✦Capítulo 10: La vida es sufrir

2109 Palabras
A veces la vida da fuertes golpes a las más pequeñas almas en el mundo. Puede que sin un motivo en particular o, abriendo paso distintas creencias espirituales, puede que dichas almas estén pagando graves errores de sus vidas pasadas. Sea lo que sea, no podían escapar del dolor y el sufrimiento que les tocó vivir. Distrito de Taejeon-dong, Daegu, Corea del Sur. Año 2000. Un niño apagado se encontraba en la acera de su casa, mirando los autos pasar en silencio, evitando observar a los niños jugando al otro lado de la calle. Aunque lograra no mirarlos no podía evitar escuchar sus risas mientras se divertían los unos con los otros, provocando tristeza en él. Aquel niño tímido salía todos los días en la mañana, luego de esperar que su padre tomara las llaves y se marchara del lugar. Le provocaba temor estar dentro de su casa y cada rincón parecía querer estrangularlo con pesadillas, las pesadillas que eran sólo sus tan malos recuerdos, por lo que buscaba a toda costa escapar del lugar pero, sin atreverse a dejar a su madre. Lo único que se podía permitir era sentarse por largas horas en aquella acera. Solía tocar el delgado césped con bastante cuidado, encontrando curiosidad por el color de él y en su pequeña cabeza se cuestionaba el porqué de tantas cosas en la naturaleza. A pesar de ser un niño de tan sólo 7 años desde la primera vez que abrió sus pequeños ojos, sin importar cuan frágil e indefenso era, la vida le dió la bienvenida con un golpe, dos golpes, golpe tras otro hasta verlo sangrar en el suelo para después decirle "vamos, levántate y aguanta más". Era claro que era incapaz de poder defenderse de alguna forma por su cuenta así que sólo se encerró en sí mismo mientras soportaba los golpes y esperando que no hubiera un mañana igual. Era un alma frágil e indefensa. Con el tiempo perdió la capacidad de articular una palabra si no era cuando gritaba de sufrimiento, suplicando por vivir, por sobrevivir, llegando a ser aquel pequeño niño silencioso plantado en aquella cera. No estaba en sus planes ni en los de su madre, la cual estaba encerrada dentro de la casa y tras la ventana de la sala se asomaba cuidándolo constantemente, que, aquel hombre al que tanto le temía y quien le había destrozado la vida de mil maneras, desgarrándola y haciéndola perder toda dignidad y sanidad que alguna vez tuvo, haría presencia repentinamente en el lugar. El temido hombre volvía a su casa más temprano de lo usual, nunca pasaba algo como eso. Había terminado con su jornada de trabajo de la peor forma posible, pues, como polícia de un alto rango su trabajo había sido una vergüenza el día de hoy. Tras años de trabajo y de investigación tuvo justo delante de su cara a "The End"; un homicida en potencia que había jugado con la polícia mil veces, como si de su muñeco se tratase. Siendo él quien tenía archivo su caso y por consecuencia, el único responsable de capturarlo lo antes posible, al tenerlo en sus manos como jamás lo había tenido y verlo soltarse con una sarcástica sonrisa, vacilándolo sólo provocó que sus graves problemas de ira estallarán como las bombas en una guerra, subiéndose al auto manejando a toda velocidad mientras golpeaba el volante completamente desquiciado mientras escuchaba por la radio a su superior, buscando respuestas de su parte. Nada podía salirle mal, de lo contrario habrían graves consecuencias, no para él o para sus compañeros de trabajo, si no para su familia. El evento pasado que desató su ira sería sólo para hacerlo entrar en calor, después de llegar a su casa y ver la escena de su hijo afuera sentado en la acera mientras unos niños hablaban con él, intentando convencerlo de ir a jugar, tan sólo hizo que perdiera la pizca de tranquilidad que le quedaba, si es que le quedaba alguna. La mirada de la mujer se encontró con la figura de una persona alta con un prominente bigote y ya con varias canas en su cabello hablando con su hijo y