Emmeline abandonó su trance y aclaró su garganta antes de hablar. Buscando su propia voz, oculta en los confines de su garganta. —Disculpe. ¿Puedo ayudarle en algo, señor Blackthorne? —se corrigió. Ante su pregunta, obtuvo una respuesta determinante: silencio. Emmeline se removió en su sitio, sintiendo la tensión creciente entre ambos. Inevitablemente, el silencio y la intimidante presencia de Lucien Blackthorne volvieron denso el ambiente en la biblioteca. El dueño de la mansión ya no permanecía oculto entre las sombras, por lo que no había qué lo detuviera de dar un paso al frente, y luego otro, acercándose lentamente a la joven. Emmeline, por inercia, retrocedió. Lucien inclinó su rostro ligeramente a un lado. El frío iris que dejaba ver estaba fijo en el rostro de la joven, detall

