Adrián se limpió la sangre de las manos sin cuidado. Al notar que Aria por fin había dejado de llorar, le lanzó la toalla con impaciencia. —Límpiate tú misma. No esperarás que lo haga por ti, ¿verdad?— Aria no respondió. Se secó las manos una y otra vez. Las heridas de sus rodillas eran profundas. El dolor le hizo fruncir el rostro, pero no emitió ni un solo quejido. Adrián cruzó los brazos sobre el pecho y la observó. ¿Por qué era tan terca? ¿No podía suavizar un poco su actitud? ¿No debería decir que le dolía con una voz más suave, más frágil? —¿Por qué corriste detrás de mí y gritaste mi nombre hace un momento?— —Ya no importa.— Las lágrimas aún marcaban sus mejillas y su voz sonaba ronca. —¿Me estabas poniendo a prueba? ¿Lo hiciste solo para ver si me daría la vuelta?— —No.