unos niños, los cuales no había visto antes. Verificó inmediatamente, pestañeando continuas veces si su mente la estaba engañando, dándole una broma de mal gusto pero topándose con la cruda realidad; su esposo había llegado y como si fuera poco enterarse de esa mala noticia una aún peor le esperaba pues había visto a su hijo afuera y además hablando con alguien más. Se habían roto sus estrictas reglas en segundos y luego de no querer aceptarlo sintió que su corazón se detuvo y envuelta del miedo escapó hacia la cocina, esperando lo mejor en tal grave situación. —Te dije que no hablaras con esos niños, te lo he repetido cien malditas veces —Lee luego de ahuyentar al grupo de niños le pidió a su hijo que entrara a la casa y arremetió contra él con un tono lleno de furia, pues detestaba cuando alguien hacía lo contrario a lo que él ordenara. —Responde ahora o te va a ir muy mal —amenazó Amenazas, amenazas, educado a base de ellas. —Y-yo... El niño de verdad intentaba decir una palabra pero como siempre el miedo le provocaba un nudo gigante en la garganta, llevándolo inevitablementr a una sola cosa; sufrir sin escapatoria a graves consecuencias por su temor. Y aquel mounstro a ojos del pequeño era su grave consecuencia. Entrando a la casa lo golpeó sin dudar con su gran y firme mano su rostro, dejándolo ardiendo, tornándolo rojo al instante. —Te dije que respondas, no voy a repetirlo una segunda vez Una mujer de pelo castaño claro observaba la escena, encogida desde la cocina, pretendiendo hacerse notar lo menos posible en el lugar. Sus ojos llorosos le hacían ver borrosa la dolorosa escena que deseaba con todas su fuerzas, acabara ya mismo, su corazón latía de forma fuerte y acelerada y su pecho se mantenía apresado por el dolor que la impotencia le provocaba. —P-papá, por favor no me...—el niño se detuvo al ver la mano de su padre lentamente levantarse de nuevo. —¡N-no!, p-por favor, voy a explic... Demostrando que no hay paso para explicaciones otro golpe –está vez más fuerte– recibió su mejilla, tornándola más roja de lo que estaba. El gran impacto hace tambalear su débil cuerpo pero, congelado del miedo vuelve a la misma posición, sus ojos llenos de temor viendo hacia arriba, donde su padre se encontraba ardiendo del enojo. —P-por favor—suplica con voz baja, casi inaudible. —E-ellos llegaron a donde yo estaba, te juro que no les hablé papá —explica mientras tartamudea, envuelto por el miedo. Podía sentir su nariz picando, quería llorar, ¿cómo no hacerlo? —Dime...¿Dónde estabas? —su padre le cuestiona sin dar un sólo indicio de querer dejarlo ir. Lo tenía acorralado en una esquina, contra la fría pared de la sala. —A-afuera —responde para acto seguido cerrar los ojos fuertemente, sabiendo lo que ahora le esperaba. Eso era lo que quería oír el cruel hombre. Su madre le permitía con todo el miedo del mundo salir afuera pues era lo minímo que podía hacer por su hijo. Entendía su sentimiento de miedo al estar dentro de la casa. Ella vivía lo mismo pero cuando veía lo tranquilo que se veía afuera, quieto y sin intenciones de correr a ningún lado, incluso ella estando dentro sentía una pequeña paz. Pero todo termina. Llegó el día que ella menos quería que llegase y le pasaría algo terrible luego de que su esposo se enterara de lo que hacía. Cuando el niño respondió el hombre reaccionó impulsivamente, como si estuviera conteniendo su ira para el momento que en el que su hijo se lo confirmara. Levantó a su hijo toscamente de su fino cabello n***o, haciendo que él lo mirara unos segundos, moviendo sus brazos hacia los suyos suplicando que lo soltara, lo cual hizo, tirándolo ahora al suelo, pateando su estómago sin remordimiento ni cuidado. La persona que debía protegerlo era un animal. —¡No! ¡Te lo suplico Lee ! ,d-déjalo —tras escuchar al niño sollozando golpe tras golpe una voz salió de la cocina y la dueña acercándose al lugar con las manos temblorosas al frente, dándole a entender que parara. El