Aquella tarde, como se había vuelto costumbre cada que el Sol decidía asomarse tímidamente en el cielo invernal, Emmeline se inclinaba con ternura sobre Lucile, envolviéndola en un grueso abrigo para salir a caminar. La pequeña enlazó una de sus manos enguantadas con la de su niñera mientras ambas se dirigían hacia las escaleras, fué cuando se cruzaron el señor Blackthorne. Parecía venir de la biblioteca, llevaba un libro entre sus manos. —Hola, Lucien —saludó la niña, iluminando el aire con una sonrisa. —Buenas tardes, Lucile —respondió su padre, con una voz pausada y elegante como la de un caballero hablándole a una princesa. A Emmeline aquella complicidad le provocó ternura, pues sabía cuánto adoraba Lucile jugar a ser una princesa y, el que alguien tan serio y frío como Lucien le s

