Emma Dejé desnudo a ese imbécil contra el suelo. Afuera, las balaceras retumbaban como truenos: nuestros hombres ya habían entrado y disparaban sin dar tregua. El aire comenzaba a volverse espeso; el gas que trajo Salvatore se filtraba por los pasillos, inmovilizando a los colombianos uno por uno. Tosí, me cubrí la boca y avancé. Abrí una puerta de una patada. Ahí estaban Amaya y Mia, arrinconadas, pálidas, temblando. El viejo gordo yacía en el suelo, inmóvil. —¿Las tocó? —indagué, clavando la mirada en ellas. —No… —dijo Amaya con la voz quebrada—. Hicimos lo que nos dijiste. Lo inyectamos. Mia tragó saliva, sin apartar los ojos del cuerpo. —¿Está… muerto? Bajé la vista. El viejo respiraba apenas. Saqué el arma. —Ahora sí —dije, seca. Disparé. Una vez, dos y no paré hasta estar s

