Gruñó por lo bajo y se pasó la mano por el cuello. ―¡No me mientas, David Alfredo Robles! Sonrió, sus ojos brillaron una vez más. ―Ese no es mi nombre, Niki. La dulzura volvió a su voz y sonreí al escuchar su réplica tranquila, como si necesitara solo una tonta broma para regresar a su ánimo usual. ―Ya lo sé. Pero tu cara no parecía la de mi David. Agité la mano como toda respuesta, para quitarle peso al asunto. ―¿«Tu David»? ―cuestionó con la ceja alzada y una mirada atontada. Negué. ―No así, sabes a qué me refiero. No te vayas por las ramas, te he hecho una pregunta y no me gusta que me dejen con la palabra en la boca. Crucé los brazos y lo oteé con seriedad, pese a que, en realidad, la situación cómica se me fue de las manos y casi estaba haciendo un puchero como niña pequeña.

