdido? Observé las marcas rojas en mis muñecas y me sentí estúpida por estar llorando, debí haber peleado hasta el final, porque si dejaba que me pisoteara una vez lo haría cada que tuviera la oportunidad y no podía permitir que mi vida se redujera a eso. Jamás. Porque esa vida no sería vida.