Durante el invierno, el tiempo en Colbourne parecía ir más lento. Los días se arrastraban con parsimonia, en noches interminables y amaneceres cubiertos de escarcha. La mansión Blackthorne, por primera vez en un largo tiempo, era ajena al frío del exterior. Las luces cálidas se encontraban encendidas y el calor de la chimenea la sumía en un ambiente más acogedor, como no se sentía hacía mucho tiempo, incluso ante su inmensidad y el silencioso vacío. Los habitantes del pueblo, ya acostumbrados a la crudeza del invierno, sabían cómo pasar sus tardes invernales. Refugiándose en una cafetería, yendo por un café caliente para sus manos entumecidas o, cuando el Sol se dejaba ver, patinando sobre el lago congelado. Pero había algo que pasaba durante cada invierno que siempre traía emoción entr

