A partir de ahí todo fue goce. No solo el mío por lo que me hacía, sino que los gemidos que ella soltaba cada vez que arremetía con su concha, eran un afrodisíaco que hacía que mi pija se pusiera recta, como si estuviera en su punto máximo de dureza. Una vez queme acostumbré a la posición, no tuve muchos problemas para complacerla. Nuestros cuerpos estaban anudados, trabados, hurgándose, reconociéndose. En ese momento, la idea de que nos separásemos parecía una locura. Ella se prendía de mi dureza y succionaba mis fluidos, y yo me deleitaba con sus flujos cada vez más abundantes. Podrían haber pasado horas y no lo hubiera notado. Por suerte, como suele suceder en el sexo, el tiempo se detiene, o más bien se lentifica, y en quince o veinte minutos pueden ocurrir las cosas más maravillosas

