Rosina le respondió algo que no alcancé a oír bien. Pero estaba claro que la conversación estaba llegando a su fin. Entonces me metí en mi dormitorio. Pobre prima, pensé. Tía Lucía no estaba tan loca como mamá, pero igual estaba chapada a la antigua. Aunque debía reconocer que en algo tenía razón. Rosina aún no terminaba de comprender lo que podía generar en los hombres. O quizás sí lo comprendía, pero aún no sabía cómo manejarlo. Lo de la paja colectiva era un buen ejemplo de eso. Probablemente pensaba calentarnos, y en eso había sido muy efectiva, pero había caído en su propio juego, y había hecho algo que jamás sería borrado de la memoria de los que participamos. Escuché a tía Lucía salir del dormitorio de mi prima. Intenté dormir, pero después de un rato en donde estuve pensando en la

