✦Capítulo 6: Mentiras piadosas

2070 Palabras
¿Qué importaba si mataba a quien se parecía tanto a quien le había roto el corazón? No tuvo control alguno. Sin pensarlo, lo había tirado por las escaleras, haciendo que el pequeño niño cayera fuertemente. Para su suerte no era una altura mortal, considerando que tenía tan sólo 6 años. —¡Dios mío! —la mujer vuelve a sus cinco sentidos y grita con todas sus fuerzas bajando las escaleras tan rápido como puede, guiándose hacia su hijo en el suelo. —¡Mami, me duele mucho! —el pequeño le dice a su madre mientras llora desconsoladamente y toca con su manita otra parte de su cuerpo. Su madre había intentado matarlo sin siquiera darse cuenta de ello. —No puede ser, mi amor, ¿puedes moverlo? —pregunta ella mientras observa el brazo del menor, posiblemente con una lesión. —No puedo, no puedo —entre más llanto el niño responde todavía en el suelo. —Déjame llamar a tu papi para que vayamos al hospital ¿Si, mi vida? Cómo he podido tropezarme de esa forma. —dice despistando al menor, quien no podía pensar bien y sólo, concluyendo con su infantil cerebro que lo que decía su madre era cierto. Mentira tras mentira, nunca parecía ser suficiente. Jamás nadie vió la existencia de tales engaños "piadosos", nadie más que su esposo. Jisuk sube las escaleras en búsqueda del teléfono para llamar a su esposo, dejando al niño solo, lo que causó que llorara más. —Mierda —exclama y rápidamente llama a su esposo, el teléfono suena varias veces, desesperada por la espera vuelve con su hijo otra vez. —¿Quieres dejarme en paz, Jisuk? De verdad...—el hombre indignado detrás del teléfono es interrumpido. —El niño cayó por las escaleras, se rompió el brazo. Necesito que vengas. —explica la mujer, mientras los sollozos de su hijo se escuchan de fondo. —Voy para allá —el hombre dice secamente y cuelga, haciendo que la mujer deje el teléfono en las escaleras y mire al niño. —Vamos, mi amor, no seas llorón. Levántate —pide Jisuk, quien ahora hablaba en un todo severo, cambiando sus expresiones que, anteriormente, se encontraban alteradas. El pequeño siente la pesada mirada de su madre y sin rechistar se levanta. Ahora había comenzado a llorar en silencio mientras la miraba. Algo en él le hacía sentir resentimiento hacia ella. «Genial», pensó sarcastica. —¿Y-ya vendrá papi? —pregunta su hijo, ahora mirando su brazo. —Sí, debemos esperarlo. Vamos afuera, él vendrá rápido. Jisuk acaricia el suave y castaño pelito del niño, ambos saliendo de la mansión y esperando unos minutos hasta que el hombre hace presencia, parqueando un antigüo carro n***o que había comprado años atrás y que la mujer detestaba, ofreciéndose a comprarle uno moderno y lujoso, cosa que el hombre negaba rotundamente. Su esposo ahora sale del carro y se dirige al niño, como si ella no estuviera en el lugar. —¡Papi! —musita el niño emocionado pese que estaba pasando por un agudo dolor. Al igual que su madre no lo había visto en bastante tiempo. Su padre salía muy temprano en las mañanas a su trabajo como secretario en una pequeña empresa algo alejada de ahí, y aunque ya no tenía la necesidad de hacerlo debido a la fortuna que su mujer había compartido con él, éste seguía insistiendo en mantener una vida normal, como siempre deseó tener. —¿Estás bien, mocoso? ¿Cómo te pasó esto? Te he dicho que no juegues en las escaleras. —Iba detrás de él y en un intento de levantarlo me tropecé y mis manos inevitablemente lo hicieron caer —explica su esposa, sin permitirle al niño decir una palabra. Nadie se creería tal estúpidez, pero a su aldededor no había nadie que le importase realmente, tan sólo fingiendo hacerlo. Una desgracia para alguien que apenas está empezando a vivir. Y como si nadie hubiese dicho nada el hombre sólo observó al niño en