09

1157 Palabras
Semanas después… Madden El líquido ámbar se deslizó por mi garganta, dejando una sensación de ardor, pero eso no me detuvo de servirme otro para terminarlo mientras observaba del otro lado del ventanal de mi oficina en Los Ángeles. El cielo estaba teñido con nubes grises que avecinaban una tormenta, pero yo no estaría allí para verla. Me volví hacia mi escritorio, dándole un repaso con la mirada a las fotografías y los papeles revueltos sobre este, eran algunos de los archivos con información que mis hombres habían recopilado de las últimas semanas sobre Nicole. Las imágenes mostraban a la italiana en una tienda de vestidos de novia junto a Elena, su madre, otras saliendo de la mansión y en los escasos sitios que había visitado en las últimas semanas, desde que había enviado a mis hombres a seguirla no había salido más que un par de veces de la propiedad Romano. Entre los archivos de Nicole también tenía información y fotografías de su querido prometido, ni más ni menos que el futuro consigliere de la mafia más grande de Italia, Vincenzo Romano. Porque mientras estaba en el jodido hospital mis hombres dieron con el bastardo que había estado detrás de la emboscada, y como traficante de armas conocía a la mayoría de carteles y mafias del mundo, así que no fué difícil reconocer de quién había sido el ataque, sobretodo porque el imbécil no se había esforzado en ocultar su rastro, ni siquiera teniendo en cuenta con quién estaba metiéndose. Si no me conocía, lo haría pronto. Y si me había subestimado, le demostraría que era el peor error que pudo cometer. Entonces entendí que quizás no quería asesinarme, sino enviarme un mensaje. Me había follado a su prometida, me preguntaba cuál sería ese mensaje. Tomé una de las fotografías que resaltaba entre las demás, una que llevaba rato observando, sintiendo como la rabia crecía en mi interior. En ella se veía a Nicole sin maquillaje, dejando notar sus ojeras, su mirada verdosa había perdido aquél brillo encantador, pero no era esa en específico, sino la que venía enganchada a esta, una de un acercamiento a sus muñecas con marcas violáceas. Solo podía pensar en que si ese bastardo le había puesto una mano encima lo destruiría de formas que ni podría imaginar. Me importaba una mierda que fuera m*****o de la Cosa Nostra, a mí nadie me jodía y salía impune. Mucho menos a una mujer, pero sobre todo a la italiana. Cuando Nicole desapareció, no respondía mis mensajes ni llamadas, y tuve que enterarme por las noticias del secreto que ella me ocultaba. Ya le pertenecía a alguien. Eso solo alimentó más el deseo insaciable que comenzaba a nacer en mi interior, buscando más de ella sin sentir que podría saciarme pronto, clamando porque me subiera al jet privado directo a Italia a traerla de regreso a mi lado. Supuse que al final, de una forma u otra, aquello se cumpliría. El día de devolverle el golpe a Vincenzo había llegado y ahora con gusto me robaría a la italiana, no por capricho, sino por un ajuste de cuentas, y me encargaría de cuidar muy bien de su prometida. Se escucharon dos golpes en la puerta y dí la órden en voz alta permitiendole pasar, se trataba de uno de mis hombres. —Señor, el jet está listo —informó y asentí. Tomé mi chaqueta y terminé mi trago de whisky, abandonando mi oficina, con una sola cosa en mente: Tenía una novia que robar. Nicole Mecía mis pies bajo el agua de la piscina, estaba sentada en el borde con las manos apoyadas sobre el césped, observando el cielo repleto de estrellas. El aroma de las flores, el césped y los árboles que rodeaban el extenso jardín trasero se percibía en el aire. Era un lugar muy bonito, pero no era mi lugar. Aunque debería comenzar a acostumbrarme. No escuché a nadie caminando hacia mí hasta que sentí una mano en mi hombro y me giré, encontrandome con la última persona que quería ver, a quién había evitado durante las últimas semanas. Mis labios se fruncieron con cierto disgusto y me volví hacia la piscina, perdiendo mi atención en el agua cristalina. —¿Podemos hablar? —. Lo ignoré—. Nicole —pronunció mi nombre con cierto cansancio, con una advertencia. Puse mis ojos en blanco. No otra vez. Me levanté para mirarlo, cruzandome de brazos, manteniendo cierta distancia. —¿Qué? —Deja de actuar así —su tono no fué en advertencia más su rostro estaba serio. —¿Así cómo? Vincenzo me miró un instante con fijeza, para luego desviar su atención a un punto detrás de mi, inhalando profundamente por la naríz, como si tratara no perder la calma. Su atención regresó a mi rostro, —Te advertí lo que pasaría... —trató de hablar en un tono calmo pero lo interrumpí, sabiendo el camino que aquello iba tomando. —No quiero oírte. Traté de alejarme pero sentí sus dedos rodeando mi brazo y me safé de un tirón, sintiendo mi corazón dar un salto en mi pecho. —No vuelvas a ponerme un dedo encima, Vincenzo —advertí, dándole una mirada cargada de odio y rabia. Me crucé de brazos—. ¿Crees que no tengo derecho a elegir ignorarte por el resto de mi vida por haberme tratado como basura? —Los dos nos equivocamos, ¿está bien? Pero no puedes victimizarte sabiendo perfectamente el terreno en que te mueves, sabes con quién te metes y aún así decides actuar de forma imprudente —avanzó un paso hacia mí y por inercia me eché hacia atrás—. Mañana será la boda, estaremos oficialmente casados, y estoy dispuesto a olvidar lo que ocurrió para comenzar esto bien, si tu olvidas esta actitud y comienzas a comportarte como una mujer sensata. —¿Y eso requiere rebajarme a un juguete que puedes manejar a tu antojo? ¿a dejar que me pisotees y me agredas? —Eres inteligente, Nicole, ya deberías saber lo que te conviene —su expresión no cambia y su tono sigue siendo seco mientras su mirada fría no abandona la mía. Esa vez fuí yo quién avanzó un paso, plantandole cara. —Tu y yo jamás —lo señalé—, escúchame bien, jamás estaremos bien. Te has ganado mi odio, Vincenzo, y así pase mi vida entera a tu lado núnca me rebajaré a lo que tu esperas que sea. En ese caso debiste haber elegido a otra mujer y haberme dejado a mí en paz. Y espero cumplas tu palabra y casi no deba verte —agregué con odio, recordando lo que me había dicho la noche en que me entregó el anillo, dándo media vuelta y alejandome, sintiendo mi corazón a mil pero habiendome liberado al decir aquello que se sentía como una espina enterrada en el pecho.
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