Las cortinas que solían cubrir los extensos ventanales de la sala se encontraban amarradas a los costados, haciendo que los amplios cristales enmarcaran el exterior, donde una incesante tormenta de nieve cubría el bosque con un pulcro manto blanco. En la sala, rodeadas por el reconfortante calor de la madera chisporroteando en la chimenea, Emmeline y Lucile se encontraban jugando sobre la gruesa alfombra. Había hojas, recortes, lápices de colores, pegamento y muchos brillantes. —¡Te ha quedado precioso! —exclamó la niña al terminar de dibujar una mariposa en la mejilla de su niñera. —¿Si? Confío en usted, princesa —respondió Emmeline. —¿Me dibujas una? ¡No! Mejor hazme un corazón con purpurina. Emmeline rió ante la emoción de la niña, adoraba verla tan contenta pues entendía que no es