silencio. —Bien. Vamos mocoso, sube al auto, ya te alcanzo. Sé valiente —dice su padre levantándose de la pose en la que podía estar a la altura de su hijo. —No tardes, papi, me duele mucho —pide el pequeño para adentrarse al viejo auto intentando no llorar y dejando a sus padres solos. —Hablaremos luego Jisuk. Las cosas no pueden seguir de ésta forma —advierte el hombre. —¿Hablar?, mi amor, no tenemos nada de que hablar, está todo perfecto, sólo sigo intentando comprender tu actitud conmigo pero no lo consigo —la mujer le habla con ojos tiernos. —¿Crees que soy estúpido? Yo sí puedo ver las cosas como son, Jisuk—su esposo le responde y al contrario que ella, con una mirada amenazante. Sin querer una respuesta se volteó, yendo al auto. El hombre arrancó, dejando a la mujer atrás, quien había intentado subirse luego de seguirlo. El niño, parecía hablarle a su papá mientras la observaba triste por la ventana. —¿Cómo te atreves a hacerme esto? —piensa en voz alta Jisuk. Detestaba sentirse humillada. Entra furiosa a la casa buscando el teléfono en las escaleras y viendo que estaba apagado, lo tira agresivamente y va hacia la cocina tomando el que estaba ahí para llamar a su chófer, quien acata la orden haciendo presencia en poco tiempo y la mujer se sube apurada. —Llévame al hospital de siempre, seguro que están ahí —musita Jisuk a su chófer, quien no tiene idea de lo que había pasado. Para Jisuk fue un largo camino esperando encontrarse con su esposo en aquel hospital. Sólo aspiraba por verlo, había estado tanto tiempo negándole la palabra sin saber el porqué de ello. Necesitaba estar con él y qué mejor excusa que su hijo. Llegó al hospital y en el parqueo, pese que se percató que no estaba el auto de su esposo ahí, entró al hospital, preguntando por él y su hijo. La respuesta fue una indeseada y ardió en furia al instante pero volviendo a su gran compostura luego de la agresiva reacción, indicándose a sí misma que se calmara. Ahora no tenía ni la más remota idea de dónde se encontraban su esposo y su hijo así que sólo improvisó. Se dirigió al hospital más cercano de la zona. ... Mientras tanto, el pequeño niño con el brazo roto yacía en el consultorio con su padre, aquel que agradecía que su hijo fuese atendido pronto. Sabía que su lesión no era grave mas no quería esperar, odiaba hacerlo. —Cuénteme, ¿qué es lo que los trae por acá? —pregunta el doctor, quien los miraba desde su escritorio y por encima de sus lentes. —Mi hijo...—se detiene el hombre pensando en cómo formular sus palabras. —Él estaba con mi esposa, yo no estuve en el momento. Según entendí ambos iban bajando las escaleras y en un intento de asustarlo mi mujer tropezó detrás de él haciéndolo caer. —Bien, ¿sabe que tan alto cayó? —pregunta el doctor. —Yo...no lo sé —musita el hombre y seguidamente cuestiona. —No sé, papi —balbucea el niño algo aterrado pues los hospitales también le daban miedo. —Me duele la cabecita también. —No se preocupen. Procederemos a hacerle una placa del brazo, estará en unos...—una frágil voz detiene al doctor. —¿V-va a dolerme? —cuestiona el niño. —No te dolerá, pequeño, puedes estar tranquilo —el doctor le alienta. El proceso tardó poco, el niño tuvo más confianza y tranquilidad luego de darse cuenta que no dolía más de lo que ya lo hacía. —Tiene una leve fractura en el radio, papá —Explica el doctor entrando de nuevo después de unas pocas horas. —Vamos a ponerte un yeso, pequeño, no te alarmes, es molesto al principio pero verás que la recuperación será rápida ... —Deben estar aquí —dice Jisuk y se baja del auto, entrando al hospital, saliendo nuevamente con otra respuesta negativa. —No están, ¿qué debería hacer? —pregunta sin esperar una respuesta del chófer, no obstante, a tráves del retrovisor éste le responde. —P-perdone