hombre, luego de escuchar las suplicas de, quien supo, era la madre de su hijo sólo hizo que reaccionara peor, ahora pateándolo con más fuerza. Estaba descontrolado, no era capaz de pensar en lo absoluto y aquella mujer sabía que si no hacia algo iba a matar a su hijo, pese que si actuaba, muy probablemente la mataría a ella. De todas formas, la única razón que la mantenía viva era para dar la vida por su hijo, no había otro motivo más que su pequeño. Debía protegerlo. Si no tuvo en sus manos el poder de salvarlo de aquella pesadilla en la que se encontraba ella también, lo mínimo que podría hacer es entregarse y que a cambio, su hijo siguiera respirando. Miles de pensamientos inundaron su cabeza en unos pocos segundos y fue entonces cuando simplemente los alejó, guiando su mirada, conectando con los ojos entreabiertos y repletos de lágrimas de su hijo, a pesar de que éste no emitiera palabra alguna lo podía ver a tráves de sus ojos suplicando por su ayuda. Estaba muriendo, su padre lo estaba moliendo a golpes cegado por la furia y sin alguna posibilidad de volver sobre sí. Más que un hombre, ahora sería un asesino, de no ser por una voz gritándole con una fuerza desgarrante, seguida de una acción que jamás esperaría lo hizo detenerse. —¡Te dije que lo dejaras! Su madre había actuado impulsivamente y sin importarle lo que pasaría con su vida despues, gritó mientras corría hacia el hombre con una botella de vidrio en la mano, dispuesta a romperla en su cabeza y asesinarlo con tal de salvar a su hijo. Sin embargo, era imposible pues, su esposo no era cualquier hombre, lamentablemente se trataba de una maquina de matar creada por la ISNP, por lo que recibió respuesta al instante. Había tomando su delgado y frágil brazo, dejando caer la botella que estaba destinada a caer en su cabeza para después matarlo rompiéndose en el piso. Ella supo qué pasaría, no obstante, en sus adentros sonrió aliviada luego de ver a su hijo moverse en aquel rincón, intentando levantarse. Estaba vivo. —¡¿Intentaste matarme, maldita zorra?! —cuestiona furioso, sin dejar quitar los ojos de ella. Aquellos ojos muertos...Sin una sola señal de sentir. Tras darle un puñetazo directo en la cara se tambaleó, llevando las manos a su cara, cubriendo el lugar donde golpeó y llenándose de sus propias lagrimas. —¡Eres una completa estúpida, intentando matar a quien te ha dado de comer, zorra infeliz! Fue cuando el hombre tomó su cabello, tironeando de él hasta hacerla caer al suelo, golpeando continuas veces la cara de la mujer, destrozándola en segundos y dejando sus nudillos cubriertos de su sangre luego de reventarle el labio continuas veces. —¡Papá! No le pegues, p-por favor —una voz completamente destrozada intenta interrumpir el doloroso y traumático evento mientras hacía lo posible por ponerse de pie. Se detuvo, tras cruzarse con el momento que más temió toda su corta vida. Su padre, la primera persona que lo hizo entender de la peor forma que la vida es sufrir, se lo hizo saber tomando un gran pedazo de vidrio de la botella con la que su madre lo salvó de morir para ahora apuñarla con éste. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis... Una tras otra, apuñaló seis veces a la única persona en el mundo que le enseñó lo que era el amor alguna vez. La asesinó frente a sus ojos. Jamás sería capaz de olvidar aquel momento, sufriría aquella puñaladas hasta el día de su muerte, como si hubiesen sido hacia él, dejando heridas irreparables no en su cuerpo, si no en su alma. Min Seongki fue el niño que cuando abrió sus ojos por primera vez, el mundo no lo recibió con amor y buenas noticias como a los demás. Fue el árbol que día tras día se enderezó a base de violencia y un desgarrante sufrimiento, llenándolo lentamente de ira y odio, siendo eso lo único que lo haría levantarse tras crudos golpes. Su inocente alma estaba manchada, intoxicada de maldad y sufrimiento.
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