Al caer la noche, la luna apenas lograba rasgar el velo de oscuridad con su pálido resplandor. La mansión, envuelta en sombras, se alzaba altiva en medio de aquél oscuro y espeso bosque, lejana al pueblo. La luz en la habitación de Emmeline aún se encontraba encendida, la chimenea ofrecía un ambiente agradable, ajeno al frío del exterior. La joven peinaba sus ondas chocolate frente al modesto tocador, preparándose para ir a la cama. Antes pasaría por la habitación de Lucile para revisar si continuaba durmiendo. La niña ni siquiera había tenido ánimos para leer un cuento, estaba triste por la órden de su padre de cortar las rosas. Y aunque la niñera intentó animarla, no funcionó del todo. Emmeline se abrazó a sí misma, aferrándose a la bata que cubría su cuerpo, mientras avanzaba por el