que me entrometa señora, ¿qué sucedió? —pregunta titubiando el hombre al volante con temor a ser reprendido por una nerviosa Jisuk. —Mi hijo se quebró el brazo —responde absorta en sus pensamientos. —Entiendo. Si me permite, le sugiero que vuelva a casa y se calme...El niño está en buenas manos y seguramente ya está siendo atendido —habla el hombre, alentándola. —Tiene razón, además, salí hecha un desastre —dice, como si estuviese esperando por aquellas palabras. La mujer habla restándole importancia a la situación y cambia repentinamente su tono, postura y mirada, volviendo a una más neutral. Fueron de vuelta a la mansión y aquel usual, largo silencio en el camino hacía presencia otra vez. El niño con un yeso y su padre ya salían del hospital, subiendo al auto y una extraña tensión se palpaba en el ambiente puesto que, el hombre se quedó perplejo en el asiento de adelante, sin moverse ni decir una palabra, rebuscando en sus pensamientos la forma adecuada de hablarle a su hijo. —Mocoso, ¿qué fue lo que pasó? —rompe el silencio con una pregunta confusa para el niño. El hombre tenía varias sospechas pero jamás terminaba de confirmarlas. Le sonaba jodidamente extraño que el niño siempre se golpeara y que fuera únicamente cuando estaba solo con su madre. Con él nunca había sufrido algún tipo de accidente o herida. El pequeño tenía una personalidad muy calmada y sumisa, rara vez hacía cosas fuera de lugar y peligrosas para sí mismo pero una vez estaba con su madre, se hacía daño de diversas formas. Unas veces –siendo la mayoría– sin darse cuenta de aquellas, las otras involucrando a su madre. Fuese como fuese, su padre evitaba pensar de más y prefería darle la respuesta tanto a las casualidades como al hecho de que seguía siendo un niño tonto y descuidado y que tal vez, una vez estaba solo con su madre su comportamiento se disparataba. Nunca lo sabría y era otra de las cosas que él, sinceramente, no estaba interesado en saber pese que algunas veces lo carcomía la curiosidad. —Ya mami te lo contó, papi —responde el niño quien ve extrañado a su padre. —Lo sé pero necesito que me lo cuentes otra vez —le pide el hombre con un tono desconfiado, el niño obviamente no entendiendo el motivo —¿Porqué, papi? —cuestiona lleno de curiosidad. —Sólo cuentame cómo fue. Lo he olvidado —lo engaña el hombre. —Papi tonto...Mi mami estaba bajando las escaleras detrás mío y yo de tontito no la escuché, se tropezó y me empujó. —siendo indiferente le explica tiernamente el pequeño niño. —¿La escuchaste cuando se tropezó? —el hombre ahora interrogaba duramente a su hijo, sin darse cuenta que de nuevo estaba rebuscando en las sospechosas acciones de su esposa. —No recuerdo, papi. Me caí muy rápido, rodé como una pelota —dice con diversión el niño mientras intenta hacer gestos con su mano enyesada, frustrándose al no poder. Ahora estaba más calmado tras haber pasado por aquel dolor. —Está bien, volvamos a casa El hombre se limita a hacer más preguntas y se dispone a encender el auto, saliendo del lugar. —¿Papi? —el niño en la parte de atrás pregunta luego de un rato. —¿Sí, chamaco? —devuelve la pregunta su padre mirándolo desde el retrovisor. —¿Podemos ir a comer un helado? —pide el pequeño con puchero. —Ahora no puedo, tengo que volver al trabajo —responde seco mientras ve la carretera. —Pero, papi, siempre trabajas y trabajas —el niño le reclama con un tono lleno de tristeza pues hace mucho tiempo no lo llevaba a comer su helado favorito. —Lo siento, luego iremos. Durante el camino el pequeño niño posó su mirada triste en la carretera, sin decir alguna otra palabra y a veces tocando con curiosidad su yeso, pensando impulsivamente en golpearlo contra la silla en la que estaba sentado.
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