Capítulo 7 - Sarah

1077 Palabras
Del supermercado me habían traído directamente a una de las salas del programa de vinculación, y ya llevaba casi doce horas retenida. Me sentía agotada. —Esto es injusto, ¿sabes? Ekaterina lo sabía. Su silencio la delataba. No porque no entendiera lo que estaba diciendo, sino porque no estaba dispuesta a admitirlo en voz alta. —No lo veas así, Sarah. —¿Entonces cómo quieres que lo vea? —insistí—. Me quieres obligar a elegir al clan Petrov y estás dispuesta a violar tus propias leyes solo para darles gusto. Ekaterina no respondió. La situación también la sobrepasaba; se notaba en su mirada, en la forma en que evitaba la mía. En ese instante comprendí que no quería realmente tenerme en esa posición… pero tampoco iba a sacarme de ella. —Huí de una familia donde reinaba la violencia —añadí, con la voz más firme de lo que me sentía—. No hay forma de que, voluntariamente, me vincule a un clan que, a puertas cerradas, no se va a tentar el corazón para someterme a sus deseos. Me tragué el malestar que se revolvía en el estómago y seguí hablando. Tenía que convencerla de dejarme ir. —El programa es claro. Mientras exista una elección de mi parte, no puedes obligarme a elegir a quien consideres mejor. Y yo ya elegí: no serán ellos. El clan Petrov no es una opción para mí. Ekaterina suspiró. Era evidente que iba a seguir intentando convencerme, pero entonces la puerta se abrió. No alcancé a ver quién era hasta que un joven alto y sorprendentemente apuesto entró en la sala. No lo conocía, pero fue evidente que Ekaterina sí. En su rostro se reflejaba el mismo cansancio que sentía yo cuando se dirigió a él. —Señor Volkov, ¿en qué puedo ayudarlo? —Vengo en representación del señor Maxim Petrov —respondió con calma—. Me envió para acelerar el proceso. El gesto de Ekaterina se endureció al instante. —No es necesario que intervengan —replicó, visiblemente molesta—. Soy perfectamente capaz de hacer mi trabajo. Sarah y yo estamos avanzando en las negociaciones. La miré con incredulidad. ¿Avanzando? Por favor. Mi expresión debió decirlo todo, porque aquel joven no tardó en notarlo. —Señora Ivanova —dijo, dirigiéndose a Ekaterina por su apellido—, al clan Petrov no le gusta esperar. Y fallar en este encargo podría comprometer la posición actual de sus esposos… El silencio se volvió pesado, casi opresivo. —Los tres ocupan puestos distinguidos en la Dirección Nacional de Seguridad Digital —añadió con calma medida—. Sería una lástima que su desempeño se viera afectado por su incapacidad para llegar a un acuerdo con la señorita Dumont. Aquello fue suficiente. El miedo se disipó de golpe al comprender algo con absoluta claridad: para el clan Petrov yo no era más que un objeto. Una adquisición en trámite. Y Ekaterina había sido empujada hasta ese punto bajo amenaza. Sin pensarlo, tomé el vaso frente a mí y lo lancé contra el joven. Fallé. El cristal se estrelló contra la pared a escasos centímetros de él. Sin embargo, el estallido fue tan violento que ambos se sobresaltaron. Yo misma lo hice. Pero la ira ya me había cegado. —Bastard. (Bastardo.) —Do you really think they can buy me? (¿De verdad crees que pueden comprarme?) —To hell with the Petrov clan and their so-called power. (Al diablo con el clan Petrov y su supuesto poder.) Abandoné el ruso sin darme cuenta así que tuve que respiré hondo para regresar a su lengua. —No puedo entender cómo es posible —dije, con la voz tensa— que esos desgraciados, si se supone que están tan interesados en mí, no hayan tenido la mínima cortesía de venir ellos mismos. ¿De verdad pensaron que enviarme a un intermediario sería suficiente? El joven tragó saliva. Aún sorprendido, hizo un esfuerzo por recomponerse. —Señorita Dumont, debe comprender que el clan Petrov es uno de los más influyentes del país. Su peso político y económico es tal que… —No —lo interrumpí, poniéndome de pie—. No me importa cuánto peso tengan. Mi mirada se desplazó entre él y Ekaterina. —Si quieren convencerme de algo, si esperan siquiera que considere una propuesta como la de vincularme con ellos, lo mínimo es que sean ellos quienes se presenten ante mí. Claro… si es que realmente están interesados. El silencio volvió a instalarse. Ni Ekaterina ni el joven parecían saber qué decir. Finalmente, él asintió con rigidez. —Haré unas llamadas. Salió de la sala sin añadir nada más. A solas, Ekaterina exhaló lentamente. —Definitivamente… el sistema de vinculación funciona —murmuró, casi para sí misma. La miré confundida. —¿A qué te refieres? No tuvo tiempo de responder. El joven regresó con el teléfono en la mano. —Se que no me presente al ingresar a la sala, soy Dmitri Volkov —dijo—. Y soy el asistente personal del señor Maxim Petrov. Él está ocupado, pero dispone de cinco minutos para atender cualquier inquietud que usted tenga. No podía creerlo. Aún enfadada por la forma en que estaban manejado todo, tomé el teléfono. —Buen día, Señorita Dumont —dijo una voz masculina al otro lado que reconocí como la de Maxim—. Digame que es lo que... No devolví el saludo ni lo dejé terminar. —Son unos cabrones —respondí con frialdad—. Tu clan y tu pueden meterse su propuesta de vinculación donde mejor les quepa. Me han dejado muy en claro lo poderoso que son ustedes tres, pero parece que no son lo suficientemente hombres como para dar la cara después de que su gente me ha retenido contra mi voluntad. NO ME INTERESA VINCULARME CON USTEDES. Colgué. Observé la pantalla unos segundos antes de devolverle el teléfono a Dmitri. Él me miraba con la boca entreabierta. Acababa de presenciar cómo me había atrevido a hablarle de esa forma a uno de los hombres más peligrosos del país. Cuando el silencio regresó, pensé que quizá no sería tan terrible volver a mi país después de todo. Al final, ¿qué diferencia podia existir entre los hombres a los que mis padres querían venderme… y este clan de patanes incapaces de presentarse personalmente para negociar algo tan importante como un matrimonio?
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