Por la noche, una nevada silenciosa había cubierto Coldbourne, por eso al amanecer, el suave calor del sol resultó una caricia inesperada y reconfortante. Lucile estaba más que animada aquella tarde, no únicamente porque podría hacer los muñecos de nieve que tanto le gustaban, sino también por la reciente compañía. El señor Blackthorne, por su parte, fué puntual al bajar a esperar a su pequeña y a la niñera esa tarde. Ambos caminaban sumidos en un cómodo silencio mientras Lucile recogía lo necesario para su muñeco, finalmente se sentaron en un banco tras quitarle los restos de nieve y observaron a la pequeña armar su muñeco. A su modo, ambos compartían adoración por la niña de rizos azabache y ojos grises. Era tan delicada y estaba tan llena de vida que admirarla era inevitable. Ningun

